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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:389
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 8

Capítulo 8: Las Reglas de Convivencia

Cinco días sin bajar del asiento de la ventana.

Doña Meche me traía el plato y se lo llevaba igual de lleno. No me regañaba; me miraba, y eso era peor. Yo me quedaba con las rodillas contra el pecho viendo el camino de tierra roja donde habían desaparecido las luces de la camioneta, y ensayaba finales como quien ensaya un examen que ya reprobó: el cerro de atrás. Los lobos. Un tiro en el patio, como a los tres del jardín. De regreso al rancho del Basa, con el patio lleno de gente formada.

No volví a la biblioteca. No volví a tocar la puerta de mi cuarto por dentro más que para ir al baño. Cada vez que oía un motor, me dolía el estómago.

El sexto día, al atardecer, tocaron.

—Señorita Quintana. El patrón la manda llamar.

Teo. Traje gris, las manos cruzadas al frente. Y lo que sentí al oírlo fue tan absurdo que me dio vergüenza: alivio. Por fin. Lo que fuera, por fin.

Me levanté tan rápido que se me olvidaron los mocasines.

—¿Está contento o enojado? —pregunté en el pasillo, casi corriendo detrás de él.

—El ánimo del patrón no es algo que nosotros adivinemos, señorita Quintana.

Cruzamos la sala, un corredor del patio de atrás que yo no conocía, una puerta de servicio. Y luego una escalera que bajaba. Al fondo había una puerta negra, de acero grueso, con una rueda de submarino en lugar de manija. Teo la giró, la abrió hacia adentro y se hizo a un lado.

Me señaló la oscuridad con la mano abierta.

Entré. La puerta se cerró detrás de mí con un sonido de bóveda de banco, y oí la rueda girar desde afuera.

Era una sala grande, en penumbra, con el aire frío de los lugares sin ventanas. Al fondo, una segunda puerta entreabierta dejaba salir una franja de luz amarilla.

—Pasa —dijo su voz desde adentro—. Cierra la puerta.

El cuarto era pequeño. Alfombra roja oscura que se tragaba los pasos, dos lámparas de techo con la luz baja y dorada, un sillón de piel negra, una mesa larga pegada a la pared con cosas encima que no quise mirar, y una banca larga, también de piel, sin respaldo. Olía a cuero y a cera. No había nada que rompiera el silencio, ni un reloj.

Él estaba en el sillón. Camisa negra abierta dos botones, un brazo colgando del descansabrazos, las piernas estiradas. Como si llevara ahí toda la tarde.

Me miró de arriba abajo, sin prisa: el vestido de algodón blanco, el pelo suelto sobre los hombros, mis dedos descalzos enterrándose en la alfombra.

Y yo, que había aguantado seis días con los ojos secos, me rompí antes de que dijera una sola palabra. Las lágrimas me salieron sin ruido, calientes, una detrás de otra.

—¿En qué has pensado estos días? —preguntó, con una voz casi amable—. Ya pasó bastante tiempo. ¿Ya lo entendiste?

Negué con la cabeza. Luego asentí. No sabía cuál era la respuesta correcta y las dos me parecían una trampa.

Se le fue una risa corta por la nariz.

—¿Ya estás llorando? —Ladeó la cabeza—. ¿Y al rato… qué vas a hacer?

No contesté. No podía.

—En la mesa hay papel y pluma. Tráelos.

Sobre la mesa larga, entre objetos que mis ojos se negaron a enfocar, había un bloc de hojas blancas y una pluma fuente negra, gruesa, de las que pesan. Las tomé con las dos manos.

—Siéntate ahí.

Había una mesita redonda junto al sillón, baja, de las de poner un vaso. Me arrodillé en la alfombra frente a ella porque no había otra manera de escribir.

—Escribe tú —dijo—. El ejército tiene sus reglas. El negocio tiene sus reglas. Ya que vivimos juntos, hay que tener reglas que los dos respetemos.

Destapé la pluma. La tinta era negra y salía gruesa.

—Título: Reglas de Convivencia.

Lo escribí. Mi letra, la de las fichas de catálogo y los exámenes, temblaba en las mayúsculas.

—Primera. Ambas partes respetarán sin excepción las normas de la Casona Blanca. La instrucción más alta de la Casona tiene la interpretación final.

Escribí. Ambas partes. Como si las normas de la Casona las hubiera hecho alguien más que él.

—Segunda. Ninguna de las partes entrará en zona prohibida ni hará nada fuera de los límites sin autorización expresa.

