Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
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Capítulo 13: La acusación de Beatrice
La tranquilidad duró poco.
Loretta sabía que ocurriría.
Julian y Beatrice no eran personas que aceptaran una derrota con elegancia. Durante la vida anterior habían esperado durante años el momento adecuado para atacar; ahora estaban actuando antes porque los acontecimientos ya no seguían el curso que ellos deseaban.
Aquello significaba una sola cosa.
Estaban nerviosos.
Y las personas nerviosas cometían errores.
La mañana comenzó como cualquier otra.
Loretta revisaba informes financieros en su despacho mientras una taza de té descansaba a su lado. Las náuseas seguían apareciendo algunas veces al día, aunque había aprendido a ocultarlas mejor. Elias insistía en que todo avanzaba correctamente, y cada informe que entregaba sobre sus investigaciones fortalecía la esperanza que ella protegía dentro de su corazón.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Una sirvienta entró apresuradamente.
—Mi señora, el Obispo Bernard ha llegado a la mansión.
Loretta levantó la vista.
—¿El obispo?
—Sí, mi señora. Viene acompañado por varios representantes de la diócesis.
Aquello era extraño.
Demasiado extraño.
El obispo rara vez visitaba residencias nobles sin previo aviso.
Loretta cerró lentamente el libro contable.
Entonces comprendió.
—¿Quién lo invitó?
La sirvienta vaciló.
—Lady Beatrice.
La respuesta llegó exactamente como esperaba.
Loretta suspiró.
—Ya veo.
La muchacha pareció preocupada.
—¿Debo preparar algo?
—No. Solo informa que iré a recibirlo.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Loretta permaneció sentada varios segundos.
No estaba sorprendida.
Solo estaba decepcionada.
Beatrice había decidido moverse antes de tiempo.
Y probablemente acababa de cometer un error enorme.
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El salón principal estaba lleno cuando Loretta llegó.
El Obispo Bernard ocupaba el asiento central. Era un hombre cercano a los sesenta años, respetado por toda la región, conocido por su carácter severo pero justo.
A su derecha estaba Beatrice.
Sonriendo.
Demasiado satisfecha.
Julian también estaba presente.
Y ambos parecían convencidos de que la situación estaba bajo su control.
Loretta hizo una reverencia adecuada.
—Su Excelencia. Es un honor recibirlo.
—Condesa Russell.
El obispo la observó atentamente.
—Lamento presentarme sin previo aviso.
—La casa Russell siempre recibe con respeto a los representantes de la Iglesia.
El anciano asintió.
Pero no sonrió.
Aquello confirmó las sospechas de Loretta.
Había venido por una acusación.
No por cortesía.
Beatrice fue quien habló primero.
—Prima, el obispo ha venido porque existen ciertas preocupaciones dentro del pueblo.
Loretta la miró.
—¿Preocupaciones?
—Rumores.
—¿Qué clase de rumores?
Beatrice bajó la vista fingiendo incomodidad.
—Yo misma me negaba a creerlos.
Julian asintió con gravedad.
—Nadie desea pensar mal de un miembro de la familia.
Loretta casi sintió lástima.
Aquello era un intento tan evidente que resultaba ridículo.
—Entonces será mejor que hablen claramente.
El obispo tomó la palabra.
—Se me informó que dentro de esta mansión funciona un laboratorio oculto.
Loretta permaneció tranquila.
—Es correcto.
Beatrice sonrió internamente.
Pero Loretta continuó.
—Fue establecido bajo mi autorización.
La sonrisa desapareció.
—También me informaron —continuó el obispo— que allí se preparan sustancias extrañas.
—Medicamentos.
—Algunas personas los llaman pociones.
—Algunas personas son ignorantes.
El comentario provocó varias miradas incómodas.
Beatrice entrecerró los ojos.
—Loretta...
—¿Qué? —preguntó ella con inocencia—. Si alguien mezcla hierbas medicinales para tratar enfermedades, sigue siendo medicina.
El obispo no pareció ofendido.
Más bien interesado.
—¿Y cuál es exactamente el propósito de ese lugar?
Beatrice intervino rápidamente.
—Eso es precisamente lo preocupante, Su Excelencia. Nadie sabe realmente qué ocurre allí. Hay extranjeros entrando y saliendo. Frascos desconocidos. Preparaciones extrañas.
Julian suspiró.
—La familia Russell siempre ha respetado las tradiciones.
Loretta observó a ambos.
Luego miró al obispo.
Y sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Segura.
La misma que utilizaba cuando sabía que tenía todas las cartas ganadoras.
—Entonces supongo que es momento de mostrarle los registros.
Beatrice parpadeó.
—¿Registros?
—Por supuesto.
Loretta hizo un gesto hacia una sirvienta.
—Tráelos.
La mujer salió rápidamente.
Julian frunció el ceño.
—¿Qué registros?
—Los que aprobó mi esposo antes de partir.
Aquellas palabras hicieron que el ambiente cambiara ligeramente.
Porque Carter Russell seguía siendo Carter Russell.
Incluso estando lejos.
Minutos después llegaron varios libros contables.
Gruesos.
Sellados.
Firmados.
