Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 11 EL PRECIO DE LA LIBERTAD
El juzgado olía a desinfectante y a papeles viejos, a trámites interminables y a espera.
Maya había estado en lugares así antes, pero siempre del otro lado, siempre acompañando a su padre en visitas protocolares o en reuniones con abogados que se desarrollaban en oficinas privadas, nunca en pasillos llenos de gente anónima con miradas cansadas y expedientes bajo el brazo.
Dante caminaba a su lado con una seguridad que bordeaba la arrogancia. No miraba a nadie, pero todos lo miraban a él. Los funcionarios bajaban la voz cuando él pasaba.
Los policías se enderezaban, como si estuvieran en presencia de un superior. Incluso el juez, cuando los recibió en su despacho, tuvo un dejo de incomodidad en la mirada, como si preferiría estar en cualquier otro lugar antes que frente a Dante Carusso.
—Los papeles están en orden —dijo el juez, un hombre calvo de cincuenta y tantos años, con gafas de media luna y una toga que le quedaba grande—. La fianza ha sido pagada en su totalidad. El señor Velini quedará en libertad condicional hasta el juicio.
Maya sintió que el suelo se movía debajo de sus pies. Habían pasado cinco días. Cinco días desde aquel domingo en que su mundo se derrumbó. Cinco días de angustia, de hambre, de humillaciones. Y ahora, finalmente, su padre iba a salir.
—¿Puedo verlo? —preguntó, y su voz sonó como la de una niña pequeña.
El juez asintió.
—En unos minutos lo traerán. Deberá firmar algunos documentos más, pero el proceso está casi terminado.
Dante puso una mano en el hombro de Maya. Fue un gesto extraño, casi paternal, completamente fuera de lugar en un hombre como él.
—Espérame afuera —dijo—. Necesito hablar a solas con el juez.
Maya quiso protestar, pero la mirada de Dante era una orden silenciosa, de esas que no admiten réplica. Salió del despacho y se quedó en el pasillo, apoyada en la pared de azulejos color crema, con las manos sudorosas y el corazón latiéndole en la garganta.
Esperó.
Diez minutos. Veinte. Media hora.
La puerta se abrió al fin, y Dante salió con una expresión impenetrable. No dijo nada. Solo la tomó del brazo y la guió hacia otra sala, más pequeña, con una mesa larga y sillas de plástico.
—Siéntese —dijo.
Maya obedeció.
Y entonces, la puerta del fondo se abrió.
*_*
Alessandro Velini entró caminando con la dignidad de un rey destronado.
Llevaba la misma ropa con la que lo habían detenido: unos pantalones de vestir grises, una camisa blanca arrugada, zapatos sin lustrar. Tenía la barba de cinco días, las ojeras profundas, el pelo más gris de lo que Maya recordaba.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos. Claros, intensos, los ojos de un hombre que había construido un imperio y lo había perdido todo por una traición.
—Papá —susurró Maya, y las lágrimas que había contenido durante cinco días finalmente se desbordaron.
Alessandro la abrazó con una fuerza que la sorprendió. Sus brazos, que Maya recordaba como los de un hombre fuerte, ahora parecían de alambre, tensos y frágiles. Olía a encierro, a sudor, a miedo. Pero olía a su padre, y eso era todo lo que importaba.
—Hija mía —murmuró Alessandro contra su pelo—. Hija mía, lo siento. Lo siento tanto.
—No tienes nada que disculpar —respondió Maya, entre sollozos—. No fue tu culpa.
Se separaron lentamente. Alessandro la miró, la examinó de arriba abajo, y algo en su expresión cambió. Vio la ropa gastada de Maya, las ojeras, las uñas desconchadas.
Vio la delgadez de su rostro, la palidez de su piel. Y supo. Sin que nadie le dijera nada, supo que su hija había pasado por algo terrible para sacarlo de allí.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó, con la voz endureciéndose—. ¿De dónde sacaste el dinero, Maya?
Maya tragó saliva. Miró hacia atrás, hacia la puerta, donde Dante Carusso estaba apoyado en el marco, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que no delataba absolutamente nada.
Alessandro siguió su mirada.
Y entonces la vio.
El color se drenó de su rostro.
—No —dijo, en un susurro—. No, Maya. No puede ser.
—Papá…
—No me digas que lo hiciste. No me digas que te vendiste a ese… a ese criminal.
La palabra "criminal" resonó en la sala como un latigazo. Dante no se inmutó. No cambió su expresión. No movió un músculo. Solo siguió mirando, como si aquello fuera un espectáculo que ya había visto antes.
—Papá, escúchame —dijo Maya, tomando las manos de su padre entre las suyas—. No había otra opción. Llamé a todos. A todos, papá. Valentina, Marcela, Carolina… Nadie quiso ayudarnos. Nadie. El banco congeló las cuentas. La casa está embargada. Mamá está… mamá está muy mal. No come, no habla, apenas respira. El médico dice que es estrés postraumático. Y tú tenías cuarenta y ocho horas. ¿Entiendes? Cuarenta y ocho horas antes de que te llevaran a prisión preventiva por meses. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que te dejara pudrir allí?
La voz de Maya se quebró al final, pero no se disculpó. No se arrepentía. No podía permitirse arrepentirse.
Alessandro cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos. Lágrimas de rabia, de impotencia, de una vergüenza que lo consumía por dentro.
—¿Y qué te pidió a cambio? —preguntó, señalando a Dante con un gesto de la barbilla—. ¿Tu alma? ¿Tu dignidad? ¿Tu vida?
—Mi mano —respondió Maya, con una calma que la sorprendió a sí misma—. Me pidió que me casara con él.
El silencio fue absoluto.