Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
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Capítulo 2
Capítulo 2
El trámite salió demasiado fácil.
En menos de una hora, Luna Salcedo y Damián Alcázar salieron del Registro Civil con el acta en la mano.
Luna enderezó la espalda y levantó la barbilla, como si con eso pudiera recuperar un poco de credibilidad.
—¿Ves? No tuviste que aguantar mi duodécimo golpe.
Damián miró el acta.
Luego se la quitó.
—Oye, ¿qué haces?
Sus dedos largos doblaron el papel y lo rompieron en pedazos.
Luna se quedó con la boca abierta.
—¡Damián!
—Me gusta no dejar riesgos sueltos.
Los pedazos cayeron entre sus dedos.
Luna sintió que le ardía la cabeza.
En su vida anterior tuvo ceremonia con Mateo, vestido, invitados, flores. Pero nunca se casaron por lo civil. Para ella, ese documento era sagrado. Pensaba llevarlo a la iglesia y estampárselo en la cara a Mateo Morales.
Y Damián acababa de romperlo como si fuera propaganda de la calle.
Él la jaló hacia sí y le apretó la mejilla, medio cariñoso, medio peligroso.
—Esposa, dime. ¿Cómo necesitas que coopere?
—Estás enfermo.
—Un poco.
Luna apretó los dientes. Pelear por el papel ya no servía.
Lo tomó de la muñeca y lo arrastró al auto.
—A la iglesia.
El chofer no arrancó.
Miró a Damián por el retrovisor, con toda la cara de alguien que quería conservar su trabajo.
La señora ya se había casado con el señor Alcázar, ¿y todavía quería ir a la boda con otro hombre?
Damián iba a explotar.
Pero Damián solo acomodó los puños de la camisa.
—Vamos. Hazle caso a mi esposa.
Luna lo miró de reojo.
Qué raro.
No parecía enojado.
—¿No vas a preguntarme qué quiero que hagas?
Damián se recargó en el asiento, arrogante, cómodo, como si el mundo entero le perteneciera por costumbre.
—Mi mujer puede hacer lo que quiera.
Luna no pasó por alto el énfasis.
Mi mujer.
Claro. Ese era el punto.
De todos modos, ya era su esposa. En el Registro Civil y en la cama. No tenía caso hacerse la inocente.
—Tú lo dijiste. Pase lo que pase ahí adentro, me sigues la corriente. Considéralo compensación por lo de anoche.
La mirada de Damián se volvió fría.
—¿Compensación?
—Me obligaste.
La palabra le salió con rabia.
Si Damián no hubiera usado esos métodos, ella no habría perdido su primera vez la noche antes de su boda. En su vida pasada, cuando Mateo se enteró, la trató como si estuviera manchada. Durante cinco años de matrimonio, jamás la tocó.
Luna antes pensaba que era culpa suya.
Que Mateo la amaba, pero no podía perdonarle lo ocurrido.
Ahora sabía la verdad.
Mateo ya tenía a Renata.
Mateo ya tenía una hija con Renata.
Nunca la amó.
Luna soltó una risa seca.
Los hombres no valían nada.
—¿Obligarte? —Damián la miró de lado—. Si no recuerdo mal, anoche cierta mujer llegó sola a mi casa. Muy borracha. Muy brava. Dijo que venía a celebrar su última noche de soltera.
Luna giró hacia él.
—¿Yo?
—Tú.
—¿Estás diciendo que fui solita? ¿Que me entregué sola?
Damián la observó con una seriedad insoportable. Luego le puso una mano en la cabeza y se la movió apenas, como si revisara una sandía en el mercado.
—Puede que sí se te haya descompuesto algo.
—¡Damián!
Él retiró la mano.
Luna quiso reclamar, pero las piezas empezaron a moverse en su cabeza.
En la vida anterior, todo pasó demasiado rápido. La vergüenza, la boda, la humillación, el odio. Nunca se detuvo a pensar cómo había terminado en la casa de Damián.
Siempre creyó que él la había secuestrado.
Que él había destruido su felicidad.
Pero si ella llegó sola...
—La pastilla de esta mañana —dijo de pronto—. ¿Qué era?
Damian apartó la mirada hacia la ventana.
Por primera vez, se le notó incómodo.
—Para calmar lo que todavía traías encima.
Luna entendió.
La habían drogado.
Alguien la mandó a la casa de Damián.
Alguien los metió a los dos en la misma trampa.
Y en esa boda solo había una persona con motivos y descaro para hacerlo.
Renata Salcedo.
Luna bajó la mirada.
Muy bien, hermanita.
Empezaste temprano.
