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La Puerta Del Quebranto

La Puerta Del Quebranto

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror / Casos sin resolver
Popularitas:142
Nilai: 5
nombre de autor: Gil Carcamo

Sinopsis

Hay dolores que sanan con el tiempo.

Y hay otros que abren puertas.

En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.

Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.

Porque los demonios no derriban puertas...

Esperan a que alguien las abra.

NovelToon tiene autorización de Gil Carcamo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

El registro de los que regresaron

Nadie volvió a acercarse a la ventana.

Las siluetas permanecían inmóviles bajo la niebla.

No golpeaban la puerta.

No hablaban.

No hacían ningún intento por entrar.

Simplemente...

Esperaban.

Gabriel seguía sosteniendo el omamori rojo entre los dedos.

Por alguna razón, el pequeño amuleto estaba tibio.

No era una ilusión.

Podía sentir el calor atravesando la tela.

La anciana también lo notó.

—No lo guardes en el bolsillo.

Gabriel levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque ya aceptó que eres su portador.

Ahora necesita permanecer cerca de tu corazón.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Eso significa que... ya lo eligió?

La anciana tardó unos segundos en responder.

—No.

Significa algo peor.

Él ya sabía quién eras antes de enviarlo.

Gabriel volvió a abrir el antiguo registro.

Las hojas desprendían un tenue olor a incienso y humedad.

Pasó lentamente las páginas.

Había cientos de nombres.

Algunos repetían apellidos.

Padres.

Hijos.

Nietos.

Como si el pueblo hubiese cargado el mismo destino durante generaciones.

Sin embargo, algo llamó su atención.

No todos los nombres estaban escritos con la misma tinta.

Los más antiguos eran negros.

Después aparecían algunos en un tono marrón, casi desvanecido.

Y los más recientes...

Estaban escritos con un rojo oscuro.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Quién escribió las últimas páginas?

La anciana bajó la mirada.

—Nadie del pueblo.

El silencio se hizo pesado.

—Cada cierto tiempo...

El libro aparece con un nombre nuevo.

Escrito por una mano que nadie ha visto jamás.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—¿Quieres decir que... se escribe solo?

La mujer no respondió.

No hacía falta.

Gabriel pasó otra hoja.

Y se detuvo.

Había una página arrancada.

No una hoja suelta.

Toda la página había sido retirada con mucho cuidado.

Solo quedaban los pequeños hilos que la unían al lomo.

—¿Quién hizo esto?

La anciana negó lentamente.

—Así lo encontré hace muchos años.

Gabriel examinó el borde.

No parecía reciente.

Aquella página llevaba décadas desaparecida.

Sin embargo...

En el papel siguiente había quedado marcada la presión de la escritura.

No podían leerse las palabras.

Pero sí distinguir las líneas.

Como una cicatriz.

Gabriel inclinó el libro bajo la luz.

Entonces alcanzó a reconocer un único carácter.

—¿Qué significa? —preguntó Valeria.

Gabriel respondió sin apartar la vista.

—"Puerta."

Una corriente de aire recorrió la habitación.

Todas las velas se apagaron al mismo tiempo.

La oscuridad cayó sobre la posada.

Durante un instante...

Nadie respiró.

Después, desde el piso superior, se escuchó un crujido.

Lento.

Como el peso de alguien caminando sobre la madera antigua.

La anciana palideció.

—No...

Gabriel levantó la linterna.

—¿Hay habitaciones arriba?

—Sí.

—¿Están vacías?

La mujer tardó demasiado en responder.

—Desde hace quince años...

Sí.

El crujido volvió a escucharse.

Esta vez más cerca.

Un paso.

Luego otro.

Y otro más.

Valeria sintió que el aire se volvía más frío.

No era una presencia violenta.

Era una presencia paciente.

Como si hubiera esperado años para volver a recorrer aquella casa.

Gabriel comenzó a subir la escalera.

Cada peldaño crujía bajo sus botas.

La linterna iluminaba apenas unos metros delante de él.

El pasillo del segundo piso estaba cubierto de polvo.

Las puertas permanecían cerradas.

Excepto una.

La última.

Estaba entreabierta.

Muy poco.

Lo suficiente para dejar escapar una fina línea de oscuridad.

Gabriel se acercó despacio.

Empujó la puerta con dos dedos.

El cuarto estaba vacío.

O eso creyó durante un segundo.

Había un futón enrollado en un rincón.

Un pequeño altar familiar.

Y una fotografía colgada en la pared.

Se acercó.

La imagen mostraba a una familia frente a la misma posada.

Un hombre.

Una mujer.

Un niño.

Y la anciana... muchos años más joven.

Gabriel comprendió de inmediato quién era el niño.

El hijo que había desaparecido.

Pero algo hizo que la sangre se le helara.

El rostro del niño estaba completamente rasgado.

No por el paso del tiempo.

Había sido cortado con la misma precisión que el cuarto hombre de la fotografía de Hayato.

Como si la misma mano hubiera querido borrar ambas identidades.

Gabriel dio un paso atrás.

En ese instante, escuchó una voz infantil a su espalda.

Muy baja.

Tan cercana que sintió su aliento helado sobre la nuca.

—No fui yo quien abrió la puerta...

Él se giró de inmediato.

La habitación seguía vacía.

Solo la fotografía balanceándose lentamente en la pared.

Entonces la voz volvió a susurrar.

Esta vez desde el interior del armario de madera.

—Todavía sigue llamándome...

Y la puerta del armario...

Comenzó a abrirse sola.

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