Liam un joven marcado por la traición y el alcohol presencia cómo un hombre (Dimitri) golpea y abandona en la nieve a una joven embarazada (Sasha). Al ver que ella sangra y entra en parto prematuro, la sube a su viejo sedán y conduce desesperadamente hacia el Hospital Central, logrando que sea ingresada a urgencias antes de caer inconsciente. Este acto desinteresado abrirá nuevas puertas en la vida de Liam, ya que no solo había salvado a alguien de una familia poderosa sino que entre el hermano de sasha y Liam comienza a crecer un magnetismo inevitable.
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Capítulo 2: Nieve, sangre y desprecio
El viento helado de la calle le golpeó el rostro como una ráfaga de agujas. La lluvia fina de unas horas antes se había transformado en una nevada espesa y constante. Los copos pesados caían del cielo nocturno, cubriendo rápidamente las aceras góticas y el asfalto gris bajo un manto blanco e implacable.
El vehículo de Liam, un viejo sedán de más de quince años con parches de óxido en las puertas, la pintura desgastada por el sol y un motor que traqueteaba a cada kilómetro, estaba estacionado a media cuadra, bajo la luz parpadeante y amarillenta de una farola municipal.
Liam caminaba apresuradamente con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, observando cómo sus exhalaciones se convertían en densas nubes de vapor. Lo único que deseaba en ese instante era subir a su automóvil, encender la calefacción deficiente, conducir hasta la pequeña habitación que alquilaba provisionalmente y romper a llorar en la oscuridad por el final definitivo de su vida junto a Enrique.
Sin embargo, a mitad de la calle, un llanto desgarrador quebró el murmullo de la tormenta.
No era un llanto corriente. Era un alarido gutural, agudo, sofocado por la angustia y el dolor físico extremo.
Liam se detuvo en seco en medio de la nieve. Giró la cabeza hacia la entrada de un callejón lateral iluminado apenas por la luz tenue del bar que acababa de abandonar. Allí, bajo la nevada constante, una mujer extremadamente joven y notoriamente en un estado de gestación muy avanzado estaba de rodillas sobre el pavimento congelado. Sus manos temblorosas y sin guantes se aferraban con desesperación a la solapa del abrigo de lana de un hombre alto, robusto y elegantemente vestido que permanecía de pie frente a ella.
—Por favor... Dimitri, te lo suplico... no me dejes aquí... el bebé... creo que ya viene... siento que me muero... —sollozaba la mujer en un hilo de voz entrecortado por el frío y los espasmos de su vientre.
El hombre no mostró el más mínimo rastro de empatía. Su rostro, de facciones duras y mandíbula marcada, reflejaba una mezcla letal de hastío, asco y arrogancia. Sostuvo la mirada de la chica en el suelo como si estuviera observando a un insecto molesto. A su lado, aferrada a su brazo derecho, se encontraba otra mujer bastante más joven, envuelta en un ostentoso abrigo de piel blanca, quien observaba el dolor de la chica embarazada con una sonrisa burlona y cómplice.
—Te dije que no vinieras a buscarme aquí, patética —siseó el tal Dimitri con una frialdad espeluznante—. Arruinas mi noche con tus dramas de siempre.
—¡Es tu hijo! —gritó la chica, intentando ponerse de pie pero cayendo nuevamente de rodillas sobre el hielo—. ¡Siento un dolor horrible, Dimitri! ¡Necesito un hospital!
—Aprende a comportarte en público y deja de dar espectáculos —respondió él implacable.
Sin mediar más palabras, Dimitri alzó la mano y le asestó una bofetada brutal en la mejilla a la joven embarazada. El impacto seco resonó con un chasquido aterrador en el callejón desierto. La chica emitió un ahogado grito de dolor y cayó de costado sobre la capa de nieve acumulada, cubriéndose instintivamente el vientre con ambos brazos mientras el llanto se transformaba en hiperventilación.
Dimitri ni siquiera se inclinó para comprobar si la joven respiraba. Ajustó el cuello de su abrigo a medida, sonrió a la mujer de pieles que lo acompañaba y murmuró un comentario despectivo mientras ambos caminaban de regreso a la puerta del bar. Entraron apresuradamente, dejando que la pesada puerta de roble se cerrara con un golpe seco que retumbó en la noche helada.