Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 14
Capítulo 14
Dante me besó como si el pastel hubiera sido una excusa barata.
No empezó suave.
Tampoco preguntó otra vez.
Su boca cubrió la mía, caliente, firme, y cuando intenté tomar aire, él aprovechó para entrar más hondo.
El sabor a fresa se mezcló con café y con él.
Con Dante.
Se me aflojaron los dedos sobre su saco.
Yo seguía sentada en sus piernas. Su mano estaba en mi cintura, grande, pesada, sujetándome como si no pensara dejarme ir todavía.
Quise empujarlo.
O eso intenté.
Mis manos se quedaron en su pecho, sintiendo lo duro que estaba debajo de la tela.
Muy útil mi resistencia.
Dante inclinó un poco la cabeza y el beso cambió.
Más lento.
Más profundo.
Peor.
Un sonido húmedo salió entre nuestras bocas y me dio tanta vergüenza que apreté los ojos.
Él lo escuchó.
Claro que lo escuchó.
Su mano subió por mi espalda y me acercó más.
Me faltaba aire.
También me faltaba voluntad.
Cuando por fin se apartó, yo respiré como si acabara de correr.
Tenía la cara ardiendo, los labios calientes, la boca abierta.
Dante me tomó la barbilla.
Su pulgar rozó mi labio inferior, hinchado por él.
—Sigues sin respirar.
—Tú sigues besando como si quisieras matarme.
La frase salió antes de que pudiera arreglarla.
Sus ojos bajaron a mi boca.
—No te estoy matando.
—Casi.
La comisura de su boca se movió apenas.
Ese casi gesto me puso peor que una sonrisa completa.
—Escuché que las parejas se acercan más si se abrazan y se besan —dijo.
—¿Escuchaste?
—Sí.
—¿Y decidiste practicar en horario laboral?
—Es mi oficina.
Miré alrededor, desesperada.
—Exacto. Tu oficina. Donde trabaja gente. Mucha gente.
—Nadie entra sin tocar.
—Eso no mejora nada.
Dante me miró con calma.
Demasiada calma para un hombre que acababa de besarme hasta dejarme sin aire.
—Quiero besarte otra vez.
El corazón me dio un golpe.
—Dante...
—¿Puedo?
Me quedé callada.
Éramos esposos. Besarnos no era un delito.
Pero tenerlo así de cerca, con la mano en mi cintura y su muslo caliente bajo mis piernas, hacía que la palabra esposo sonara menos legal y mucho más peligrosa.
Asentí.
Poquito.
Un error.
Dante me sostuvo la nuca y volvió a besarme.
Esta vez yo sabía lo que venía.
No sirvió de nada.
Me besó con una paciencia más cruel: presionando, soltando, mordiendo apenas, entrando de nuevo cuando yo creía que podía respirar.
Mi espalda se arqueó sin permiso.
Su otra mano apretó mi cintura.
—Tranquila —murmuró contra mi boca—. No pelees tanto.
No fue una orden fuerte.
Fue peor.
Fue una voz baja, pegada a mis labios, y mi cuerpo le hizo caso antes que mi orgullo.
Me relajé.
Un poco.
Lo suficiente para que Dante me besara más hondo.
Sólo sentía su boca, su mano en mi nuca y el calor entre mis piernas por estar sentada sobre él.
Entonces tocaron la puerta.
Toc, toc, toc.
Me asusté.
Mordí.
Dante soltó un sonido bajo.
El sabor metálico me llegó a la lengua.
Me aparté de golpe.
—Perdón.
Tenía el labio inferior roto.
Una gota roja apareció sobre su boca.
Y eso no debería haberme parecido atractivo.
Pero me lo pareció.
Muchísimo.
Dante pasó el pulgar por la herida.
La sangre le manchó la piel.
Sus ojos seguían oscuros.
No parecía enojado.
Parecía...
No.
No iba a pensar en eso.
—No pasa nada —dijo.
—Hay alguien afuera.
—Lo sé.
Pero no me soltó.
Su mano seguía en mi cintura. Yo seguía sobre sus piernas. Y afuera alguien esperaba como si no acabáramos de hacer un desastre en su escritorio.
—Dante —susurré—, suéltame.
Tardó un segundo más.
Luego respiró hondo.
