Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo VI Lobo viejo no se engaña tan fácil
Punto de vista de Felipe
Seguí al abuelo hasta su despacho. Sabía que Don Augusto era un zorro viejo y que no sería nada fácil engañarlo, por lo que debía ser extremadamente convincente con cada palabra.
—Dime, abuelo, ¿de qué necesitas hablar conmigo? —pregunté sin rodeos apenas se cerraron las pesadas puertas de caoba del estudio.
—Veo que estás impaciente —respondió el anciano con una calma que erizaba la piel, sirviéndose un vaso de whisky con movimientos pausados.
—Como sabes, mi esposa me espera abajo y no quiero dejarla sola demasiado tiempo —sostuve el tono sin un solo rastro de duda en mi voz.
Don Augusto se me quedó mirando fijamente, buscando la menor grieta en mi armadura. Me mantuve firme, erguido, proyectando la seguridad implacable de quien dice la verdad.
—A mí no me puedes engañar, Felipe. Sé perfectamente quién es esa joven —dijo al fin, dejando el vaso sobre el escritorio con un golpe seco—. Seré viejo, pero mi memoria y mis contactos no me fallan. Solo espero que esto que estás haciendo sea para aplastar de una vez por todas a esa maldita familia y hacerlos pagar por el daño que causaron.
Las palabras del abuelo me tomaron por sorpresa durante un segundo. ¿Acaso conocía cada detalle?
—¿De qué estás hablando, abuelo? —pregunté, intentando hacerme el desentendido para tantear hasta dónde sabía.
—Ya no tienes que fingir conmigo —sentenció el anciano, fijando su mirada gris sobre la mía—. Sé todo sobre esa muchacha. Sé que acaba de salir de prisión y que hace apenas unas horas estampó su firma junto a la tuya en el acta de matrimonio. Te recuerdo, Felipe, que muy poco ocurre en esta ciudad sin que yo me entere. No me voy a meter en tus planes, pero te exijo una sola cosa: cuida muy bien cada paso que das. No voy a permitir que arruines tu vida ni que manches nuestro apellido por un descuido.
Escuchar eso fue un alivio inesperado. Quitarme la máscara frente a él me ahorraba energía que necesitaría para el verdadero enemigo.
—Tienes razón, abuelo —admití, dando un paso al frente y cambiando mi postura a una estrictamente analítica—. No te voy a mentir. Esther no es solo un medio para la venganza; ella es la clave para desmantelar el imperio de los Herrera desde adentro. Ella tiene los motivos y yo tengo el poder legal y económico para ejecutarlo.
El abuelo dio un sorbo a su bebida y asintió levemente, con una sombra de satisfacción en el rostro.
—Esa mujer estuvo en el infierno cinco años por culpa de Victoria y Gabriel, Felipe. Una fiera herida es impredecible. Asegúrate de tenerla bien amarrada al pacto, porque si se descontrola, nos arrastrará a todos con ella.
—Sé exactamente con quién me casé, abuelo —respondí con frialdad—. Esther sabe cuál es su lugar en esta alianza y no dará un solo paso en falso.
—Eso espero —dijo Don Augusto, dándome la espalda para mirar por el gran ventanal del estudio—. Ahora baja. Tu madre y tu hermana están fascinadas con tu “esposa”. Mantén la farsa impecable ante ellas; no necesitan cargar con la oscuridad de este juego.
—Entendido.
Al salir del despacho y cerrar la puerta tras de mí, solté un suspiro contenido. El primer obstáculo estaba superado, pero las palabras del abuelo resonaban en mi mente: una fiera herida es impredecible.
Cuando bajé los escalones y vi a Esther en la sala, sonriendo con perfecta naturalidad mientras conversaba con mi madre, no pude evitar preguntarme si realmente tenía bajo control a la mujer con la que acababa de atar mi destino.
El trayecto de regreso en el auto transcurrió en un silencio tenso. La lluvia comenzaba a repicar suavemente contra los cristales, iluminada de a ratos por los faroles de la avenida. Esther mantenía la mirada fija en la ventana, con los brazos cruzados y la espalda recta; la calidez y la sonrisa que les había regalado a mi madre y a Erika se habían evaporado en el instante en que cruzamos la puerta principal de la mansión Vane.
Cuando el chofer detuvo el vehículo frente a mi residencia privada, una propiedad moderna de líneas sobrias en las afueras de la ciudad, la puerta eléctrica de la cochera se cerró tras nosotros con un chasquido metálico.
—Llegamos —anuncié, quitándome la chaqueta del traje apenas cruzamos el recibidor.
Esther observó el lugar con atención. La casa era amplia, de techos altos y ventanales de piso a techo que daban hacia un jardín interior, pero carecía de adornos personales. Para ella, esto no era un hogar; era el centro de operaciones de nuestra alianza.
—Es un lugar bastante amplio para ser la guarida de dos conspiradores —comentó con tono seco, dejando su bolso sobre la mesa de centro de la sala.
—Es discreto y seguro, que es lo único que nos importa por ahora —respondí, caminando hacia la barra del bar para servirme un vaso de agua—. Ahora que estamos solos, es momento de dejar las reglas del juego claras antes de que llegue el viernes.
Esther se giró hacia mí, cruzando los brazos sobre el pecho y alzando una ceja con gesto desafiante.
—Te escucho, Vane. ¿Cuáles son tus condiciones?
—Primera: frente a la servidumbre, los medios y, sobre todo, frente a la familia Herrera, la farsa debe ser impenetrable. Ningún gesto de duda, ninguna discusión en público. Todos deben creer que caí rendido ante ti.
—Fácil —asintió ella sin dudar—. Eso ya lo demostramos en la cena con tu familia. ¿Qué más?
—Segunda: dormitorios separados —dije, señalando con la cabeza hacia el pasillo del segundo piso—. La habitación principal está a la derecha; esa es la tuya. La mía es la de la izquierda. No quiero malentendidos ni cruces de límites innecesarios. Nuestro contrato es estrictamente profesional.
Esther dejó escapar una leve risa irónica, una chispa de diversión cruzando sus ojos grises.
—No te preocupes por eso. Tampoco estaba en mis planes compartir cama con mi abogado. ¿Algo más?
—Tercera y más importante: nada de acciones impulsivas. No vas a dar un solo paso contra Victoria o Gabriel sin que yo esté enterado y lo haya autorizado desde el plano legal. No voy a permitir que arruines tu libertad ni mi estrategia por un ataque de rabia descontrolado.
Al escuchar esto, el rostro de Esther se volvió sombrío. Dio un par de pasos hacia mí hasta quedar a menos de un metro de distancia. La frialdad de su mirada volvió con toda su fuerza, demostrando la cicatriz invisible de los cinco años que le habían robado.
—No confundas mi sed de justicia con torpeza, Felipe —dijo en un susurro cargado de firmeza—. Sobreviví a una celda calculando cada segundo para este momento. No voy a tirar todo a la basura por un impulso. Pero que te quede claro algo: no soy tu empleada ni tu marioneta. Somos socios en esto.
Sostuve su mirada durante varios segundos. En el fondo, saber que tenía enfrente a una mujer fuerte y determinada y no a una víctima rota era exactamente lo que necesitaba para asegurar que nuestra estrategia funcionara.
—Estamos de acuerdo entonces —concluí, dejando el vaso sobre la mesa—. Descansa, Esther. Mañana temprano llega la diseñadora con el vestido para la recepción del viernes. Es hora de hacer que Victoria Herrera empiece a pagar su deuda.
y los e melissa tienes que pi er todo claro con ella Felipe si no quieres perder a Esther
por que que otra cosa
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