Loretta los colocó sobre la mesa frente al obispo.
—Aquí encontrará cada gasto realizado.
El anciano abrió el primero.
Luego el segundo.
Después el tercero.
Su expresión comenzó a cambiar.
Porque todo estaba documentado.
Absolutamente todo.
Compras.
Contrataciones.
Donaciones.
Materiales médicos.
Pagos.
Firmas oficiales.
Y en cada página importante aparecía el sello personal del Conde Carter Russell.
La sangre abandonó lentamente el rostro de Beatrice.
—Eso...
—¿Sí? —preguntó Loretta.
—No demuestra nada.
—Demuestra bastante.
El obispo siguió revisando documentos.
—Aquí dice que parte de la financiación se destina a entrenamiento médico para soldados.
—Es correcto.
—Y también a investigación de tratamientos infecciosos.
—Sí.
—Además de asistencia para aldeanos heridos.
—Exactamente.
Bernard levantó la vista.
—¿Es una obra benéfica?
Loretta asintió.
—Mi esposo considera que un soldado vale más vivo que muerto.
Aquello arrancó una pequeña sonrisa al anciano.
—Una opinión sensata.
Beatrice apretó los dedos alrededor de su taza.
Las cosas no estaban saliendo como esperaba.
En absoluto.
—Sin embargo... —intentó intervenir— sigue siendo extraño que un extranjero tenga tanto acceso a recursos.
Loretta la miró.
—¿Te refieres al médico?
—Sí.
—Porque es competente.
—Eso no garantiza nada.
—Tienes razón.
Loretta asintió lentamente.
—Por eso investigué sus antecedentes antes de contratarlo.
El rostro de Beatrice se endureció.
—¿Qué?
—¿Creías que gastaría miles de monedas sin verificar a quién entregaba el dinero?
Julian comenzó a sentirse incómodo.
Porque estaba comprendiendo que algo iba mal.
Muy mal.
El obispo cerró finalmente los documentos.
—No encuentro ninguna evidencia de actividades prohibidas.
Silencio.
—De hecho, encuentro algo bastante admirable.
Beatrice quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—Estas inversiones médicas beneficiarán a soldados y civiles.
La voz del anciano era firme.
—La Iglesia debería apoyar iniciativas similares. La contactaremos si necesitamos apoyo.
Loretta inclinó ligeramente la cabeza.
—Le agradezco sus palabras. Mis manos estarán siempre dispuesta para ayudar.
Entonces el obispo giró lentamente hacia Beatrice.
—Lady Russell.
Ella tragó saliva.
—¿Sí?
—¿Fue usted quien presentó la denuncia?
La joven noble vaciló.
—Yo... escuché rumores.
—Rumores que no verificó.
El golpe fue directo.
Sin suavidad.
—Mi intención era proteger a la familia.
—Difundir acusaciones sin pruebas no protege a nadie.
La temperatura de la habitación pareció desplomarse.
Julian intentó intervenir.
—Su Excelencia, seguramente todo ha sido un malentendido.
—Eso espero.
El anciano volvió a mirar a Beatrice.
—Porque una falsa acusación contra una noble respetada puede dañar reputaciones injustamente.
Nadie dijo nada.
Absolutamente nadie.
Beatrice estaba pálida.
Y por primera vez desde que comenzó aquella reunión parecía incapaz de encontrar una respuesta.
Loretta observó la escena en silencio.
Durante la vida anterior aquella mujer había destruido su reputación una mentira tras otra.
Había disfrutado verla caer.
Había celebrado cada humillación.
Ahora estaba experimentando apenas una pequeña parte de aquello.
Y ni siquiera era una venganza.
Era simplemente la consecuencia de sus propias acciones.
Cuando el obispo se marchó una hora después, dejó algo muy claro.
La diócesis apoyaría oficialmente el proyecto médico financiado por la Condesa Russell.
La noticia se extendió por la ciudad antes del anochecer.
Y junto con ella se extendió otra información.
Lady Beatrice había intentado desacreditar una obra benéfica.
La alta sociedad adoraba los escándalos.
Y aquel escándalo acababa de explotar en dirección contraria.
Esa noche, sola en su habitación, Beatrice rompió una taza contra la pared.
El sonido resonó por toda la estancia.
—¡¿Cómo pudo salir tan mal?!
Julian permanecía cerca de la ventana.
Furioso.
—Porque la subestimaste.
—¡Es una niña!
—Entonces explícame cómo una niña acaba de convertirnos en el hazmerreír de media provincia.
Beatrice guardó silencio.
Porque no tenía respuesta.
Mientras tanto, en sus aposentos, Loretta terminaba de leer una nueva carta llegada desde el norte.
Reconoció inmediatamente la letra de Carter.
Y una sonrisa apareció en sus labios.
La última línea del mensaje decía:
"Si Beatrice intenta algo estúpido, procura no divertirte demasiado mientras la derrotas."
Loretta soltó una risa suave.
Después apoyó una mano sobre su vientre.
Su esposo seguía vivo.
Su hijo seguía creciendo.
Y los enemigos comenzaban a tropezar con sus propios errores.
Era apenas el comienzo.