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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 18

​La mañana siguiente llegó con un aire pesado y plomizo. Tras las revelaciones de la noche anterior, William había caído en un sueño profundo impulsado por la fiebre y el agotamiento de la herida, custodiado por sus médicos de confianza bajo estrictas órdenes de no molestar.

​Evelyn, necesitando escapar de la sofocante atmósfera del despacho, solicitó permiso para caminar por el pasillo del ala norte. Los guardias, instruidos para mantenerla dentro del perímetro pero sin el rigor del aislamiento anterior, le permitieron salir bajo la mirada atenta de la patrulla del pasillo.

​A mitad de la galería de mármol, donde los retratos de los antiguos gobernadores de la Unión velaban en silencio, los pasos de Evelyn se detuvieron al escuchar unas botas pesadas acercándose por el extremo opuesto.

​Era el General Marcus.

​El segundo al mando de William era un hombre de corpulencia masiva, con el rostro cruzado por una cicatriz antigua y ojos pequeños y codiciosos que nunca habían ocultado su ambición. Llevaba la casaca militar desabrochada y un pañuelo manchado de vino en la mano. Se notaba que había pasado la noche supervisando la limpieza de los escombros de la batalla, y la vulnerabilidad del Comandante parecía haber despertado en él un aire de arrogancia peligrosa.

​—Vaya, vaya... la pequeña sanadora del sector sur —dijo Marcus, deteniéndose a pocos pasos de ella e interponiéndose en su camino con una sonrisa torcida—. Escuché que pasaste la noche en las habitaciones del Comandante. Bastante conveniente para alguien que intentó quemarle la casa hace tres días.

​Evelyn retrocedió un paso, manteniendo la barbilla levantada y la mirada fría.

​—Apártese, General. Regreso a mi estancia.

​—¿Regresas? —Marcus soltó una carcajada áspera que resonó en las paredes de piedra—. No creo que tengas mucha prisa. El gran William está en cama, delirando por una bala de mosquete, incapaz de sostener una espada ni de firmar una ejecución. En este momento, el control de la mansión y de las tropas del sector está en mis manos.

​El hombre dio un paso invasivo hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Evelyn pudo oler el aliento agrio a alcohol que salía de su boca.

​—Siempre me he preguntado qué vio el Comandante en una muerta de hambre como tú —continuó Marcus, alzando una mano grande y áspera para sujetar a Evelyn por la barbilla—. Quizás sea hora de que el segundo al mando pruebe los privilegios que William se ha estado reservando para sí mismo. Si él muere esta noche por la infección, necesitarás un nuevo protector en esta casa, niña.

​—¡Suéltame! —grito Evelyn, intentando zafarse del agarre con una sacudida violenta de su cabeza.

​Pero Marcus la atrapó de la muñeca izquierda con una fuerza brutal, tirando de ella hacia su cuerpo y acorralándola contra la barandilla de piedra de la galería. Su rostro se acercó con una intención grotesca, sus ojos brillando con el deseo de dominación sobre la prisionera de su superior.

​—No te hagas la difícil —gruñó él en su oído, su mano apretando con crueldad la cintura de ella—. Aquí no hay comités de la resistencia ni Comandantes para salvarte...

​—¡He dicho que la sueltes! —la voz que resonó en la galería no fue un grito; fue un rugido de muerte que heló la sangre de ambos.

​Marcus se congeló. Evelyn abrió los ojos y miró por encima del hombro del General.

​Al final del pasillo, emergiendo de la penumbra del despacho, estaba William.

​No llevaba la casaca militar ni la espada. Vestía únicamente un pantalón oscuro y una camisa blanca de lino completamente abierta en el pecho, dejando al descubierto las vendas ensangrentadas de su hombro izquierdo, que se teñían de un rojo vivo por el esfuerzo de haberse puesto en pie. Su rostro estaba pálido por la fiebre, pero sus ojos azules despedían una furia tan negra, tan abrumadora e incontrolable, que pareció llenar todo el corredor de un aire helado.

​William no dijo una sola palabra más. No amenazó, no dio órdenes.

​Avanzó por el pasillo con pasos pesados pero implacables. Marcus, sorprendido por su presencia, soltó a Evelyn y dio un paso atrás, llevando la mano instintivamente hacia la empuñadura de su dardo militar.

​—Comandante... yo solo estaba...

​William no le dio tiempo de terminar la frase. En un arranque de violencia primaria, ignorando por completo el dolor de su hombro desgarrado, se lanzó sobre Marcus.

​Su mano derecha se cerró alrededor del cuello del General con la fuerza de una prensa de hierro, aplastándole la garganta y estampándolo contra la pared de mármol con un golpe seco que resonó en toda la estancia. El retrato de un antiguo gobernador cayó al suelo, haciéndose añicos.

​—¡William, no! —gritó Evelyn, llevándose las manos a la boca al presenciar la escena.

