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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 19

Capítulo 19 — La intriga

—Papá, tienes que conseguir como sea que mi hermana acepte. Yo no me voy a casar con ese Mora. Si me obligas, no respondo de lo que haga.

Cintia hablaba con firmeza.

Melina se apresuró a calmarla.

—Cintia, no te precipites. Papá y mamá van a encontrar la manera.

—¿Qué manera? ¿La van a arrastrar amarrada hasta el altar? —Genaro solo pensaba en salvar la empresa; ni por un instante consideró que aquel matrimonio era empujar a Amelia a un pozo de fuego.

A Melina se le arquearon las cejas y en los ojos le brilló un destello calculador.

—Entonces, primero hacemos que ella y Mora pasen la noche juntos. Así ya no importa si quiere o no.

Con semejante prueba en la mano, no había forma de que se resistiera.

Genaro frunció el ceño un instante, pero enseguida lo relajó. Que no le reprocharan la falta de cariño de padre: no le quedaba otra salida.

Los tres, con las caras retorcidas de malicia, esbozaron una sonrisa y se pusieron a maquinar cómo llevar a cabo el plan.

...

Lluvia de otoño, frío de otoño. Tras un aguacero, la capital entera quedó envuelta en una bruma gris.

En la oficina, Amelia miraba por la ventana. No le gustaba ese clima. Aquel día, años atrás, en que murió su madre, el cielo estaba igual de plomizo y desolado.

En eso sonó el teléfono. Al ver que era su abuela, se serenó y contestó con voz alegre:

—Abuela.

La voz cálida de doña Rosa le llegó desde el otro lado:

—Ame, ¿estás con mucho trabajo estos días? Acuérdate de cuidarte.

Oír a su abuela le levantó el ánimo.

—Bien, no demasiado. Es solo que te extraño.

Con ella era con la única persona ante quien podía mimarse un poco.

—Si me extrañas, ven a verme —rió doña Rosa. Tras una pausa, bajó la voz—: Ame, hoy también hay que estar contenta, ¿sí? Así tu mamá, allá arriba, te ve y se queda tranquila.

Quizá ya casi nadie recordaba que ese día era el aniversario de la muerte de la madre de Amelia. Pero doña Rosa sabía que, aunque hubieran pasado tantos años, cada aniversario Amelia se hundía en la tristeza.

Amelia se esforzó por sonreír y hacer que su voz sonara ligera.

—Abuela, estoy bien. No te preocupes.

El tiempo no se llevaba ciertas heridas.

Doña Rosa suspiró bajito.

—La abuela sabe que eres una niña fuerte.

Ninguna de las dos quería preocupar a la otra, y precisamente por eso ambas se conocían de sobra.

—Abuela, en unos días voy a verte. Tengo una buena noticia que darte.

Doña Rosa vivía en el pueblo, retirada; decía que el aire allí era mejor que en la ciudad y nunca había querido mudarse con Amelia. Esta vez pensaba contarle lo de su matrimonio; así le quitaría a la abuela una preocupación del corazón.

—Bien, bien —respondió doña Rosa, contenta—. La abuela te espera. Te voy a cocinar cosas ricas.

Charlaron un rato más antes de colgar.

Al poco, el teléfono volvió a sonar. En la pantalla parpadeaba un número conocido, con la paciencia infinita de quien iba a insistir hasta que ella respondiera.

Amelia entornó los ojos. Dudó largo rato, pero al final contestó.

—Ame, ¿por qué tardaste tanto en atender? ¿Estabas trabajando?

—Los huérfanos, si no trabajamos, nos morimos de hambre —dijo con voz apagada. Con Genaro ya había perdido toda esperanza.

—Ame, ¿cómo hablas así? Eres hija de los Cruz. Puedes volver cuando quieras.

Huérfana. ¿No era eso como maldecirlo de muerto? A Genaro le hirvió la sangre, pero, recordando que esta vez necesitaba algo de ella, se tragó la rabia.

