Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 20
Cap 20: La Carta Que Huele A Traición
El olfato de Val, cada día más agudo, detectó primero una molestia: un aroma extraño flotando por el pasillo del ala este, terroso y amargo.
Se detuvo frente a la puerta de Catalina, fingiendo ajustarse el chal sobre los hombros, y aspiró con más atención.
Ahí estaba. Bajo el perfume de siempre, esa fragancia dulzona que Catalina usaba para cubrir su verdadero olor, había una nota distinta: tierra húmeda, resina oscura y un toque metálico. Val lo había leído una vez en un viejo tratado de plantas prohibidas que Abuela Elena guardaba bajo llave.
Sangre de sombra. Una planta que solo crecía en el bosque negro del Reino Lobo Oscuro, usada exclusivamente para elaborar pociones capaces de enmascarar el olor real de un licántropo.
Val se quedó inmóvil un instante. Por fin había encontrado la prueba que le faltaba.
"No es solo una espía cualquiera. Es una espía del Reino Lobo Oscuro."
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Confirmó la sospecha esa misma noche, escondida entre los árboles junto al muro trasero de Hacienda Ríos. Poco después de la medianoche, una figura salió por una brecha en la cerca que los guardias de Doña Milagros jamás patrullaban: Sombra, ya transformada en loba.
Corría hacia el este.
Val conocía bien esa dirección. La había estudiado en los mapas que Sofía le conseguía, trazando fronteras y territorios con la misma disciplina con la que llevaba las cuentas de Doña Milagros. El este solo llevaba a un lugar: la frontera con el Reino Lobo Oscuro.
Sombra no salía a cazar, ni a pasear bajo la luna. Salía a entregar información.
Val regresó a su habitación con el pulso todavía acelerado y encendió una sola vela, lo justo para escribir sin llamar la atención de nadie. Redactó el reporte con la misma precisión que aplicaba a cada cifra robada de Doña Milagros: el aroma de sangre de sombra en la habitación de Catalina, la ruta de Sombra hacia el este, la hora exacta de su partida.
Dobló el papel y se lo entregó a Sofía antes del amanecer.
—Que Marco lo reciba en persona. Nadie más.
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La respuesta llegó horas después, entregada por el mismo Marco en un encuentro breve junto a los establos, disfrazado de una simple entrega de forraje.
La letra de Damián era firme, cada trazo económico, sin una sola palabra de más.
"Confirmado. No actúe todavía. Necesitamos la red completa."
Val leyó la línea dos veces, asintiendo para sí misma. Exactamente lo que ella misma habría recomendado: exponer a Catalina demasiado pronto solo cortaría un hilo de una red que probablemente se extendía mucho más allá de Hacienda Ríos.
Estaba a punto de guardar la carta cuando notó que el papel continuaba más abajo, en una letra ligeramente distinta.
"¿Ha dormido bien?"
Val se quedó mirando la pregunta un largo momento. No tenía nada que ver con Catalina, con Sombra, con el Reino Lobo Oscuro ni con ninguna estrategia. Era una pregunta personal, breve y torpe.
Una risa se le escapó a Val antes de que pudiera contenerla. Corta, genuina, la primera risa verdadera que soltaba desde que había cruzado el umbral de Hacienda Ríos como esposa de Sebastián.
Sofía, que cruzaba el pasillo con una bandeja, se detuvo en seco al oírla, la sorpresa dibujada en la cara con tanta claridad que Val tuvo que morderse el labio para no reírse de nuevo.
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Val redactó su respuesta esa misma noche, ciñéndose de nuevo al tono profesional que ambos habían establecido desde el primer encuentro bajo el cerezo de luna: los horarios de las ausencias de Sombra, un cálculo aproximado de la distancia hasta la frontera, una sugerencia sobre vigilar los puntos de cruce más probables.
Terminó la carta, dobló el papel, y se detuvo con la pluma todavía en la mano.
Dudó.
Luego, en la parte inferior, añadió una sola línea, sin permitirse pensarlo demasiado antes de escribirla:
"Dormí mejor que en tres años."
Selló la carta antes de poder arrepentirse y se la entregó a Sofía para que Marco la recogiera al amanecer.
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Val no pudo ver lo que esa línea provocó en Palacio Montero. Damián estaba sentado frente a su escritorio, leyendo el reporte con la seriedad de siempre. Al llegar a la última frase, sus dedos se detuvieron sobre el papel.
Marco, de guardia justo afuera de la puerta, escuchó algo que en años de servicio jamás había escuchado salir de ese despacho, ni en los momentos de mayor victoria política, ni en las celebraciones más solemnes de la Corona.
El Rey Alfa se estaba riendo.
se jodió esto
por fin ya era hora