Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 16: El flash de la discordia (La prensa al acecho)
La tregua mística y silenciosa que se había apoderado de Valeria y Maximiliano dentro del consultorio ginecológico duró exactamente lo que tardó la puerta de la clínica en abrirse hacia la calle. El eco del latido de la pequeña locomotora que acababan de escuchar todavía vibraba en el pecho de ambos, pero el mundo exterior no entendía de milagros biológicos, sino de primicias y escándalos financieros.
Apenas pisaron la acera exterior, tratando de esquivar a sus respectivas madres que ya venían discutiendo por el pasillo sobre si el bebé debía usar sábanas de hilo o de algodón orgánico, un destello blanco, cegador y violento les impactó directo en los ojos.
*¡Cachic, cachic, cachic!*
El sonido metálico del obturador de una cámara de alta gama rasgó el aire de la mañana. Detrás de una jardinera de la acera de enfrente, un tipo con gorra de béisbol y un enorme lente teleobjetivo bajó la cámara por medio segundo, sonrió con la satisfacción de quien acaba de ganarse la lotería del chisme, y corrió hacia una motocicleta que lo esperaba con el motor en marcha. Antes de que Maximiliano pudiera reaccionar o llamar a la seguridad del hospital, el vehículo se perdió en el tráfico de la avenida principal, dejando una estela de humo y un pánico renovado.
—¿Eso fue lo que creo que fue? —preguntó Valeria, parpadeando repetidamente para quitarse el destello azul del flash de las córneas.
Maximiliano no respondió con palabras. Su mandíbula se tensó tanto que la línea de su cuello pareció de piedra. Agarró a Valeria del brazo con firmeza corporativa, metió a su esposa en el asiento del copiloto del Cupé deportivo y arrancó antes de que Leonor Starling pudiera alcanzarlos con su andanada de preguntas.
Para las cuatro de la tarde, el desastre mediático ya era total.
La sala de estar del apartamento se había transformado en un búnker de crisis de relaciones públicas. Maximiliano, que se había quitado el saco del traje y se había arremangado la camisa hasta los codos, caminaba de un lado a otro sobre la alfombra persa, sosteniendo su tableta electrónica con una mano y el teléfono en la otra. En la pantalla del televisor de sesenta y cinco pulgadas estaba proyectada la página principal del portal de chismes más leído del país, *Élite & Farándula*.
El titular, escrito en letras rojas gigantescas y tipografía catastrofista, leía:
> **¿EL HEREDERO DEL IMPERIO STARLING EN CAMINO? Maximiliano Starling y Valeria Grien, captados saliendo del ala de obstetricia de alta gama. Fuentes aseguran que la fusión de las constructoras viene con pan bajo el brazo.**
>
Justo debajo del titular estaba la fotografía del paparazzi. Valeria, que estaba tirada en el sillón ergonómico saboreando un plato de fresas con un sutil toque de crema, soltó una carcajada tan fuerte que casi se ahoga con una fruta.
—¡Ay, no, Starling! ¡Por favor, mírate! —chilló Valeria, apuntando a la pantalla del televisor con el tenedor—. Sales con los ojos completamente desorbitados, pareces un venado encandilado por los faros de un camión en mitad de la carretera. Se nota a leguas que te estabas conteniendo las ganas de desmayarte por el shock del bicho. Qué pose tan implacable, de verdad, la junta directiva debe estar temblando de terror ante el lobo de los negocios.
Maximiliano se detuvo en seco, fulminándola con una mirada gris que derretiría el acero.
—No es un asunto risible, Valeria —le espetó con voz de trueno, aunque su párpado izquierdo delataba la intensidad de su neurosis—. Mírate tú primero. Sales con el ceño tan fruncido y los labios torcidos que pareces un pitbull rabioso protegiendo su territorio. Cualquier analista de lenguaje corporal serio podría deducir que querías arrancarle la yugular al fotógrafo con los dientes. Tu expresión arruina la narrativa de la complicidad conyugal.
—¡Pues claro que quería morderlo! —replicó ella, metiéndose otra fresa a la boca con total desparpajo—. Acababa de vaciar el estómago por tercera vez en la mañana y ese infeliz me lanza un flash en la cara. Bastante decente salí para el estado de mis tuberías internas.
—El problema no es tu estética, Grien, el problema es el mercado —declaró Maximiliano, extendiendo la tableta hacia ella para mostrarle un gráfico financiero que subía en una línea vertical casi perfecta—. En las últimas tres horas, desde que la fotografía se volvió viral en las redes sociales, las acciones de la constructora unificada Starling-Grien han subido un cuatro con ocho por ciento. La especulación sobre la llegada de un heredero consanguíneo que blinde la fusión a largo plazo ha desatado una ola de optimismo entre los inversores internacionales.
Valeria dejó el plato de fresas sobre la mesa de centro y frunció el ceño, perdiendo un poco de su diversión.
—¿Me estás diciendo que mi útero acaba de revalorizar tu empresa en el mercado de valores? —preguntó con humor ácido.
—Nuestro útero... es decir, el útero del proyecto matrimonial —corrigió él, carraspeando torpemente al notar el desliz—. Y sí. Legal y financieramente, estamos atrapados en nuestra propia farsa. Ahora la prensa va a montar guardia fuera de este edificio las veinticuatro horas del día buscando la confirmación visual de tu vientre. El departamento de comunicaciones me exige un comunicado oficial mañana por la mañana. Esto nos obliga, bajo pena de un colapso en la bolsa si descubren el engaño, a mantener un perfil bajo absoluto en nuestra vida privada y a parecer la pareja más ridículamente enamorada y perfecta del hemisferio occidental cada vez que pisemos la calle.
Valeria se reclinó en el sillón, cruzándose de brazos mientras miraba la fotografía de ambos en la gran pantalla. El latido que habían escuchado esa mañana seguía resonando en el fondo de su mente, dándole a toda la situación un peso real que la farsa de la empresa ya no podía tapar.
—Bueno, "cara de iceberg" —susurró Valeria, mirándolo de arriba abajo con una sonrisa de guerra reapareciendo en sus labios—. Ve preparando tus mejores dotes de actor dramático, porque si antes me odiabas tener cerca, ahora vas a tener que aprender a abrazarme frente a los fotógrafos sin que parezca que estás sosteniendo una bolsa de basura orgánica. La función apenas está comenzando, esposo mío.