Entre cadenas y cicatrices
Antes de convertirse en asesinos, estrategas o mafiosos... fueron niños que solo querían ser amados.
Siete hombres marcados por el abandono, el dolor y los secretos del pasado terminan reuniéndose en la poderosa Mafia Portuaria. Allí descubrirán que las cadenas más difíciles de romper no son las del crimen, sino las que nacen del miedo, la obsesión y la necesidad de pertenecer.
Mientras intentan sobrevivir en un mundo donde un solo error significa la muerte, un misterioso enemigo comienza a mover las piezas desde las sombras. Su nombre es Kaiser Himura, un hombre dispuesto a destruir todo con tal de obtener aquello que desea.
Traiciones, alianzas, violencia, romance, lealtades enfermizas y cicatrices que jamás terminaron de sanar se entrelazan en una historia donde el amor puede convertirse en la peor prisión.
Porque algunos nacen para ser héroes...
Ellos solo intentan sobrevivir.
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Capitulo 21 — El orígen de la traición
"Las guerras no siempre comienzan por ambición. A veces nacen del amor, la pérdida y una promesa imposible de olvidar."
El nombre de Kaiser Himura seguía resonando en la mente de todos.
Desde aquella revelación, el grupo comprendió que no estaban enfrentándose a un enemigo cualquiera.
Estaban enfrentándose a un hombre que compartía un pasado con Kento.
Y eso lo hacía mucho más peligroso.
Aquella noche, Yuki encontró a Kento sentado frente a la ventana, observando la lluvia caer sobre la ciudad.
—¿No puedes dormir? —preguntó con voz baja.
Kento soltó un suspiro.
—Hay recuerdos que nunca dejan de perseguirte.
Después de unos segundos de silencio, tomó la fotografía
donde aparecía junto a Kaiser.
La imagen estaba desgastada por el paso del tiempo.
Dos jóvenes sonreían frente a la cámara.
Uno tenía diecisiete años.
El otro dieciocho.
Todavía no existían las heridas que los separarían.
—Éramos como hermanos —murmuró Kento.
Los demás guardaron silencio.
Era la primera vez que escuchaban hablar de Kaiser con tanta sinceridad.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Shuto.
Kento cerró los ojos por un instante.
—Nos enamoramos de la misma época... pero no de la misma vida.
Comenzó a recordar.
En aquellos años, la Mafia Portuaria era dirigida por un hombre llamado Edgar.
Era un líder temido, respetado y conocido por no perdonar jamás una traición.
Un día, una mujer infiltrada logró ganarse la confianza de la organización.
Era inteligente, amable y sabía ocultar muy bien sus verdaderas intenciones.
Lo que casi nadie sabía era que Kaiser se había enamorado profundamente de ella.
Por primera vez en su vida había imaginado un futuro lejos de la violencia.
Pero todo se derrumbó cuando Edgar descubrió que aquella mujer entregaba información a una organización rival.
La sentencia fue inmediata.
Debía morir.
Nadie quiso cumplir aquella orden.
Nadie fue capaz de levantar un arma contra ella.
Excepto Kento.
—Era mi deber —dijo con la mirada perdida—. Si me negaba, habría puesto en peligro a toda la organización.
La habitación quedó en silencio.
Yuki comprendió que aquella decisión había marcado la vida de Kento para siempre.
Kento recordó la última escena.
La lluvia caía con fuerza.
La joven estaba herida.
Kaiser corrió desesperado hasta ella y la sostuvo entre sus brazos.
Intentó detener la sangre con sus propias manos.
Le prometió que todo estaría bien.
Pero la vida se apagó lentamente frente a sus ojos.
El grito de Kaiser todavía seguía grabado en la memoria de Kento.
Aquella noche no solo murió una mujer.
También murió una amistad.
Desde ese instante, Kaiser juró que algún día acabaría con la vida de Kento.
No importaba cuánto tiempo tuviera que esperar.
No importaba cuánto tuviera que sacrificar.
Su venganza sería inevitable.
Sin embargo, el odio no terminó allí.
Consumido por la rabia y el dolor, Kaiser regresó días después al cuartel de la Mafia Portuaria.
La guerra comenzó esa misma noche.
Edgar cayó asesinado por las manos del joven al que alguna vez consideró un aliado.
La traición incendió los cimientos de la organización y dio inicio a un conflicto que dejó incontables víctimas.
Las calles se convirtieron en un campo de batalla.
La sangre reemplazó a la lealtad.
Y los dos amigos que alguna vez prometieron protegerse terminaron caminando por senderos opuestos.
Kento bajó la mirada.
—Desde aquel día supe que volveríamos a encontrarnos.
Yuki respiró profundamente.
Ahora comprendía que Kaiser no había aparecido por casualidad.
Había esperado viente largos años.
Veinte años alimentando el mismo deseo.
Muy lejos de allí, Kaiser observaba la antigua fotografía entre sus manos.
Sus ojos castaños permanecían fijos en el rostro de Kento.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—El tiempo de las promesas terminó...
Dejó la fotografía sobre el escritorio.
—Ahora comienza el tiempo de cumplirlas.