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AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

Status: En proceso
Genre:Edad media / Traiciones y engaños
Popularitas:631
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.

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LA SENTENCIA DEL PADRE

Los mensajeros llegaron a Estambul desde Amasya con el amanecer, cabalgando sin descanso, con las cabezas bajas y el semblante sombrío. Cuando la noticia llegó al palacio, el silencio se extendió por cada pasillo como una manta pesada. Solimán recibió las noticias en su sala privada, de pie junto a la ventana, mirando hacia el mar pero sin verlo. El capitán de los guardias le entregó el paquete envuelto en tela sucia, y cuando lo abrió y vio lo que contenía, su rostro se endureció como piedra antigua. No gritó. No lloró. Cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, en ellos solo había una tristeza inmensa y una ira fría que hizo temblar a todos los presentes.

—¿Esto es lo que encontraron? —preguntó con voz grave y contenida.

—Sí, mi Sultán —respondió el mensajero con respeto—. El príncipe Mustafa fue hallado a las puertas de la ciudad, desangrándose. Le faltan tres dedos de la mano derecha. Y la señora Mahidevran… llegó con él, pero no como la mujer que era. Está rota, humillada, y los rumores ya corren por las calles de Amasya. Todos saben lo que le ocurrió en el camino. Su honor… se perdió entre los bandidos.

Solimán dejó el paquete sobre la mesa, como si le quemara las manos. Se apartó unos pasos y cruzó los brazos sobre el pecho. Su expresión era de profunda molestia y decepción.

—No puedo permitir que una mancha así caiga sobre mi linaje —dijo, más para sí mismo que para los demás—. Si lo que dicen es cierto… ella ya no puede ser la madre de un príncipe. No puede tener posición ni honor en mi casa. Lo que le ocurrió fue terrible, pero lo que fue manchado… no se puede limpiar. Mi pueblo no lo olvidaría jamás. Y mi nombre… no puede ser arrastrado por el lodo.

Ese mismo día envió sus órdenes selladas con su sello real. Las palabras eran claras, irrevocables y no admitían apelación.

A Mahidevran:

Por orden del Sultán, pierde desde este instante todo título, estatus, rango y privilegios que alguna vez le fueron concedidos. Ya no es esposa, ni princesa, ni dama de la corte. Vuelve a su condición más humilde: es una esclava, sin nombre propio, sin derechos, sin propiedad alguna. Se le asignará el trabajo más sencillo en la residencia de Amasya, donde vivirá apartada de todos. Nadie la tratará con honor. Nadie la llamará por su nombre antiguo. Que aprenda que el honor no se exige, se conserva. Y el suyo… quedó en ese camino.

A Mustafa:

El príncipe Mustafa permanecerá en Amasya de forma permanente. No podrá salir de los límites de la ciudad ni de sus tierras circundantes. Si cruza la frontera, si viaja, si intenta regresar a la corte o a cualquier otra provincia sin autorización expresa firmada por mi propia mano, será considerado traidor y ejecutado por insubordinación sin juicio previo. Que viva con su mano mutilada como recordatorio de lo que le ocurrió cuando salió del camino que le fue asignado. Que aprenda obediencia. Que aprenda su lugar.

Cuando las órdenes llegaron a Amasya, Mahidevran escuchó cada palabra con los ojos secos y el corazón golpeando contra sus costillas como si quisiera salir. No suplicó. No protestó. Sabía que no tenía argumentos. Lo que le ocurrió era cierto, y aunque no era culpa suya haber sido atacada, el mundo no juzgaba por la culpa, sino por la mancha. Le quitaron sus vestidos, sus joyas, sus pertenencias. Le dieron una túnica áspera y sencilla, y le indicaron dónde dormir: un rincón en la cocina, junto a las demás sirvientas. No hubo ceremonia. Solo la realidad fría de que todo lo que construyó durante años se había desvanecido en una sola noche.

Mustafa escuchó su sentencia con los puños apretados hasta que los nudos se le pusieron blancos. Miró su mano vendada, inmensa y dolorida, y entendió que su libertad había terminado. Estaba atado a esa ciudad, a esa provincia olvidada, para el resto de su vida.

—Es injusto —murmuró cuando se quedó solo—. Fui víctima, no culpable. Y aun así… me castigan como si hubiera pecado.

Lejos de allí, en mi refugio entre las montañas, recibí la noticia con calma. Todo había salido exactamente como lo había planeado. Su orgullo estaba quebrado. Su poder, extinguido. Su futuro, sellado. No necesitaba hacer nada más. Ellos mismos se consumirían en su destierro. Y yo… yo esperaría. Esperaría el momento justo para revelarme ante todos. Y cuando lo hiciera, no sería solo como el hijo que regresó de entre los muertos. Sería como el único heredero que quedaba. El único hijo digno de sentarse en el trono de su padre. Que Mustafa se pudra en su olvido. Que Mahidevran aprenda lo que significa ser nadie. Mi camino al trono… ahora estaba completamente despejado.

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