Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 15. REABRIENDO EL EXPEDIENTE DEL PASADO.
El sol de la mañana se filtraba con una timidez casi gélida a través de las lamas de madera del despacho de Luke. El ambiente en la estancia era pesado, cargado de una tensión que se podía cortar con el filo de un papel. Sobre la imponente mesa de nogal descansaban carpetas vacías, libretas de apuntes y la tarjeta de visita del detective García.
Sasha permanecía sentada en una de las sillas de piel, con la espalda completamente rígida y las manos entrelazadas sobre las rodillas para ocultar el temblor que le recorría el cuerpo. Llevaba unos vaqueros sencillos y un jersey de punto oscuro; toda la seguridad que había construido en sus cinco años como asistente operativa parecía haberse evaporado en ese rincón.
A su lado, Alexander mantenía el rostro serio, con un bolígrafo en la mano derecha listo para tomar notas, mientras que su padre, Luke, observaba el gran ventanal con los brazos cruzados a la espalda, como un general diseñando la estrategia más difícil de su carrera. El detective García, un hombre maduro de mirada observadora, completaba el círculo en absoluto silencio.
Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, en la tercera planta de la clínica privada, la habitación de oncología pediátrica permanecía ajena a la reunión en el despacho. Katerina se encontraba sentada al borde de la cama del hospital, sosteniendo con una delicadeza infinita la pequeña mano de Oliver. La abuela no se había separado del niño ni un solo segundo desde el diagnóstico. Con una paciencia puramente maternal, Katerina le leía en voz alta un libro de cuentos sobre caballeros y castillos, suavizando su imponente voz de líder familiar para transformarla en un bálsamo de paz que hiciera olvidar al pequeño el goteo constante de los sueros. Cada vez que Oliver abría sus profundos ojos oscuros y le regalaba una sonrisa dulce, Katerina le acariciaba el flequillo con ternura, jurando en silencio que la dinastía resistiría la tormenta.
En el despacho del ático, Luke se giró lentamente y rompió la quietud de la sala con su voz barítona y profunda.
—Sasha, mi vida. El doctor nos ha dado noventa días. Eso significa que no tenemos espacio para la duda ni para el dolor. Necesito que hagas el mayor esfuerzo de tu vida y regreses a la noche de la gala en el Grand Palace de hace seis años. Necesitamos datos, patrones, cualquier pequeño indicio que nos permita ponerle un nombre al donante de Oliver.
Sasha tragó saliva, sintiendo que un nudo de angustia le cerraba la garganta. Cerró los ojos con fuerza, obligándose a derribar la muralla que con tanta fiereza había construido para olvidar su mayor error.
—Fue... fue en la barra secundaria de la zona VIP, alejada del salón de baile principal —comenzó Sasha con un hilo de voz que fue ganando firmeza a medida que los recuerdos brotaban—. Me sentía asfixiada por las miradas de los invitados. Fui a la barra y lo vi junto al ventanal de la terraza. Era un hombre muy alto, de hombros anchos y una presencia que daba miedo. Tenía unas facciones muy marcadas, una mandíbula firme... como esculpida en piedra. Sus ojos eran tan oscuros y profundos que se te clavaban en el pecho.
El detective García se inclinó hacia adelante, tomando anotaciones en su bloc.
—¿Recuerda algún detalle sobre su acento o su procedencia, señorita Sasha? —preguntó el investigador con tono respetuoso.
—No hablé con él antes del ascensor —confesó Sasha, con las mejillas tiñéndose de un leve rubor de vergüenza y dolor—. Pero el barman de esa noche me dijo que era un director ejecutivo extranjero que controlaba el mercado tecnológico en su país, y que había viajado exclusivamente para asistir a la gala de mis hermanos. Estaba sentado en la mesa reservada para la delegación internacional.
Sasha apretó los dedos con fuerza, y una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla almendrada al recordar el único rastro físico que se había grabado a fuego en su subconsciente.
—Hay algo que jamás he podido borrar de mi mente... Su aroma. No olía a las fragancias comerciales de siempre. Tenía un aroma muy específico a cítricos oscuros, tabaco rubio muy suave y un fondo de ámbar. Era un perfume magnético, frío y peligroso. Cuando la droga empezó a hacerme efecto en el ascensor, ese olor fue lo único que me mantuvo despierta antes de entrar a la habitación vacía.
Alexander anotó la descripción del perfume con rapidez, cruzando una mirada de complicidad legal con su padre.
—Si era un invitado internacional de la delegación tecnológica de esa gala, su nombre tiene que estar registrado en las listas de seguridad del hotel o en las invitaciones oficiales que Vanguard Atelier emitió aquella semana —dedujo Alexander, con la mente clara del abogado que empieza a conectar los hilos de un caso.
—García, quiero que uses todas tus conexiones para conseguir el libro de registro de la zona VIP de esa noche —ordenó Luke, con una autoridad que no aceptaba réplicas—. Filtra a todos los directores ejecutivos extranjeros que cumplan con la descripción física de Sasha. Alexander, tú revisa los archivos de protocolo de la empresa de hace seis años. Vamos a encontrar a ese hombre, aunque tengamos que auditar a cada multinacional de este planeta.
Sasha levantó la mirada esmeralda, limpiándose la lágrima con firmeza. La culpa que la había paralizado durante años se había transformado por completo en una promesa de salvación para su pequeño Oliver. La carrera contrarreloj de los noventa días ya estaba en marcha, y los hombres de la familia Castro-Atelier acababan de abrir el expediente que los llevaría a cazar al enigmático Ethan Vance en el templo del mercado internacional.