El auto se detuvo frente a una capilla privada decorada con rosas blancas y rojas. No era una boda grande. Solo familiares, algunos conocidos útiles, lo justo para que la familia Salcedo pudiera decir que cumplió.
Antes, Mateo le dijo que una ceremonia pequeña era más íntima.
Ahora Luna veía la verdad.
Era una boda barata disfrazada de ternura.
Ella fue la única tonta que se emocionó.
—¡Hermana! ¡Por fin llegaste!
Renata salió corriendo desde la entrada.
Vestido blanco de encaje, cabello recogido, cara dulce, ojos llenos de preocupación. La actuación completa.
—Hoy es tu boda. Te buscamos por todos lados. Casi me muero del susto.
Renata intentó tomarle el brazo y volteó hacia adentro con su voz suave.
—¡Ya llegó la novia!
Los pasos sonaron dentro de la capilla.
La primera en salir fue Clara Robles, la madrastra de Luna y madre de Renata. Traía esa sonrisa cálida que durante años Luna confundió con cariño.
—Mi niña, ¿dónde estabas? Saliste anoche sin decir nada. Me tenías preocupadísima. Anda, entra. La ceremonia está por empezar. Mateo estaba que se moría de nervios.
La mirada de Clara bajó al cuello de Luna.
Vio las marcas.
No preguntó.
No la cubrió.
Ni siquiera fingió sorpresa.
Renata también las vio. Y también fingió que no.
Luna casi quiso aplaudir.
Qué casualidad.
Las dos tenían ojos para todo, menos para lo que no les convenía.
—Sí, hermana —dijo Renata, abrazándole el brazo con ternura falsa—. Si tardabas más, mi cuñado iba a llamar a la policía. Ah, y te cuento algo: vi el anillo. Está enorme, mínimo de un quilate. Mateo te quiere muchísimo.
Mi cuñado.
Renata llamaba cuñado al hombre con quien tenía una hija de ocho años.
Qué cara tan dura.
Si Luna no hubiera muerto una vez, tal vez todavía le creería.
Hoy no.
Hoy venía a cobrar.
Renata siguió sonriendo, ignorando las marcas moradas que Luna había dejado a la vista a propósito.
Claro.
Para eso eligió un vestido de hombros descubiertos.
—¿Por qué tardas tanto? ¡Entra de una vez!
Ernesto Salcedo salió a grandes pasos.
El traje le quedaba caro, pero no le quitaba lo vulgar. Tenía el cuerpo algo pasado de peso y el rostro de un hombre acostumbrado a mandar en su casa.
Vio a Luna.
Luego vio las marcas en su cuello.
Su cara se hundió.
Ella no volvió a casa en toda la noche. Llegó tarde. Y traía en la piel señales que cualquier hombre entendía.
Para Ernesto, eso no era dolor de su hija.
Era vergüenza para él.
—Tú... —levantó la mano—. ¡Maldita mocosa!
La bofetada no alcanzó a caer.
Una mano grande atrapó la muñeca de Ernesto.
El crujido fue leve.
El grito, no.
—¡Ah! ¡Suéltame! ¡Me la vas a romper!
Damián Alcázar sostuvo la muñeca de Ernesto como si fuera algo sucio.
Clara palideció.
—¡Suéltalo! Renata, llama a seguridad.
Renata se quedó congelada.
Hasta ese momento pareció notar al hombre que venía detrás de Luna.
Damián Alcázar.
El demonio de la alta sociedad.
¿Por qué estaba con Luna?
¿Luna no lo odiaba?
Anoche Renata había usado una dosis fuerte. Luna debería querer matar a Damián, no llegar con él del brazo.
Algo se le estaba saliendo del plan.
Además, Renata le tenía miedo a Damián. Por eso anoche dejó a Luna en su residencia y salió corriendo.
—¡Renata! —gritó Clara—. ¿Qué esperas?
Renata reaccionó.
Pero no llamó a nadie.
Se acercó a Luna con ojos húmedos.
—Hermana, dile que suelte a papá. Hoy es tu gran día. Si los invitados ven esto, se va a ver horrible. Además, Mateo está adentro. No hagas grande el problema.
Qué lista.
No podía mover a Damián, así que intentaba mover a Luna.
Renata bajó la voz.
—Si Mateo te ve con el señor Alcázar, puede malinterpretar todo. No quieres lastimarlo, ¿verdad?
Antes, ese nombre habría bastado.
Mateo Morales era el punto débil de Luna. Después del accidente de hace cuatro años, ella lo convirtió en su apoyo, en su salvación, en su mundo entero.
Mientras se tratara de Mateo, Luna caminaba de puntitas.
No soportaba que él sufriera ni un poco.
Ahora escuchó su nombre y sonrió.
Sí.
Mateo también estaba en la lista.
