A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 17
Capítulo 17. El hombre de las abejas
Al hombre del gorro lo notamos al segundo día.
Estaba siempre en el rincón del gimnasio del hotel, en la caminadora del fondo, con un gorro de pescador calado hasta las cejas, unos lentes oscuros que nadie usa bajo techo y una quietud rara, como de quien no quiere que lo vean pero tampoco se decide a irse. No sudaba. No hablaba. Miraba.
—Ese señor lleva veinte minutos en la misma caminadora sin subirle a la velocidad —murmuró Lorena, secándose la nuca con la toalla—. O está muy en forma o nomás vino a ver.
—A ver a quién —dije, y no era pregunta.
Porque cada vez que yo cambiaba de aparato, el gorro cambiaba de rincón. Discretísimo, eso sí. Pero un pez que te sigue todo el estanque acaba delatándose. Una de las entrenadoras, que ya lo había fichado, le puso apodo antes que nombre.
—Parece apicultor —dijo, muerta de risa—. Ahí, quietecito, tapado hasta las orejas, como cuidando sus abejas. Es el hombre de las abejas.
Se nos quedó el apodo. Y el hombre de las abejas, ajeno a que ya lo bautizaban, se me acercó al mediodía cuando yo llenaba mi botella de agua.
—Regina Ávalos —dijo, en voz baja, y se bajó apenas los lentes—. Sabía que eras tú. Nadie más carga el bolso como si adentro trajera un cadáver.
Tardé tres segundos. Luego se me abrió la memoria de golpe: un muchacho flaco, hace mil años, cantando desafinado en un bar de mala muerte al que Jimena me arrastró una noche; un muchacho al que le invité un café y unas palabras cuando lloraba en la banqueta porque lo habían corrido, y al que no volví a ver.
—No —dije—. No me digas que…
—Emilio Rivas, a tus pies. —Sonrió, y era una sonrisa que hoy vendía discos y llenaba estadios, aunque a mí seguía pareciéndome la del flaquito de la banqueta—. Aunque aquí, esta semana, prefiero ser el hombre de las abejas. Estoy escondiéndome de medio mundo, señora. Del que menos, de usted.
—Ah, ¿ahora soy "usted"? —Le entró el juego, y a mí también—. Antes me tuteabas para pedirme prestado.
—Antes era un don nadie. Ahora soy un don nadie famoso, que es peor. —Volvió a calarse el gorro—. Déjame seguirte de lejos y no le digas a nadie que soy yo. Si se corre la voz de que Emilio Rivas está aquí, este hotel se vuelve un zoológico y a ti te sale en la cara de las revistas por estar cerca.
Debí haberle hecho más caso a esa frase. Pero yo tenía la cabeza en otra parte.
La tenía en el mensaje del profesor Salcedo, que esa mañana se había vuelto llamada. Me habló mientras estiraba, sin saludar, como siempre.
—¿Ya pensaste lo que te dije o sigues de vacaciones existenciales?
—Buenos días, maestro.
—Buenos días serán cuando dejes de desperdiciarte. —Tosió—. Mira, Regina, te lo voy a decir claro porque ya no tengo edad para rodeos. Llevas quince años formulando cremas para que otro le ponga su apellido y se lleve la gloria. Se acabó. Vente al laboratorio. Trae ideas. Hacemos algo tuyo, con tu nombre, tu fórmula, tu marca. Y si sale bien, que salga; y si sale mal, aprendiste. Pero deja de ser la mano invisible del imbécil de tu ex.
Colgó antes de que le contestara, como hacía siempre, para no darme la oportunidad de decir que no. Y lo cierto es que ya no quería decir que no. En algún punto entre la notaría y esa caminadora, la idea había dejado de ser un capricho para volverse un plan. Una marca. Mía. Con mi nombre en la etiqueta por primera vez en mi vida. Me quedé un rato con el teléfono en la mano, mirando sin ver a las mujeres que sudaban a mi alrededor, imaginándome un frasco, una etiqueta, una fórmula que fuera solo mía. Hacía años que no me emocionaba con algo que no dependiera de nadie más.
Esa noche todo el grupo se fue al mercado nocturno, y ahí la cosa se salió del huacal.
Andábamos entre puestos de birria y tejuino, felices y ruidosas, cuando alguien propuso meternos "al bar de la esquina, que tocan buena música". Entramos en bola, sin fijarnos, y a los dos minutos era evidente que aquel no era un bar cualquiera: luces, plumas, un show precioso de dos muchachos vestidos de reinas cantando rancheras mejor que muchas rancheras de verdad. Lorena abrió unos ojos como platos y luego se soltó a aplaudir como niña. Nos quedamos. La pasamos increíble.
El problema fue a la salida. En la banqueta, tres tipos con cámaras nos esperaban como zopilotes, y los flashes empezaron a reventar antes de que entendiéramos qué pasaba. No a nosotras. A él. El hombre de las abejas, que nos había seguido de lejos toda la noche, se había descuidado un segundo en la puerta.
—¡Emilio! ¡Emilio, para acá! ¿Con quién vienes? ¿Es tu nueva galana la señora?
Fue rapidísimo. Me caló su gorro en la cabeza de un movimiento, me tapó media cara con su propio brazo y me metió a un taxi mientras le decía al chofer una dirección que no era la nuestra.
—Da tres vueltas y luego los pierde por Chapultepec —le indicó, tranquilo, como quien pide un café—. Perdón, Regina. Perdón de verdad. —Y cuando me bajó, sano y salvo, a media cuadra del hotel, el muy teatral se me inclinó en una reverencia de época, la mano en el pecho—. Le juro que no era mi intención meterla en mi circo. Mañana me esfumo.
—Estás loco —le dije, entre la risa y el fastidio, devolviéndole el gorro—. Y me debes un gorro que huela a mí, no a tu laca.
Se fue riéndose. Y yo subí pensando que Emilio Rivas seguía siendo lo que siempre fue: un tipo simpático, aparatoso y agotador, de esos que traen el escándalo pegado como sombra. Nada más.
En el cuarto, ya en pijama, quise mandarle un mensaje a Jimena con la anécdota. Y de paso, no sé por qué, quise contarle también al joven Mendívil lo del bar y las reinas, que le iba a dar risa. Le escribí dos líneas. La palomita se quedó una, sola, gris, terca. Volví a mandarlo. Igual. Entré a su conversación y no aparecía ni su foto ni su última hora de conexión: nada, un hueco blanco donde antes había un vecino latoso que me mandaba doscientas cajas de aceite.
Me había bloqueado.
Me quedé viendo la pantalla, entre divertida y ofendida. ¿Bloqueado, ese hombre, a mí, que no le había hecho absolutamente nada? Me juré preguntárselo a la cara en cuanto volviera, con las manos en la cintura. No podía saber —no todavía— que a esas horas, en la Ciudad de México, una foto mía saliendo de un bar del brazo de un galán de portada andaba circulando en cierto teléfono, ni el gesto con que ese teléfono se había apagado.
Iba a apagar yo el mío cuando empezó a sonar. Fabiola. Mi hermana no me llamaba a las once de la noche ni cuando se moría el mundo. Contesté con el corazón ya frío.
—¿Bueno? ¿Fabiola?
—¡Regina, gracias a Dios! —Venía llorando, atropellada, el ruido de un pasillo de hospital detrás—. Es mamá. Se puso mala, muy mala, le volvió lo del corazón. Está internada. Tienes que venir. Tienes que venir a Córdoba, Regina, ahorita.