Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
NovelToon tiene autorización de Inés Nsé para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 18
Su cuerpo empezó a convulsionar como una reacción alérgica a todo lo que estaba recordando, como si el dolor, el miedo y los sentimientos que había experimentado durante aquellos años no fueran simples recuerdos, sino emociones que también le pertenecían, como si cada herida de Sayon hubiera sido grabada dentro de él y ahora estuviera reviviéndola en su propia piel.
—Sayon, Sayon, ¿qué te ocurre, Sayon? —Lebrón se asustó.
No era la primera vez que Sayon convulsionaba, pero las veces anteriores habían sido tan graves que casi había perdido la vida, y esta vez parecía incluso peor.
— Sayon, despierta.
El miedo en su expresión era imposible de ocultar —Sayon, por favor...
El hombre que hacía apenas unos minutos sentía que quería matarlo era el mismo que ahora lo sujetaba con desesperación, suplicándole que no lo dejara, que no se atreviera a abandonarlo.
Así era el amor de Lebrón Kambell hacia Sayon: raro, tóxico, obsesivo, posesivo y, para él, eterno.
********************
Harold estaba teniendo una pesadilla en la que todo se mezclaba sin orden alguno, su vida como Harold, su muerte, sus frustraciones, su mejor amiga, las cosas que había perdido y aquellas que jamás había podido conseguir.
— Salva a nuestro hijo.
La voz apareció entre sus recuerdos, como un último ruego que atravesaba el caos de su mente.
Y, por último, apareció Sayon.
El Sayon original.
Aquel hombre que le había entregado su cuerpo, su vida y todos sus recuerdos, pidiéndole una única cosa antes de desaparecer: salvar a Dion.
Sayon abrió lentamente los ojos.
Durante unos segundos no supo dónde estaba. El techo blanco de su habitación apareció ante su mirada borrosa y, poco a poco, comenzó a sentir el peso de su propio cuerpo, el ligero dolor en sus músculos y la vía intravenosa conectada a su brazo. A su lado, sentada en una silla y profundamente dormida, estaba Laila, quien debió de haber permanecido allí durante todo el tiempo que él estuvo inconsciente.
Cuando Sayon se movió ligeramente, la muchacha abrió los ojos y, al verlo despierto, su expresión cambió de inmediato.
—Señor Sayon, se despertó.
La alegría de Laila fue genuina, pero apenas duró unos segundos antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas.
—Señor Sayon... perdóneme. Todo esto fue por mi culpa, yo tengo la culpa...
Sayon la observó en silencio durante unos instantes. Todavía se encontraba débil, su cuerpo no se había recuperado por completo y hasta levantar un poco el brazo parecía requerirle un esfuerzo, aun así, lo hizo y acarició lentamente la cabeza de la muchacha.
—Tranquila —murmuró con suavidad—. No fue tu culpa. Ni tú ni yo hicimos nada malo, así que no tienes por qué disculparte.
Y era verdad.
No había nada por lo que disculparse. Ni Laila ni Sayon habían hecho nada malo. Allí, el único que había cruzado todos los límites era aquel Alfa que había convertido la vida de Sayon en una prisión.
—Él... ¿dónde está? —preguntó finalmente.
Laila sabía perfectamente a quién se refería.
A ese Alfa.
—Se fue de la casa cuando su condición se estabilizó. Estaba a nada de entrar completamente en Rut, así que tuvo que marcharse —explicó, todavía preocupada.
Sayon cerró los ojos y respiró profundamente. Por primera vez desde que había despertado, sintió que podía respirar un poco mejor al saber que aquella persona no estaba cerca.
—Él... me...
Las palabras murieron en su garganta.
No sabía cómo abordar aquella pregunta. Más que vergüenza, recordarlo le producía una sensación de asco y terror que le recorría todo el cuerpo.
Laila comprendió lo que quería preguntar antes de que pudiera terminar.
—No llegó a hacerlo, señor. Usted tuvo un ataque.
Sayon permaneció inmóvil durante unos segundos.
—Ah... bueno... menos mal.
Intentó sonreír, pero aquella sonrisa apenas duró un instante antes de romperse por completo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y, esta vez, no pudo detenerlas.
Harold nunca había sido un hombre especialmente rudo, pero llorar por las cosas que le sucedían no era algo que hiciera con facilidad. Había aprendido a guardar muchas cosas dentro de sí, a soportar los golpes de la vida y continuar caminando, pero aquello era diferente.
Recordar la vida del Sayon original, todo lo que había sufrido, todo lo que había vivido y todo lo que le habían hecho, era un dolor completamente distinto a cualquier cosa que hubiera experimentado en su vida anterior.
Porque no eran simples recuerdos.
Eran emociones.
Eran sensaciones.
Eran sentimientos que no deberían pertenecerle y que, sin embargo, estaban dentro de él.
Harold podía recordar el miedo de Sayon, podía sentir su desesperación, podía recordar aquella habitación oscura donde el verdadero Sayon había llorado durante horas sin que nadie acudiera a buscarlo, podía sentir el vacío que había dejado su padre y aquella soledad que se había instalado en su pecho hasta convertirse en una parte de él.
Podía recordar el dolor y la desesperación de perder a sus hijos uno tras otro, podía recordar cómo había encontrado una especie de refugio en las pastillas que consumía y en aquel mundo que había construido dentro de su propia mente para escapar de una realidad que ya no podía soportar.
Podía recordar el amor que alguna vez había sentido por ciertas personas y el odio que, poco a poco, había terminado creciendo dentro de él.
Pero, sobre todo, podía sentir lo que Sayon había sentido por Lebrón.
Y aquello era lo que más lo desconcertaba.
No era simplemente miedo.
Era una mezcla mucho más complicada y dolorosa de amor, dependencia, resentimiento, necesidad, deseo de ser amado y terror a la misma persona que, al mismo tiempo, podía hacerle daño.
Harold podía sentirlo todo como si fuera suyo.
Esos tormentosos recuerdos fluían por su cabeza como la corriente de un río.