—Señor Alcázar —dijo Luna—, suéltalo.
El plato fuerte venía después.
Damián la miró.
No le gustó cómo lo llamó.
Señor Alcázar.
Frío. Distante. Como sí hacía media hora no se hubieran casado.
Aun así, soltó.
Bueno.
Casi.
Antes de soltar, apretó un poco más.
Crac.
Esta vez la muñeca de Ernesto sí cedió.
—¡Ahhh!
El chofer de Damián se acercó de inmediato y le ofreció un pañuelo. Damián se limpió los dedos con calma.
—Llama a un traumatólogo —ordenó—. El señor Salcedo ya está grande. Tiene los huesos flojos. La sensación al apretar fue pésima.
Luna bajó la mirada para esconder una sonrisa.
Perfecto.
El famoso demonio de Damián no era puro rumor.
Podía romperle la muñeca a alguien con elegancia y todavía sonar como si le estuviera haciendo un favor.
Clara quiso reclamar, pero Ernesto, sudando del dolor, la detuvo con la mirada.
Damián Alcázar no era alguien a quien pudieran provocar.
Renata ni siquiera miró la muñeca rota de su padre. Sonrió de nuevo, ansiosa.
—Hermana, entra ya. La ceremonia va a empezar. El licenciado Torres también está adentro.
El licenciado Torres.
Luna curvó la boca.
Ahí estaba la verdadera prisa.
Hoy la boda solo era el mantel bonito.
El plato principal era Grupo Rivas.
Luna levantó la vista hacia Damián.
—Entremos.
Damián no tenía interés en la familia Salcedo. Si Ernesto no hubiera intentado tocar a su mujer, ni siquiera habría gastado fuerza en romperle la muñeca.
Renata se atravesó un poco.
—Hermana, hoy es tu boda. Solo invitamos familiares. Que el señor Alcázar entre... tal vez no sea apropiado.
Miró a Damián de reojo y bajó más la voz.
—Los papás de Mateo están adentro. Ya sabes que no están muy conformes contigo. Si él entra y causa un malentendido, ¿no te da miedo que Mateo ya no quiera casarse?
Otra vez Mateo.
Luna miró a su hermana "obediente" con una calma que no tenía nada de suave.
Qué generosa era Renata.
Buscándole esposa al padre de su propia hija.
—Eso no te toca decidirlo. Señor Alcázar, vamos.
Los ojos de Damián siguieron puestos en Luna.
Cada minuto la entendía menos.
Antes, Luna protegía a la familia Salcedo con uñas y dientes. Si no fuera por eso, hoy Ernesto no se habría ido solo con una muñeca rota.
Damián caminó hasta ella. Su presencia obligó a Renata a retroceder.
Luego rodeó la cintura de Luna con un brazo y la llevó hacia la capilla a plena vista de todos.
Clara y Ernesto se quedaron mirando.
—Esto se está desviando —susurró Clara, pálida—. ¿Qué hacemos?
La boda no era lo importante.
Lo importante era la propiedad de Grupo Rivas.
Todo estaba preparado.
Pero Damián ahí, junto a Luna, les metía una espina en la garganta.
Ernesto apretó los dientes. El sudor le bajaba por la frente.
—Tranquila. Todo está arreglado. Ni Damián Alcázar va a verlo venir.
Clara respiró un poco.
Sí.
Lo tenían cerrado.
Nadie podría descubrirlo.
El problema era que la boda tenía que celebrarse.
—Entren —dijo Ernesto, soportando el dolor—. Hay que terminar esto cuanto antes.
La capilla, que segundos antes estaba llena de murmullos, se quedó en silencio cuando Luna entró del brazo de Damián.
Mateo Morales estaba sonriendo a los invitados.
Notó el cambio, levantó la cabeza y los vio.
Luna con vestido rojo, hombros descubiertos, marcas imposibles de ignorar.
Damian a su lado, alto, frío, dueño absoluto del espacio.
Se veían demasiado bien juntos.
La sonrisa de Mateo se le congeló en la boca.
Los padres de Mateo se pusieron de pie. El señor y la señora Morales miraron a Luna con disgusto, pero Damián estaba ahí, y nadie se atrevió a decir lo primero que pensó.
Mateo tardó apenas un segundo en recuperar su máscara.
Volvió a sonreír.
Tierno.
Paciente.
Como un hombre que de verdad amaba a su prometida.
—Luna, llegaste.
Le extendió la mano.
—Ven acá.
Antes, bastaba ese gesto.
Luna habría corrido hacia él con la cara roja, feliz, mirando a Mateo como si tuviera estrellas en los ojos.
Ahora lo vio de pies a cabeza.
Y solo pudo pensar una cosa.
Qué idiota.