Escribí. Fuera de los límites. Pensé en una cresta de mil doscientos metros y en un dedo que decía aquí, aquí y aquí.

—Tercera. Ninguna de las partes ocultará nada a la otra. Dónde estuvo. Con quién habló. Qué dijo. —Una pausa—. Y qué piensa.

Levanté la pluma un segundo. Y qué piensa. La volví a bajar y lo escribí igual, palabra por palabra, porque la alternativa era no escribirlo.

—Cuarta. Como convivientes, ambas partes se darán el apoyo emocional necesario y no rechazarán, por ningún motivo, una petición razonable de la otra.

Razonable. Razonable según quién. Según la interpretación final de la regla primera. Todo el documento era un círculo, y en el centro del círculo estaba él.

—Quinta. Ambas partes mantendrán la higiene personal en todo momento. Queda prohibido, sobre todo, pisar lodo.

Eso también lo escribí. Y dejé la pluma, y me quedé mirando la hoja como se mira una radiografía.

Se inclinó hacia adelante, tomó la pluma de mis dedos y firmó al pie de la hoja con una firma corta, vertical, de dos trazos. Luego me la devolvió. Yo firmé debajo, Marisol Quintana Ibarra, con los dos apellidos que en esa casa nadie usaba.

De la mesa larga trajo una latita de tinta roja. Me tomó la mano, me apretó el pulgar contra la tinta y luego contra el papel, junto a mi firma. Hizo lo mismo con el suyo. Dos huellas rojas, una grande y una chica.

Después se quitó el anillo del dedo medio, uno pesado, de oro viejo, con una piedra roja oscura del tamaño de una uña, y lo apretó sobre el papel entre las dos huellas hasta que dejó marca.

—Si hay incumplimiento —dijo, volviéndoselo a poner—, se asume la responsabilidad.

Miré la hoja. Cinco reglas, dos firmas, dos huellas, la marca de un anillo. En ningún lado decía qué era la responsabilidad. En ningún lado decía nada de incumplir.

—Siéntate en la banca.

Me levanté con las rodillas marcadas por la alfombra y me senté en la orilla de la banca de piel, frente a él, con las manos apretadas entre los muslos.

No habló. Diez segundos, quince. Y en ese silencio lo vi cambiar: no se movió, no cambió de cara, pero lo que había estado sentado en ese sillón como un hombre aburrido se convirtió en otra cosa. Algo que había estado esperando. Algo con los dientes ya afuera.

Se levantó y vino a sentarse a mi lado. Su mano se apoyó en mi cintura, por encima del algodón, y subió por mi costado, y se detuvo en mi vientre, y presionó.

—Doña Meche dice que estos días no has comido. —Presionó un poco más—. ¿No te gusta su comida?

—Sí comí.

Me tomó la barbilla con la otra mano. Me la levantó.

—Mentira. A las cositas que mienten no se les perdona. —Sus ojos eran negros del todo bajo esa luz—. ¿O es que extrañas tu casa… tanto que no puedes comer?

Ahí se me fue lo que me quedaba.

—Ya sé que hice mal —dije, y las lágrimas me entraban a la boca—. Ya sé que hice mal, no lo vuelvo a hacer, se lo juro, no lo vuelvo a decir…

—Eso no se dice con la boca.

Me soltó la barbilla. Se desabotonó el puño de la camisa y se subió la manga hasta el codo, con calma, como quien va a lavarse las manos.

En la cara interna de su antebrazo había un lobo. Negro, solo la cabeza, con la boca abierta, tatuado con una tinta tan densa que parecía quemadura.

—La memoria se graba en los huesos. —Dobló la otra manga—. Sasha es una fiera. Obedece porque sabe quién la domina. Tú tienes cabeza. Debes saber qué se puede y qué no.

Se me olvidó respirar.

—¿Qué dice la regla tres?

—Que… —Tragué—. Que no debo ocultarle nada a usted.

—A ninguno de los dos.

—A ninguno de los dos.

—Estos días pensaste en tu casa. —No era pregunta—. No comiste por eso. Y no lo dijiste. Lo que piensas y no dices… aunque no sea a propósito, ya lo admitiste. Incumpliste. —Inclinó la cabeza—. ¿Toca asumir la responsabilidad, o no?

Estaba tan asustada que me dolían los dientes. Y aun así, no sé de dónde, me salió la alumna de la UNAM, la que discute con los profesores el punto de una calificación.