​Marcus intentó golpear el rostro de William con sus puños, pero el Comandante estaba cegado por una ira que trascendía el entrenamiento militar. Era la furia salvaje de un animal al que le han intentado arrebatar su posesión más sagrada.

​Sin soltar el cuello de Marcus, William impactó su puño derecho contra el rostro del General una, dos, tres veces. El sonido de los huesos de la nariz de Marcus rompiéndose fue claro y horrendo. El hombre soltó un alarido ahogado, sus ojos desorbitados por el pánico al ver que su superior no estaba actuando como un oficial, sino como un verdugo impulsado por un celo ciego.

​William lo arrojó al suelo y se abalanzó sobre él. A pesar de que la sangre corría a chorros por su camisa blanca desde la herida del hombro recién cosida, el Comandante siguió descargando golpes brutales contra el rostro y el torso de Marcus. Cada impacto era un castigo desmedido, un mensaje de terror puro para cualquiera que se atreviera a cruzar la línea que rodeaba a Evelyn.

​—¡Vas a matarlo! —chilló Evelyn, corriendo hacia ellos y sujetando a William por el brazo derecho, sintiendo los músculos de él tensos como cuerdas de acero—. ¡Basta, William! ¡Detente!

​El toque de los dedos de Evelyn en su brazo actuó como un freno hidráulico en medio de su frenesí.

​William se detuvo con el puño en el aire, ensangrentado con la sangre de su General. Marcus yacía en el suelo de mármol, gemiendo de dolor, con el rostro deformado por los golpes y la respiración errática, incapaz de ponerse en pie.

​El Comandante respiraba en espasmos violentos. La camisa blanca de su lado izquierdo estaba completamente empapada en su propia sangre, que goteaba sobre el suelo. Se giró despacio hacia Evelyn. Sus ojos azules, aún salvajes y desorbitados por la adrenalina, tardaron unos segundos en enfocar el rostro aterrorizado de la joven.

​William se puso en pie con dificultad, apoyándose un segundo en la pared para no caer por el mareo de la hemorragia. Miró a Marcus, que se arrastraba por el suelo buscando escapar, y luego se dirigió a los guardias que habían acudido corriendo tras escuchar el escándalo y se habían quedado paralizados de horror al ver a su líder ensangrentado.

​—Llévense a este montón de basura a las mazmorras del sector norte —ordenó William, su voz un hilo áspero pero cargado de un poder indiscutible—. Queda destituido de su rango por traición e insubordinación. Si vuelve a pisar este pasillo, ejecútenlo en el acto.

​—¡Sí, Comandante! —los soldados levantaron a Marcus a rastras y se lo llevaron a toda prisa, temiendo ser los siguientes en sufrir su ira.

​El pasillo quedó en un silencio sepulcral, marcado solo por el sonido de las gotas de sangre de William cayendo rítmicamente sobre el mármol claro.

​Evelyn se quedó inmóvil, mirando la mancha roja que se expandía por el pecho del Comandante. Estaba aterrorizada. La brutalidad de la paliza, la velocidad con la que él había estado dispuesto a matar a su segundo al mando sin mediar palabra, le recordaba con una claridad espantosa quién era el hombre que la tenía prisionera. Era un monstruo letal, impredecible y violento.

​Pero al mismo tiempo, mientras miraba el rostro exhausto de William y la forma en que él la examinaba de arriba abajo para asegurarse de que no tuviera un solo rasguño, una verdad innegable la golpeó en el centro del pecho.

​Él no había reaccionado por la disciplina de la mansión. No había reaccionado por el reglamento militar. Había estado dispuesto a desgarrarse la herida y perder la vida por el único impulso de protegerla a ella. Había marcado una frontera de hierro alrededor de su persona frente a toda su guardia: nadie la tocaba, nadie la miraba, nadie se atrevía a ponerle una mano encima sin pagar con sangre.

​William dio un paso hacia ella, pero el mareo lo hizo tambalearse. Evelyn, olvidando el miedo por un segundo, avanzó y lo sostuvo por el brazo sano, dejando que el peso del Comandante descansara parcialmente sobre su hombro.

​—Eres un idiota —susurró ella, con la voz quebrada por una mezcla confusa de rabia y angustia al ver la sangre reabierta—. Te has abierto la herida otra vez.

​William la miró desde arriba, sus ojos azules fijos en los de ella, desprovistos de cualquier arrepentimiento por la violencia ejercida.

​—Nadie te toca —susurró él, su voz apenas audible antes de que sus párpados pesaran por la pérdida de sangre—. Nadie en esta ciudad volverá a ponerte las manos encima mientras yo respire.

​Evelyn apretó los dedos sobre la tela de su camisa, sosteniendo al hombre que odiaba y que, en ese mismo instante, se había convertido en su escudo más sangriento y feroz.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
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Celina Espinoza
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Fernanda
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Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
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Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
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Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
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