Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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Capítulo 2 La Distancia que ya Existía
Elena conducía hacia el aeropuerto con las manos apretadas en el volante. Cada semáforo, cada edificio, cada cartel le recordaba brutalmente que había retrocedido diez años. Todo era igual… y al mismo tiempo, completamente diferente.
Su cuerpo era joven, su piel tersa, pero su alma cargaba el peso de una traición que aún sangraba. Recordaba con claridad cristalina el impacto del auto, las risas de Rodrigo y Camila, las palabras que la habían destrozado: “solo una herramienta”, “vaca lechera”, “Mateo te odia”.
Apretó los dientes. El dolor era tan vivo que sentía ganas de gritar. Pero no podía. Todavía no.
Cuando llegaron a casa de Mateo para recogerlo, el joven ya bajaba las maletas con expresión seria. Tenía dieciocho años, alto, delgado, con esa mirada desconfiada que ella ahora entendía perfectamente.
—Mamá… —murmuró él a modo de saludo, sin entusiasmo.
Elena no lo soportó. Se acercó y lo abrazó con fuerza, como si quisiera compensar diez años de distancia y malentendidos en un solo gesto. Mateo se tensó inmediatamente y se apartó con incomodidad.
—Está bien, mamá. No es necesario.
El rechazo fue como una puñalada. En su otra vida, ella había creído que esa frialdad era culpa suya por trabajar demasiado. Ahora sabía la verdad: Rodrigo había envenenado a su propio hijo contra ella durante años.
—Lo siento —susurró Elena, con la voz ligeramente quebrada—. Solo… te extrañaba.
Mateo la miró extrañado. Era la primera vez en mucho tiempo que su madre le hablaba con esa vulnerabilidad.
Rodrigo apareció detrás de ellos, sonriendo como el padre perfecto.
—Vamos, familia. No queremos que Mateo pierda el vuelo.
Durante el trayecto al aeropuerto, Elena observaba a su hijo por el espejo retrovisor. Su corazón dolía de una forma casi física. Ese chico que ahora la miraba con recelo era el mismo que, en su vida anterior, había terminado odiándola por completo.
Antes de bajar del auto, mientras Rodrigo hablaba por teléfono, Elena aprovechó el momento. Sacó una tarjeta negra de su bolso y se la puso discretamente en la mano a Mateo.
—Toma —susurró con urgencia—. Es una tarjeta a mi nombre. Usa lo que necesites. Para comida, ropa, libros… lo que sea. Pero escúchame bien: no le digas nada a tu padre. Ni una palabra.
Mateo frunció el ceño, mirando la tarjeta como si fuera una bomba.
—¿Qué? Mamá, ¿qué está pasando? Tú nunca…
—También preparé un apartamento para ti cerca de la universidad —continuó ella rápidamente, bajando aún más la voz—. Está pagado por un año. Las llaves están en un sobre que te enviaré mañana. Solo… confía en mí esta vez.
Mateo la miró con una mezcla de confusión y desconfianza.
—¿Por qué haces esto ahora? Siempre dijiste que tenía que aprender a valerme por mí mismo. ¿Crees que soy un niño mimado o qué?
Elena sintió que se le cerraba la garganta. Vio que Rodrigo ya estaba terminando la llamada y se acercaba.
—Mateo… —dijo con voz baja y urgente—. Crees que soy la mala de esta historia. Lo sé. Pero presta atención a lo que va a pasar ahora con tu padre. Solo… observa. Y luego decides si me crees o no.
Rodrigo llegó sonriendo ampliamente.
—Bien, campeón. ¿Listo para conquistar el mundo? Toma, aquí tienes algo de dinero para los primeros meses —dijo sacando un sobre grueso delante de Elena—. Yo me encargo de todos tus gastos, como siempre. Tu madre trabaja demasiado, no quiero que la molestes con estas cosas.
Mateo miró el sobre y luego a su madre. Elena permaneció en silencio, con una expresión neutra.
—Pero papá… mamá también puede…
—No, no —lo interrumpió Rodrigo con tono paternalista—. Tu madre ya hace suficiente manteniendo la empresa. Yo me encargo de ti. Es mi rol como padre.
Mateo frunció el ceño, visiblemente confundido. Miró a Elena una vez más. Ella solo le devolvió una mirada serena, pero cargada de significado.
En la puerta de embarque, cuando ya iba a pasar el control, Mateo se giró. Dudó un segundo… y luego asintió levemente hacia su madre. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero para Elena fue suficiente.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió un poco de paz.
El viaje de regreso a casa fue silencioso. Rodrigo hablaba sin parar sobre lo orgulloso que estaba de su hijo y cómo él se encargaría de “todo lo importante”. Elena solo asentía, sonriendo cuando era necesario, mientras en su mente trazaba planes fríos y meticulosos.
Al abrir la puerta de la casa, el olor familiar a perfume le revolvió el estómago.
Allí estaba Camila, sentada en su sofá como si fuera la dueña, junto a su hijo de diecisiete años, Kevin, que jugaba en su teléfono último modelo.
— ¡Elena! —exclamó Camila con esa voz falsa y dulce que ella ahora detestaba—. Qué bueno que llegaron. Vine porque quería hablar contigo de algo importante.
Elena recordó perfectamente esta escena de su vida anterior. En aquel entonces había accedido a todo.
Camila se puso de pie, fingiendo timidez.
—Verás… Kevin es muy bueno en los estudios, pero la universidad es cara. Me preguntaba si podrías apadrinarlo, como hiciste con otros chicos talentosos de la empresa. Una beca paga completa, ya sabes. Sería una gran ayuda.
Kevin ni siquiera levantó la vista del teléfono, como si ya diera por hecho que le correspondía ese privilegio.
Rodrigo sonrió, apoyando a Camila como siempre.
—Sería una excelente oportunidad, Elena. Tú siempre has sido generosa con los jóvenes con potencial.
Elena los miró a los tres. El dolor de la traición aún estaba fresco en su memoria. Recordó cómo, en su otra vida, había pagado todos los caprichos de Kevin mientras su propio hijo sufría.
Esta vez, sonrió con educación.
—Lo siento, Camila. Pero no tengo fondos disponibles para eso en este momento.
El silencio que cayó sobre la sala fue ensordecedor.
Camila parpadeó, claramente desconcertada.
—¿Cómo? Pero… siempre has ayudado…
—Las cosas han cambiado —respondió Elena con calma, quitándose el saco con elegancia—. La empresa está en un momento delicado y tengo que ser más cuidadosa con los gastos. Lo entiendo si no lo comprendes.
Rodrigo la miró con sorpresa. Era la primera vez que Elena rechazaba una petición de Camila delante de él.
—Pero Elena, amor… —empezó a decir.
—Rodrigo —lo cortó ella suavemente, pero con firmeza—. Tú mismo dijiste que yo me encargo de la empresa. Déjame tomar las decisiones financieras con responsabilidad. ¿No es eso lo que querías?
Camila apretó los labios, visiblemente molesta. Kevin por fin levantó la vista, frunciendo el ceño.
Elena sintió una pequeña satisfacción oscura al ver sus expresiones.
El juego había comenzado de verdad.
Y esta vez, las reglas las estaba escribiendo ella.
Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.