Amelia rió con frialdad.

—Cuando me fui de la casa Cruz ya te dije que no teníamos nada que ver. ¿Qué quieres ahora?

Conociéndolo, si no fuera por interés, jamás la habría llamado a fingir preocupación.

Genaro empezó a dar rodeos.

—Ame, ¿por qué no vienes a cenar a casa al salir del trabajo?

Y, temiendo que se negara, adoptó de inmediato el tono lastimero:

—Hoy es el aniversario de tu mamá. Ven a acompañar a tu papá, a comer algo, a conversar.

En boca de Genaro, aquellas palabras solo le dieron náuseas.

—Genaro —soltó ella con desprecio—, ¿tienes cara para nombrar a mi mamá? Por qué hoy es el aniversario de su muerte… eso lo sabes mejor que nadie.

Genaro se atragantó. Alzó un poco la voz.

—Ame, te lo he dicho mil veces: la muerte de tu madre fue un accidente. ¿Por qué te empeñas en no creerlo?

—Aunque su muerte fuera un accidente, si no hubiera sido por ti, ¿habría caído en aquella depresión? —lo increpó ella.

Jamás olvidaría aquel día.

Por la mañana, cuando salía hacia el colegio, su madre le había dicho, feliz: «Ame, hoy te hago un pastel; cuando vuelvas, estará listo». Pero al regresar, en lugar del pastel de su madre, la esperó la peor de las despedidas.

Era apenas comienzos de otoño y había caído una lluvia fina. Y, sin embargo, Amelia sintió el frío helado de pleno invierno metiéndosele en los huesos, dejándola tiesa. Se quedó de pie, largo rato, sin poder moverse.

A su madre se la llevaron pronto, y con eso ella se quedó sin madre.

Genaro sostuvo que había sido un brote de su depresión. La policía investigó y no halló nada más; el caso se cerró. Amelia siempre dudó de aquella versión, pero era cierto que su madre padecía depresión, y ella misma la había visto en sus horas más oscuras. Con los años buscó la verdad, sin resultado. Poco a poco aceptó lo que le dijeron.

Lo que jamás pudo aceptar fue que la depresión de su madre había empezado el día en que descubrió que Genaro mantenía a una amante. Aunque él no tuviera relación directa con su muerte, toda aquella tragedia había nacido de él. Nunca podría perdonarlo.

—Ame, respecto a la depresión de tu madre, tengo mi parte de culpa, pero tampoco es toda mía —la voz de Genaro la sacó de sus pensamientos.

No tenía nada más que hablar con él.

—Si no es nada importante, cuelgo.

—Espera —se apuró Genaro—. Antes de morir, tu mamá dejó algo para ti. Dijo que te lo entregara al cumplir los veinticinco. Si lo quieres, ven a buscarlo.

Las lástimas no funcionaban; solo le quedaba usar lo que Amelia más apreciaba.

—¿Qué cosa? —preguntó ella al instante.

Picó el anzuelo.

A Genaro se le curvaron los labios en una sonrisa astuta.

—Ven y lo verás.

Algo no le encajaba a Amelia, pero, al oír que había algo dejado por su madre, no se detuvo a pensarlo demasiado. Cuando su madre murió, Genaro se había quedado con todas sus cosas; que hubiera guardado algo para ella no era descabellado.

Miró la hora y decidió pasar por la casa Cruz.

—Bien. Voy para allá.

—¡Perfecto! Mando a preparar la cena enseguida —colgó Genaro, feliz.

Amelia pidió una hora de permiso a su jefe, tomó el bolso y salió de la oficina.

—Ame, ¿pasó algo? —Fernanda, que volvía de la cocina, se cruzó con ella en la salida.

—Tengo que salir un momento —soltó Amelia al pasar, y se marchó a toda prisa.

Fernanda se lo pensó y, por si acaso, le escribió a Adrián.

«Hermano, acabo de ver a Amelia salir de la oficina con mucha prisa. No sé si pasó algo».

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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