Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 12: El Primer Beso de Sangre
El dolor en su cuello no era una quemadura ordinaria; era una corriente de lava mística que avanzaba directo por sus arterias. Astra corrió a ciegas por los pasillos del castillo, empujando las pesadas puertas dobles hasta colapsar en el interior del invernadero gótico. Necesitaba aire, necesitaba espacio, pero sobre todo, necesitaba huir de la abrumadora presencia de Valerius antes de que la combustión interna la redujera a cenizas.
El invernadero era una estructura colosal de hierro negro y miles de paneles de cristal que se elevaba hacia el cielo nocturno. Bajo la prematura e imponente luna llena, las plantas exóticas, las rosas de sangre y los helechos carnívoros cobraban un aspecto espectral.
Astra cayó de rodillas sobre la grava, jadeando, con las manos enterradas en la tierra húmeda. Su loba interna ruge con una violencia inaudita, arañando las paredes de su mente para salir. Las venas de sus brazos se tiñeron de un color negro azulado, brillando a través de su piel. Su cuerpo, debilitado por años de abusos y por el brutal ritual de Logan, simplemente no tenía el contenedor biológico para procesar semejante sobrecarga de poder divino.
Desesperada por el dolor de la metamorfosis, Astra soltó un grito salvaje. Perdiendo el control, sus manos se movieron por puro instinto animal: comenzó a destrozar las plantas a su alrededor, arrancando raíces, quebrando tallos y volcando pesados maceteros de piedra. La tierra y las hojas volaban en el aire mientras su aura oscura y dorada se expandía en pulsos descontrolados, marchitando la vegetación que tocaba. Estaba muriendo por exceso de poder.
—Si dejas que la energía se estanque, te romperá desde dentro, Astra.
La voz de Valerius cortó el caos del invernadero. Astra alzó la vista, con la visión borrosa por las lágrimas de la fiebre. El híbrido avanzaba entre la neblina, sus ojos dorados fijos en ella con una intensidad que congelaba el ambiente. Él sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo: el Lazo de Eclipse no era un adorno; era una entidad viva que exigía la comunión absoluta de sus almas para estabilizarse.
Astra retrocedió a rastras por el suelo, presa del pánico y el deseo biológico que el Hereje despertaba en ella, hasta que su espalda chocó contra la base fría de una colosal estatua de mármol de una deidad caída. No tenía escapatoria.
Valerius se plantó frente a ella. En un movimiento que mezclaba la gracia de un depredador y la urgencia de un hombre al borde de la locura, el híbrido se inclinó y la acorrala contra el mármol, apoyando ambos brazos a los lados de su cabeza. El magnetismo biológico del lazo destruyó la última pizca de control que ambos intentaban mantener. El aire entre sus rostros vibraba con un calor asfixiante.
—Mírame, mi Luna —ordenó él en un susurro ronco, sus pupilas destellando en un ámbar carnívoro.
Valerius no esperó. Deslizó sus manos grandes y firmes por las mejillas de Astra, obligándola a alzar el rostro, y la besó.
Fue un impacto devastador. No hubo espacio para la delicadeza; fue un beso salvaje, sediento y posesivo, el choque de dos tormentas que reclamaban el mismo territorio. Valerius la devoraba con la desesperación de quien ha esperado siglos por su otra mitad, mientras Astra soltaba un gemido ahogado contra sus labios, aferrándose con los dedos a los hombros desnudos del híbrido. Sus miedos, su pasado y su dolor se disolvieron instantáneamente bajo el peso de esa devoción absoluta.
El beso se volvió más profundo, más oscuro, alimentado por el frenesí de la luna llena que alcanzaba su cénit en el exterior. La fiebre del eclipse mutó de una agonía tortuosa a una oleada de placer y poder que encendió el torrente sanguíneo de Astra.
Guiada por un instinto ancestral que ya no pertenecía a una simple Omega, Astra sintió un crujido en sus encías. Por primera vez en su vida, sus verdaderos colmillos de loba del eclipse emergieron, afilados y hambrientos.
En medio del salvajismo del beso, Astra cerró las fauces y muerde con fuerza el labio inferior de Valerius, desgarrando la piel de mármol del híbrido. El sabor metálico, denso y abrumador de la sangre real del Rey Hereje inundó su boca al instante.
Astra tragó la sangre mística de Valerius.
El efecto en su cuerpo fue inmediato y cataclísmico. En el segundo en que la esencia del híbrido ancestral entró en su sistema, una explosión de energía plateada y pura estalló desde el corazón de Astra, corriendo por cada una de sus células. La fuerza que experimentó se duplicó y triplicó en un parpadeo.
Las secuelas del cautiverio, las cicatrices espirituales del rechazo de Logan y cada rastro de su antigua debilidad de Omega fueron erradicados, sanados instantáneamente por el fuego de la sangre real. Astra sintió cómo sus músculos se tensaban con una densidad sobrenatural y cómo su loba interna finalmente se estabilizaba, volviéndose diez veces más fuerte de lo que cualquier Alfa de las manadas tradicionales podría llegar a ser jamás. El dolor se había transformado en soberanía.
Lentamente, Astra separó sus labios de los de Valerius, rompiendo el beso. Un hilo de sangre carmesí decoraba la comisura de su boca, dándole el aspecto de una deidad guerrera de la noche.
Astra abrió los ojos de par en par. El dorado de sus pupilas había desaparecido por completo; ahora, sus ojos brillaban con un color plata sólida y cegadora, un fulgor místico sin pupilas que delataba que estaba completamente embriagada e imbuida por el poder de la sangre del Hereje.
Valerius dio un paso atrás, mirándola desde su imponente altura. El labio inferior le sangraba, pero en sus facciones perfectas no había ira. Al contrario, una sonrisa de oscura y salvaje satisfacción se dibujó en su rostro. Su loba había despertado. Su Reina estaba lista.
Antes de que alguno pudiera pronunciar una palabra, el poder que desbordaba del cuerpo unificado de Astra buscó una vía de escape. Una onda expansiva de energía plateada y visible emanó de su pecho en un círculo perfecto.
¡¡¡CRASH!!!
El pulso de fuerza fue tan devastador que hizo estallar en mil pedazos todos y cada uno de los cristales del invernadero gótico. Los miles de paneles del techo y las paredes se fracturaron simultáneamente, desatando una lluvia torrencial de fragmentos de vidrio que cayeron a su alrededor como diamantes brillantes bajo la luz de la luna llena, mientras Astra permanecía en el centro, radiante, invencible y hambrienta de venganza.