—Es que… —Me temblaba la voz entera—. No acordamos cuál era la responsabilidad. En la hoja no dice…

Sonrió. De verdad sonrió, y fue lo más aterrador que había visto en esa casa.

—Bien. Ahora te la enseño.

Me tomó de la cintura y me dobló sobre la banca. La piel fría me pegó en la mejilla y en el pecho. Sentí sus manos recoger la falda del vestido hasta la espalda baja, el aire del cuarto en la piel de las piernas, y luego nada durante un segundo eterno.

—¿Qué dice la regla tres?

—Ninguna de las partes… —empecé.

La primera palmada me sacó el aire. No fue un golpe de puño, era la mano abierta, pero traía todo su brazo detrás, y cayó en lo alto del muslo, donde hay carne y no hueso.

—Completa.

—Ninguna de las partes ocultará nada a la otra…

La segunda. Del otro lado. El ardor de la primera todavía subiendo cuando llegó la segunda.

—Sigue.

—Dónde estuvo, con quién habló…

Tercera. Cuarta. No llevé la cuenta. Cada una caía en un lugar distinto, nunca dos veces en el mismo, nunca en la cadera, nunca en la columna, con una precisión que era lo peor de todo, porque quería decir que no estaba enojado. Estaba enseñando.

Me acordé del "no puedes gritar" cuando el grito ya me subía por el pecho. Me metí el dorso de la mano en la boca y mordí. Enterré la cara en la piel de la banca, que olía a cera, y recité la regla tres con la boca llena de mi propia mano, entre lágrimas y saliva, hasta que él dejó de preguntar.

Oí el cinturón.

No me soltó. Una mano se me cerró en la nuca, entre el pelo, sujetándome contra la banca. Y entró en mí desde atrás, de una sola vez, sobre la piel que él mismo acababa de dejar ardiendo.

No fue como la noche de la lluvia. Fue peor. La noche de la lluvia había sido un desconocido en la oscuridad; esto era un hombre que sabía exactamente qué estaba haciendo y por qué. Más hondo. Más duro. Más largo. Cada movimiento suyo me apretaba contra la banca por donde más me dolía, y el ardor de afuera y el de adentro se mezclaron hasta que ya no supe cuál era cuál.

—A las cositas desobedientes —dijo contra mi oreja, con la respiración apenas alterada— se les doma de una sola vez.

Lloraba sin ruido. La mano en mi nuca no aflojaba. El sudor de él me caía en la espalda.

Y en algún momento, no sé cuándo, no sé por qué, mi cuerpo hizo algo que yo no le pedí.

Se aflojó. Se abrió. Un calor que no era el del castigo me subió desde abajo del vientre, y mis caderas se movieron hacia atrás, hacia él, solas, medio centímetro, y él lo sintió, porque el ritmo cambió.

Volví a llorar, pero ya no de dolor. De vergüenza. De una vergüenza que me tapaba la cara mejor que la banca.

Él bajó la boca hasta mi oído.

—Afuera solo hay muerte —dijo—. Yo te doy dolor, y también te doy vida.

Terminó adentro de mí con la mano todavía en mi nuca. Después se quedó quieto, respirando contra mi pelo, y luego se retiró, y el vacío fue casi tan violento como todo lo demás.

Me quedé doblada sobre la banca. No me podía mover. No era que no quisiera: era que mi cuerpo ya no recibía órdenes de nadie, ni mías.

Lo oí vestirse. La hebilla del cinturón. Los botones de la camisa, uno por uno. Pasos sobre la alfombra, hacia el sillón y de regreso.

Algo pesado y suave me cubrió la espalda y las piernas. Su saco negro. Olía a él, a humo y a bosque mojado. Me envolvió en él como se envuelve algo que se va a transportar, con las orillas bien metidas, y me levantó en brazos.

La cabeza se me fue contra su pecho. Yo tenía los ojos cerrados, o abiertos, no lo sé. Sentí la seda de su camisa contra la mejilla y mi mano se cerró sola, como la mano de un bebé, en la tela sobre su esternón. La apreté. No la solté.

Él no me la quitó.

Sentí su barbilla apoyarse un momento en mi pelo, y un aire que salió de él y que pudo haber sido una risa o solo respirar.

Subimos. La rueda de la puerta. La escalera. La luz de arriba me dio en los párpados.

—Patrón.

La voz de Teo, en lo alto.

—Que venga Anya —dijo él, sin detenerse—. Mañana temprano.

Anya. Me llevé el nombre a la oscuridad, aferrada a su camisa, sin saber si era el de un médico o el de un verdugo.

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