Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
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Capítulo 21
El beso se convirtió en una vorágine de urgencia y poder. Las manos de Malakor, antes firmes y controladoras, recorrieron su espalda con una desesperación febril, desatando con torpeza calculada los broches del pesado vestido de terciopelo. Cada capa de tela que caía al suelo de piedra parecía despojar a ambos de sus títulos, de sus coronas y de las armaduras con las que se habían protegido del mundo, dejando al desnudo únicamente el fuego y el hielo.
Cuando el rey la levantó en vilo, Isabela rodeó su cintura con las piernas, enterrando los dedos en los hombros marcados por los tatuajes y las cicatrices de la guerra. La piel de Malakor ardía como el lecho de un volcán, un calor abrasador que contrastaba con la frescura desafiante de la princesa, creando una fricción eléctrica que recorría cada terminación nerviosa de sus cuerpos.
La llevó hasta el lecho cubierto de pieles oscuras en el centro de la alcoba, depositándola con una intensidad que rozaba la brutalidad, pero con un cuidado reverente que delataba la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Malakor se cernió sobre ella, bloqueando cualquier vía de escape con su estructura colosal, y la miró a los ojos a través de la penumbra iluminada por las brasas de la chimenea. Su respiración era áspera, entrecortada, y en sus pupilas ámbar ya no quedaba rastro de juego ni de burla, solo un apetito primigenio y absoluto.
—Esta es tu última oportunidad para detenerte, fiera del norte —siseó el rey con la voz rota, rozando con los labios la línea húmeda de su cuello, sintiendo cómo el pulso de Isabela martilleaba desbocado—. Si cruzas esta línea, no habrá vuelta atrás. El fuego te reclamará para siempre.
Isabela le sostuvo la mirada, con el pecho colapsado por el esfuerzo de contener el temblor que amenazaba con traicionar su orgullo. Hundió los dedos en el cabello oscuro del monarca, tirando de él con la fuerza suficiente para obligarlo a mirarla a los ojos, con una mueca de triunfo salvaje en los labios.
—No vine a Asgardia a buscar una salida, Malakor —respondió ella con la voz firme, cristalina y desafiante hasta el último aliento—. Demúestrame si tu fuego es capaz de consumirme.
El impacto de su entrega fue un choque de titanes. Cuando Malakor se deslizó en su interior, un grito ahogado de sorpresa y dolor se perdió contra la boca del rey. El cuerpo de Isabela se arquearon tensos, rígidos como el hielo ante la fractura, resistiendo el embate de una sensación tan abrumadora que desafiaba todo lo que conocía.
Malakor se detuvo al instante, conteniendo su propia fuerza con un esfuerzo titánico, apoyando la frente contra la de ella mientras sentía el temblor involuntario que sacudía el cuerpo de la princesa.
—Respira, Isabela... —murmuró él con una aspereza insólita, su voz transformada en un ronco arrullo de posesión mientras besaba con infinita lentitud las lágrimas invisibles de esfuerzo en el borde de sus ojos—. Ya te tengo. Eres mía.
Poco a poco, el dolor inicial dio paso a una marea de calor denso y abrumador. El ritmo entre ambos dejó de ser una lucha de poder para convertirse en una danza sincrónica de fuego y resistencia. Cada embestida de Malakor era una declaración de dominio absoluto, pero cada arqueo de la espalda de Isabela, cada arañazo que dejaba marcado en su piel con una furia implacable, era la prueba viviente de que el hielo no se estaba fundiendo: estaba encendiendo la llama desde adentro.
El mundo exterior desapareció, reducido al sonido sordo de la piedra volcánica, al crujir de las brasas y al eco rítmico de dos respiraciones que se fundían en una sola. En la oscuridad de los aposentos reales, bajo el peso de una corona que ya no temía a la muerte, la reina de Asgardia aprendió que el poder más grande no era sobrevivir al invierno, sino arder sin extinguirse en el centro del fuego.