Ella reencarna en un nuevo mundo y está decidida a cambiar el futuro de un duque.. que además, le encanta.
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**Esta novela pertenece a un mundo mágico**
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Rutina 2
La rutina entre Catarina Parisi y el duque Enzo Rossi continuó desarrollándose con una naturalidad que ninguno de los dos había previsto.
Las reuniones comerciales se volvieron habituales. Catarina llegaba con documentos, ideas y, ocasionalmente, algún comentario que conseguía arrancarle una sonrisa al hombre más serio que había conocido en su nueva vida.
Enzo, por su parte, había comenzado a acostumbrarse a su presencia.
Ya no le sorprendía escuchar su nombre cuando el mayordomo anunciaba una visita. Tampoco necesitaba preguntarse si la joven tendría algo interesante que decirle, pues sus propuestas solían estar bien fundamentadas y sus observaciones, aunque a veces peculiares, resultaban sorprendentemente acertadas.
Sin embargo, había límites.
Límites que ambos comprendían y respetaban.
Enzo era un hombre casado.
No amaba a su esposa, pero eso no significaba que pretendiera tratarla con desprecio. Había aceptado aquel matrimonio por honor y, aunque no sentía por Mary el afecto que debería existir entre dos personas que compartían una vida, continuaba reconociéndola como su esposa.
No tenía intención de humillarla públicamente, de provocar rumores ni de comportarse de una manera que pudiera comprometer su posición.
Catarina, por su parte, estaba perfectamente de acuerdo.
De hecho, aquella actitud le gustaba.
[¡Por fin un hombre que entiende que estar casado no significa que el matrimonio deba convertirse en una competencia de infidelidades!].
Porque, aunque Enzo no estuviera enamorado de Mary, seguía existiendo una diferencia entre no amar a una persona y utilizar su ausencia de amor como excusa para comportarse de manera irresponsable.
Catarina podía bromear, ser coqueta y disfrutar de la compañía de un hombre atractivo sin necesidad de convertir cada interacción en una invitación romántica.
Y, sinceramente, tenía mejores cosas que hacer.
Por ejemplo, impedir un asesinato.
Una actividad que, por desgracia, no figuraba en ninguna de las listas de obligaciones de una joven noble de Vagur.
Todo comenzó cuando llegó una carta de su primo mayor.
Gian Carlo Parisi, el orgulloso y temible militar de la familia, había decidido organizar una celebración por su cumpleaños.
La noticia provocó un considerable entusiasmo entre los Parisi.
Gian Carlo no era precisamente conocido por su afición a las fiestas. Era un hombre disciplinado, serio y de carácter firme, cuya presencia bastaba para que los guardias más jóvenes revisaran dos veces el estado de sus uniformes.
Que organizara una celebración era, por tanto, un acontecimiento digno de ser recordado.
Catarina leyó la invitación mientras desayunaba.
Después volvió a leerla.
Y sonrió.
—¡Una fiesta!
Su doncella levantó la mirada.
—Sí, señorita. Su primo ha invitado a toda la familia.
—¡Habrá música, comida, baile y personas que no me preguntarán por mis propuestas comerciales!
La mujer sonrió, acostumbrada ya a las ocurrencias de su señora.
Catarina dejó la carta sobre la mesa.
Entonces se le ocurrió algo.
Algo que, en circunstancias normales, habría considerado una pésima idea.
Pero que, en aquellas circunstancias, parecía perfectamente razonable.
[El duque Rossi].
Se llevó una mano a la barbilla.
[Es un socio comercial. Mi familia organiza una celebración. No hay absolutamente nada extraño en invitarlo].
Hizo una pausa.
[Además, si asiste, podré observar cómo se comporta en un entorno social].
Otra pausa.
[Y quizá descubrir si sabe bailar].
Sus ojos brillaron.
[¡POR MOTIVOS DE INVESTIGACIÓN!].
Se levantó de inmediato.
—¡Necesito papel y tinta!
La doncella se apresuró a cumplir la orden.
Catarina escribió una invitación formal, cuidando de mantener el tono apropiado para una relación comercial entre dos familias nobles.
No añadió corazones.
No dibujó pequeñas flores.
Ni siquiera escribió una frase que pudiera interpretarse como una declaración de interés personal.
Era una invitación perfectamente respetable.
Por supuesto, mientras la escribía, sonreía como una mujer que acababa de descubrir una nueva oportunidad para divertirse.
[¡Si acepta, será maravilloso!].
Dejó la pluma.
[¡Si no acepta, seguiré siendo una mujer hermosa con una vida interesante!].
Se cruzó de brazos.
[¡No necesito la aprobación de un duque!].
Después miró la carta.
—Pero sería agradable que viniera.
La respuesta llegó durante una de sus reuniones comerciales.
Enzo terminó de revisar los documentos que Catarina le había entregado y tomó la invitación que ella había dejado sobre el escritorio.
—He recibido la invitación para el cumpleaños de su primo.
Catarina levantó la cabeza.
—¡Ah! Me alegra que haya llegado.
El duque la observó.
—Debo admitir que no estoy seguro de que sea apropiado asistir.
Catarina parpadeó.
—¿Por qué no?
—Se trata de una celebración familiar. Además, nuestra relación es principalmente comercial. No quisiera que mi presencia diera lugar a interpretaciones equivocadas.
Ella apoyó las manos sobre el regazo.
—Su Excelencia, no se trata de una invitación personal.
Enzo levantó ligeramente las cejas.
—¿No?
—Es una invitación de los Parisi a uno de sus socios comerciales. Mi primo está celebrando su cumpleaños y considera que sería agradable contar con personas con las que nuestra familia mantiene relaciones de trabajo.
Catarina sonrió con dulzura.
—Naturalmente, puede asistir con su esposa si lo desea.
El duque permaneció en silencio durante unos segundos.
—Mi esposa continúa enferma.
Catarina mantuvo la expresión serena.
Por dentro, sin embargo, su reacción fue inmediata.
[Enferma de malvada, querrás decir].
Se mordió discretamente la lengua.
[¡Ay, Mary! ¡Qué conveniente resulta estar enferma cada vez que alguien podría hacerte preguntas incómodas!].
Pero no dijo nada.
No tenía pruebas.
No podía acusar a la duquesa basándose en lo que había visto durante aquellas extrañas visiones.
Y tampoco quería que Enzo creyera que estaba utilizando su matrimonio para atacarlo.
Así que se limitó a asentir.
—Lo comprendo, Su Excelencia. En ese caso, espero que se recupere pronto.
El duque la observó con cierta atención.
—Le agradezco su comprensión.
Catarina sonrió.
—Por supuesto.
Después cambió de tema y continuó hablando sobre los negocios.
Enzo terminó aceptando la invitación, aunque dejó claro que asistiría únicamente si sus obligaciones se lo permitían.
Catarina salió de la reunión satisfecha.
[¡Bien!].
Se acomodó los guantes mientras caminaba hacia el carruaje.
[¡El duque podría asistir a la fiesta!].
Sonrió.
[¡Y yo podré observarlo en un entorno diferente!].
Hizo una pausa.
[¡Por motivos de investigación!].
Su doncella, que la acompañaba, decidió no preguntar por qué su señora parecía tan contenta.
Había aprendido que algunas preguntas solo conducían a respuestas desconcertantes.