El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo II El peso del pasado
Punto de vista de Victoria
Tras salir de la sala de juntas, el arrogante de Sebastián Alarcón me alcanzó en el pasillo antes de que pudiera llegar a la salida.
—Doctora, se ve un poco pálida. ¿Acaso teme perder este negocio? —preguntó con esa sonrisa sarcástica que me irritaba el alma.
—El único pálido aquí será usted cuando el señor Onetto firme mi contrato, señor Alarcón —respondí con frialdad—. Ahora, si me disculpa, tengo asuntos importantes que atender.
Caminé con firmeza por el largo pasillo hacia el ascensor, conteniendo el aliento para que no notara el dolor punzante e intolerable que me atenazaba el estómago. En cuanto las puertas de cristal se cerraron y quedé sola, me apoyé contra la pared, cerrando los ojos y respirando con dificultad mientras la punzada se hacía más aguda.
Llegué al estacionamiento subterráneo, donde mi asistente ya me esperaba junto al vehículo.
—Victoria, ¿te encuentras bien? —preguntó Adriana con genuina preocupación al verme llegar.
—Sí, es solo que no desayuné y me duele un poco el estómago —dije, restándole importancia al malestar que amenazaba con doblarme a la mitad.
—Llevas días así, deberías ir al médico —expresó en tono de regaño.
—No es nada de qué preocuparse —repliqué con una media sonrisa que se apagó rápidamente por un nuevo pinchazo—. Solo debo tomar la pastilla para la gastritis y comer algo ligero.
Adriana suspiró, claramente inconforme con mi respuesta. Sabía perfectamente que discutir conmigo era inútil; mi terquedad jamás me permitía admitir que necesitaba ayuda.
Subimos al auto, pero a los pocos segundos noté que se quedaba fija mirando por la ventanilla.
—¿Qué tanto miras? —pregunté con curiosidad.
—Ese hombre es impresionantemente atractivo —susurró absorta en la escena.
Seguí la dirección de su mirada y me topé de nuevo con Sebastián, quien conversaba por teléfono junto a su auto con la chaqueta desabotonada y esa postura de absoluta seguridad.
—No digas tonterías. Ese hombre es un arrogante y un mujeriego —contesté, desviando la mirada de golpe hacia el frente—. Mejor arranca, que vamos tarde a la cita con los Castañeda.
El dolor en el vientre volvió a pulsar con fuerza mientras el auto avanzaba por la avenida. Apreté la mandíbula, tratando de concentrarme en la agenda del día, cuando el tono de llamada de mi teléfono rompió el silencio.
En la pantalla brilló el nombre de mi madre.
—Mamá, dime. Voy camino a una reunión importante —respondí al instante, intentando que mi voz no delatara el malestar físico.
—Victoria, por fin contestas —dijo Catalina sin rodeos ni un saludo previo—. Necesito que me transfieras dinero ahora mismo. Estoy en el centro comercial con Selene.
Cerré los ojos un segundo y me froté las sienes.
—¿Dinero para qué? Les hice una transferencia a principio de semana.
—Para la gala benéfica de la fundación Castañeda, por supuesto. Es en dos días y ni tu hermana ni yo tenemos nada decente que ponernos. No pretenderás que asistamos vestidas como si fuéramos cualquier cosa, Victoria. La imagen de la familia está en juego.
Escuchar a Selene de fondo, quejándose sobre un vestido de diseñador, me produjo una punzada más agudizada que la de mi propio estómago. Para ellas, mi trabajo solo significaba una fuente inagotable de recursos para mantener las apariencias.
—Catalina, estoy a punto de cerrar una negociación crucial —dije con firmeza, aunque sintiendo un cansancio sofocante—. Hablaremos de esto más tarde.
—No hay "más tarde", Victoria. El evento es pasado mañana. Envíame el dinero ahora o Selene no podrá ir.
Suspendí el aire un segundo, sabiendo que discutir solo me quitaría la poca energía que me quedaba.
—Revisa tu cuenta en cinco minutos —sentencié antes de cortar la llamada sin esperar respuesta.
Dejé el teléfono sobre el asiento y dejé caer la cabeza hacia atrás. Adriana me miró por el espejo retrovisor con una mezcla de lástima y frustración, pero no dijo nada. Conocía de sobra el peso que llevaba sobre los hombros.
Hace diez años, nuestra familia cayó en una crisis financiera que casi nos deja en la calle. Mi padre, al verse sin salida y ahogado en deudas, no encontró otra escapatoria que quitarse la vida. Selene tenía apenas quince años en ese entonces, así que no me quedó más opción que asumir sola las riendas del Grupo Valenzuela. Desde aquel día, le entregué mi vida entera a reconstruir el imperio familiar.
Mientras mi hermana estudiaba, salía de fiesta y disfrutaba de su juventud, a mí me tocó trabajar sin descanso, aprender de finanzas a golpes y competir en un mundo dominado por hombres arrogantes; tipos que asumían que, con propuestas indecentes o promesas vacías, caería rendida a sus pies.
Renuncié al amor y a la posibilidad de construir mi propia familia con tal de sostener un estatus que, muy pronto, comenzaría a pasarme la factura más cara de todas.