Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 5
Elizabeth no intentó arrebatarle el juguete ni forzar una conversación vacía. Con una paciencia infinita, se sentó directamente sobre la lujosa alfombra azul, adoptando una postura relajada pero respetuosa. Tomó otro de los pequeños soldaditos de plomo que estaban dispersos en la mesita y simuló una leve formación táctica frente al niño.
—A este flanco le falta apoyo —murmuró Elizabeth con tono calmado, moviendo la pequeña figura con suavidad sobre el suelo—. Si el enemigo ataca por la colina, la infantería quedará expuesta. ¿Dónde crees que deberíamos apostar la artillería, alteza?
El pequeño Lucas la miró de reojo. Durante los primeros segundos, el silencio reinó en la estancia, con las nodrizas principales observando desde la distancia, preparadas para intervenir ante cualquier fallo. Sin embargo, el niño notó que Elizabeth no le hablaba con el tono temeroso ni condescendiente que habían usado las anteriores candidatas, sino con la seriedad de alguien que lo trataba como a un igual.
Lentamente, los hombros del pequeño se relajaron. Con una timidez evidente, Lucas extendió la mano y tomó un par de soldaditos, reubicándolos estratégicamente frente a la formación de Elizabeth.
—Aquí... en el muro norte —respondió el príncipe en un murmullo apenas audible, por primera vez en semanas—. Si los ponemos ahí, cubren el paso del río.
—Buena elección —respondió Elizabeth, dedicándole una mirada sincera—. Ningún enemigo pasará por alto esa defensa.
Un destello de genuina sorpresa cruzó el rostro del niño. La soledad y la tristeza que habían nublado sus facciones parecieron disiparse por un instante. Las comisuras de sus labios se elevaron poco a poco, rompiendo en una pequeña y auténtica sonrisa que iluminó su carita. Fue la primera vez en mucho tiempo que el heredero sonreía de verdad.
A pocos metros, las nodrizas principales se quedaron mudas, cruzando miradas de absoluta incredulidad. Ninguna aspirante había logrado siquiera una respuesta verbal del niño, y mucho menos arrancarle una sonrisa.
Elizabeth sintió un leve alivio en el pecho, un minúsculo destello de calor en medio del frío desierto que se había instalado en su interior el día de su desgracia. Había superado la prueba más difícil, asegurando su permanencia en el palacio y dando el primer paso silencioso dentro del corazón de la realeza.
El eco de la aprobación de la nodriza principal aún flotaba en la estancia cuando la puerta se cerró a sus espaldas, dejando a Elizabeth a solas con el pequeño príncipe. Lucas, de apenas siete años, la miró con fijeza, como si intentara descifrar si aquella mujer de ojos oscuros permanecería a su lado o si, como tantos otros antes que ella, acabaría desapareciendo.
—¿Te quedarás aquí? —preguntó el príncipe en un susurro temeroso, aferrándose al borde de su manga.
Elizabeth sintió un leve nudo en el pecho, pero una cálida y firme determinación acudió en su rescate. Ella misma estaba sola en el mundo, despojada de todo, por lo que entendía perfectamente el peso de ese miedo. Se agachó un poco más para quedar frente a sus ojos y le regaló una promesa silenciosa.
—Sí, alteza. No me iré a ninguna parte —respondió con suavidad, extendiendo la mano para acomodar un soldado de plomo en su formación.
Antes de que el niño pudiera responder, la puerta de la sala se abrió con discreción y una de las asistentes de las nodrizas asomó la cabeza con expresión rígida.
—Es la hora —avisó la asistente con voz seca—. El príncipe Lucas debe tomar un baño y cumplir con su siesta de la tarde. Es su responsabilidad, niñera. No tolera retrasos.
Elizabeth asintió de inmediato, comprendiendo que el verdadero trabajo apenas comenzaba. Se puso de pie con elegancia y le tendió una mano al pequeño.
—Vamos, alteza. Es momento de un descanso —dijo con voz amable pero firme.
Lucas la miró un instante, dudoso, pero al ver la seguridad en su rostro, tomó su mano con timidez y permitió que lo guiará fuera de la sala de juegos hacia los aposentos privados.
La habitación de aseo era un amplio recinto de mármol blanco donde una tina profunda ya humeaba con agua tibia y esencias relajantes. Las sirvientas del ala habían dejado todo preparado, pero el verdadero desafío consistía en que el niño cooperara sin protestar, algo que las anteriores niñeras rara vez conseguían sin terminar en un mar de lágrimas y berrinches.
Elizabeth se arrodilló junto a la tina, comprobando la temperatura del agua con la palma de la mano antes de mirar al niño, quien seguía de pie, cruzado de brazos y con la mirada baja.
—El agua está en su punto, alteza —dijo Elizabeth con paciencia, desatando con cuidado los brotes de la casaca del pequeño—. Los soldados más valientes también necesitan limpiar la armadura después de una gran batalla.
Una pequeña y casi imperceptible sonrisa volvió a asomarse por los labios de Lucas. Con su ayuda, el niño se despojó de las pesadas prendas y se adentró en el agua tibia, dejando escapar un suspiro de alivio mientras la tensión acumulada en sus hombros de siete años parecía disiparse poco a poco. Elizabeth se encargó de lavar su cabello con delicadeza, utilizando movimientos suaves que le transmitían una profunda paz.
Tras el baño, lo envolvió en una toalla de lino suave y lo ayudó a ponerse las ropas ligeras de descanso. Lo condujo de la mano hasta la amplia alcoba principal, donde la cama con doseles de terciopelo azul aguardaba.
Lucas se recostó entre las sábanas, pero sus ojos seguían muy abiertos, luchando contra el sueño, aferrado al mismo soldadito de plomo que no había soltado en todo el día.
—No te vayas todavía... —pidió el niño en un murmullo cansado, tirando levemente del borde del vestido de Elizabeth.
—Estaré aquí hasta que duermas, alteza —prometió ella con voz suave, sentándose en el borde de la cama y comenzando a acariciar con lentitud sus cabellos oscuros—. Cierra los ojos.
El calor de la habitación, el murmullo bajo de su voz y la seguridad de su presencia obraron el milagro. Poco a poco, la respiración del pequeño príncipe se fue volviendo más pausada y profunda, hasta que finalmente cayó en una siesta tranquila y reparadora.
Elizabeth se quedó un momento inmóvil a su lado, observando el rostro sereno del niño. En medio del frío palacio y de las ruinas de su propia vida, ese pequeño lazo invisible era lo único que la mantenía anclada. Sin embargo, al levantar la vista hacia los ventanales que daban a los pasillos principales, una sombra cruzó su mente: sabía que las exigencias de la corte no tardarían en poner a prueba cada uno de sus pasos.