—¿Qué pasa? —preguntó hacia la puerta.
—Señor Montalvo, soy Saúl. Hay un documento urgente para firma.
Yo aproveché para escapar.
O intentarlo con dignidad.
No tuve mucha.
Me bajé de sus piernas, recogí una servilleta que casi tiré, y regresé al sofá con la espalda recta, las rodillas juntas y la cara en llamas.
La imagen perfecta de una mujer inocente.
Ajá.
—Pasa —dijo Dante.
Saúl entró con una carpeta.
Iba a hablar, pero me vio en el sofá y se detuvo.
Dante tomó una pluma.
—Habla. Es mi esposa.
Saúl parpadeó.
—Sí, señor.
Abrió la carpeta, pero sus ojos se fueron al labio de Dante.
La sangre seguía ahí.
Pequeña.
Evidente.
—Señor... su labio.
Me dieron ganas de meterme debajo del sofá.
Dante ni siquiera me miró al principio.
Luego sí.
Directo.
—No es nada. Me mordí.
Casi me ahogo con el café.
¿Me mordí?
¿En serio?
En ese lugar ni un acróbata.
Bajé la cabeza para que Saúl no me viera la cara.
Ni los labios.
Porque los míos también debían estar hinchados.
Saúl entendió.
O al menos entendió suficiente.
Su voz salió más rápida mientras explicaba el documento. Dante firmó. Saúl tomó la carpeta y salió casi corriendo.
La puerta se cerró.
—Ya se fue —dijo Dante—. Puedes levantar la cabeza.
Lo miré.
Había algo en sus ojos.
Algo parecido a burla.
—¿Te estás riendo de mí?
—No.
Mentiroso.
Me acomodé en el sofá.
—¿Cuándo terminas?
—Ya.
—Ah.
No sabía qué hacer con las manos.
Tampoco con la boca.
Todavía me ardía.
Y mi cabeza, traicionera, repetía el beso completo: su lengua, su respiración, la forma en que me sostuvo cuando yo dejé de resistirme.
Dante me observó desde el escritorio.
Ximena tenía el cabello cayéndole sobre las mejillas. Los labios rojos, más llenos que antes. Fingía estar tranquila, pero no paraba de apretar los dedos sobre la falda.
Él cerró la carpeta.
Si seguía mirándola así, no iban a llegar nunca a la agencia.
—Vamos —dijo—. Te llevo por el coche.
Me levanté de inmediato.
Demasiado rápido.
Dante rodeó el escritorio y, cuando llegué a su lado, extendió la mano.
Me quedé mirando sus dedos.
—¿Qué?
—Tu mano.
—No hace falta. Sé caminar.
Silencio.
Uno incómodo.
Dante retiró la mano con una calma que no me engañó.
—Vamos.
Salió primero.
Yo lo seguí.
La distancia entre nosotros parecía la de un jefe y una empleada.
No la de dos personas que acababan de besarse hasta sangrar.
En el área ejecutiva, varias miradas se levantaron y volvieron a bajar con una rapidez ridícula.
Nadie era discreto.
Nadie.
Dante caminó más lento un momento.
Yo no lo alcancé.
Entonces aceleró.
Tuve que apurar el paso.
Perfecto.
Ahora encima parecía que lo perseguía.
Entramos al elevador.
Las puertas se cerraron y por fin respiré.
Miré a Dante de reojo.
Seguía serio.
Frío.
La boca rota no ayudaba. Al contrario. Le daba una cosa peligrosa, como de hombre impecable al que alguien acababa de tocar donde no debía.
Y ese alguien era yo.
—Perdón —dije.
Él volteó.
—¿Por qué?
Me señalé la boca con torpeza.
—Por morderte. Te hice quedar mal frente a tu asistente.
Dante bajó la vista a mis labios.
Yo dejé de respirar.
—No me hiciste quedar mal.
—Sangraste.
—Un poco.
—Y fue mi culpa.
No respondió.
Creí que seguía molesto.
Me mordí mi propio labio, nerviosa.
Error.
Su mirada se quedó ahí.
—Si quieres... —dije, antes de perder el valor— puedes morderme de vuelta.
El elevador siguió bajando.
Dante no dijo nada.
Pero sus ojos cambiaron.