Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 4: NO SOMOS LOS ÚNICOS
Pasaron dos días más. El bloqueo electromagnético seguía intacto y absoluto: ninguna señal de radio, ninguna llamada, ningún avión que se acercara lo suficiente como para vernos. Comíamos frutos que Mia reconocía como seguros, bebíamos agua de lluvia hervida en latones viejos y dormíamos por turnos de dos horas cada uno. La tensión entre Álex y el resto había bajado de intensidad, pero seguía ahí, densa y pesada, igual que el aire de la isla.
La tarde del tercer día, mientras recorríamos un pasillo subterráneo que comunicaba el almacén con otro bloque de instalaciones, oímos algo que no eran rugidos, ni pasos pesados, ni ramas partiendo: **VOCES HUMANAS, HABLANDO MUY BAJO, ROTAS POR EL MIEDO**.
Nos miramos todos sorprendidos. Nos acercamos despacio, pegados a la pared fría de hormigón, y al doblar una esquina vimos a tres hombres encorvados detrás de unos tanques de almacenamiento rotos. Llevaban uniformes rotos y sucios, moretones por todas partes, y solo estaban armados con tubos de hierro y una pistola vacía de munición. Eran empleados de mantenimiento y seguridad: Javier, Marcos y Ramón, el último de más de sesenta años, que llevaba trabajando en la isla más de doce.
Al principio nos amenazaron, creyeron que formábamos parte de los equipos de limpieza que la empresa enviaría para borrar pruebas. Cuando les explicamos que solo éramos estudiantes de una excursión escolar, se les cayó la cara de pura desesperación.
—¿Vinieron de visita? —dijo Javier con la voz hecha añicos—. Dios mío… nadie debía volver a entrar aquí jamás. Absolutamente nadie.
Entonces nos contaron la verdad completa, la que los mapas y documentos solo insinuaban con medias palabras. Hace veinte años la corporación **GenEvolution** compró todo el territorio, borró su nombre de todos los mapas oficiales, levantó muros y laboratorios y empezó a revivir y modificar dinosaurios. No lo hicieron por ciencia ni conocimiento: querían armas biológicas, seres obedientes, letales e incontrolables para cualquiera que no fuera la empresa. Pero todo se salió de control: crecieron más rápido, más fuertes, más inteligentes de lo que cualquier ecuación había predicho. Los costos se dispararon, los inversores huyeron, hubo muertes que ocultaron bajo excusas ridículas. Hace tres semanas ordenaron evacuar a todo el personal y volar toda la isla con explosivos potentes en pocos días.
—Pero alguien se quedó atrás —dijo Ramón, el más viejo, con los ojos llenos de una tristeza inmensa—. El doctor Silas Vance, el científico jefe de todo el proyecto. Él fue quien más sufrió al ver cómo los trataban, cómo los torturaban solo para probar sus límites físicos y mentales. La noche antes de la marcha definitiva entró en la sala de control central, borró sistemas de seguridad, anuló todas las cerraduras electrónicas y **ABRIÓ TODAS LAS JAULAS DE GOLPE, SIN EXCEPCIÓN**. Dijo textualmente: «Llevan años pidiendo libertad a gritos. Si van a morir, que mueran libres, no enjaulados como basura. Ya no queda nadie aquí, no habrá víctimas inocentes».
—¡SE EQUIVOCÓ DE FORMA TERRIBLE! —gritó Álex de golpe, dando un paso al frente con los puños cerrados—. ¡NOSOTROS ESTAMOS AQUÍ! ¡NOSOTROS SOMOS LAS VÍCTIMAS QUE NADIE PREVIÓ!
—Él no lo sabía —insistió Ramón con voz cansada—. Creía de verdad que todo el mundo se había ido hacía días. Nadie fuera de los altos directivos sabía que autorizaron esa visita escolar. Fue la coincidencia más desafortunada y cruel que se pueda imaginar.
Ahí volvió a estallar la división que nunca terminaba de cerrarse. Los tres empleados estaban tan rotos por el miedo que solo querían bajar a los túneles más profundos, esconderse para siempre y no volver a ver la luz del sol. Álex se puso de inmediato de su parte, con rabia acumulada.
—¡Tienen toda la razón! Dan siempre quiere movernos, explorar, saber más cosas… ¡y cada vez que lo hacemos nos topamos con algo peor que lo anterior! ¡Lo más inteligente es quedarnos abajo, callados, sin movernos, hasta que por fin vengan a buscarnos!
—¿Y cuándo van a venir, Álex? —le contestó Leo, levantando la voz y plantándose frente a él—. ¡Ya te lo han dicho claro! La isla está borrada, aislada, bloqueada. Si nos escondemos como ratas asustadas, nos morimos de hambre o enfermedad antes de que nadie se acuerde siquiera de que existimos. Dan piensa antes de actuar; tú solo te dejas llevar por el pánico.
—¡Ah, claro, sí! ¡Dan, Dan, Dan, siempre el perfecto, siempre el que tiene la razón! —estalló Álex por completo, y se agarró fuerte de la ropa de Leo—. ¡Tú lo defiendes a muerte como si fuera un dios! ¡Pero sabes igual que yo que calla cosas, que oculta la verdad, que sabe mucho más de lo que dice! ¡Y tú te haces el ciego a propósito!
Se empujaron con fuerza, luego se agarraron bien fuerte, puños en alto, a punto de golpearse de verdad con toda la rabia acumulada de días. Mia y yo tuvimos que separarlos con todas nuestras fuerzas, Bruno temblaba en una esquina y los tres empleados miraban aterrados cómo el único grupo de supervivientes se rompía en pedazos delante de sus ojos.
—¡BASTA YA, LOS DOS! —grité con toda la autoridad que pude sacar de dentro, y por un instante todos obedecieron y se quedaron en silencio—. Estamos atrapados en una isla llena de bestias de quince metros, sin comida segura, sin salida, sin ayuda. Lo único que tenemos de verdad los unos a los otros. Si nos matamos entre nosotros por estupideces, ellos ni siquiera tendrán que esforzarse para acabar con nosotros.
Todos se quedaron mirándome. Álex soltó a Leo de golpe, se dio la vuelta y se fue caminando rápido hasta el fondo del pasillo, pateando una lata vacía con rabia contenida.
—Silas pensó que hacía lo correcto —dije mucho más suave, mirando las luces rotas del techo—. Liberó a seres que sufrían una tortura diaria. Pero se equivocó en lo más importante: **la libertad sin control ni orden se convierte muy rápido en caos**. Y ahora, ese caos es nuestra única casa.
Esa noche supimos dos cosas más: las criaturas ya habían reorganizado todo el territorio según su propia jerarquía de poder, y que **el doctor Silas seguía con vida en algún lugar oculto de la isla**, cargando con la culpa y el remordimiento, sin saber que cinco adolescentes y tres trabajadores pagaban su error con miedo cada segundo.
Álex no me habló ni miró en todo su turno de guardia. Pero cuando pasó cerca de mí, bajó la voz lo suficiente y murmuró tan quedo que casi no lo oí:
—Sigo sin confiar en ti, Dan. Pero hasta hoy… no te has equivocado ni una sola vez.
Fue lo más cerca de una tregua que íbamos a conseguir en mucho, mucho tiempo.
saludos.