La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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LA MARCA DEL CAZADOR
El miedo es un animal nocturno que no hace ruido al entrar, pero que devora los pensamientos desde adentro. Se instala en la boca del estómago y transforma cada sombra del pasillo en una amenaza inminente.
Ela recogió el teléfono del suelo con dedos torpes. La pantalla se había agrietado en una de las esquinas, dividiendo el mensaje de Kang en dos líneas distorsionadas. “No me hagas esperar demasiado”. El texto parecía brillar con una luz hostil en la penumbra del baño. Salió en silencio, cuidando de que sus pasos no despertaran a Julián, cuyo ronquido pesado y rítmico se filtraba desde la habitación principal.
Se encerró en el despacho del segundo piso y marcó la línea directa del búnker. Victoria respondió al segundo tono. Su voz, habitualmente imperturbable, arrastraba la tensión de los últimos eventos.
—Ela, qué bueno que llamas —dijo Victoria sin preámbulos—. Salí del edificio Althea hace menos de una hora. Kang lo sabe todo. O, al menos, sabe que "Susana" lo estaba usando. Tienes que sacar a Julián de esa casa y ocultar la memoria USB en un lugar seguro de inmediato.
—Es tarde para eso, Victoria —respondió Ela en un susurro, mirando fijamente la ventana que daba al jardín delantero—. Kang me mandó un mensaje. Sabe dónde estoy. O sabe cómo encontrarme.
—Escúchame bien, Ela —la voz de Victoria se tornó gélida—. Kang me amenazó en su propia oficina. Mencionó que el archivo que robó Julián tiene un protocolo de rastreo GPS integrado. Si Julián intenta abrir esa memoria o desencriptar los archivos conectándose a internet, la seguridad de Althea sabrá la ubicación exacta de tu casa en cuestión de segundos. No dejes que toque ese dispositivo.
Ela sintió un escalofrío helado. Julián era un hombre impaciente, y la codicia lo empujaría a revisar el botín lo antes posible para preparar su estrategia de chantaje.
—Me encargaré de la memoria —sentenció Ela antes de colgar.
Caminó hacia la caja fuerte oculta detrás del cuadro del comedor superior. Introdujo la clave que le había visto usar a Julián y abrió la puerta de acero. Allí estaba: la carpeta de cuero negro y la memoria USB blindada. Tomó el pequeño dispositivo metálico y lo guardó en el bolsillo de su bata. En su lugar, colocó una memoria USB idéntica y vacía que usaba para las pistas de música de la academia. Si Julián intentaba abrirla, solo encontraría errores de lectura, dándole a ella el tiempo necesario para idear un plan.
A las siete de la mañana, la luz grisácea del amanecer entró por las cortinas del dormitorio. Julián se despertó de golpe, con los ojos inyectados en sangre debido a la resaca y la adrenalina residual de la noche anterior. Se sentó en la cama, frotándose el rostro con brusquedad. La herida en su palma, ahora cubierta por una costra seca, le dio un latigazo de dolor.
—Susana... —llamó, con la voz ronca.
Ela entró a la habitación sosteniendo una bandeja con café negro y analgésicos. Su rostro era una máscara perfecta de serenidad y devoción.
—Aquí estás, mi amor —dijo ella, sentándose en el borde de la cama y entregándole la taza—. Debes darte prisa. Tienes que ir a la oficina antes de que Kang note la ausencia de los documentos y arme un escándalo. Tienes que actuar normal.
Julián dio un trago largo al café, ignorando el calor del líquido. Sus ojos brillaron con esa soberbia peligrosa que lo caracterizaba.
—Kang no va a armar ningún escándalo, Susana. Está herido. Sabe que si se mueve, yo revelo sus secretos. Hoy mismo pediré una reunión con el viejo patriarca. Voy a usar lo que conseguí para exigir la dirección regional de Althea. Es mi momento.
—Ten cuidado, Julián —advirtió Ela, fingiendo preocupación—. Kang es un hombre poderoso. No te confíes.
—Yo tengo el sartén por el mango —siseó Julián, levantándose de la cama de un salto—. Voy a ducharme. Prepárame el traje gris, el de las reuniones importantes. Hoy es el día en que dejo de ser un peón.
Mientras Julián se encerraba en el baño, Ela observó su teléfono sobre la mesita de noche. No había nuevos mensajes de Kang. Ese silencio era mucho más aterrador que cualquier amenaza explícita. Era la calma del depredador que sabe que la presa ya ha caído en la red.
Dos horas más tarde, un automóvil de lujo negro se detuvo frente a las imponentes puertas de la residencia del viejo patriarca, en el barrio más exclusivo de la ciudad.
Kang descendió del vehículo. Vestía un traje oscuro impecable, pero su antebrazo izquierdo estaba vendado de manera compacta bajo la manga de la chaqueta. Su rostro no reflejaba cansancio, sino una determinación matemática y gélida.
El ama de llaves lo guio directamente hacia la terraza trasera, donde el viejo patriarca desayunaba mientras revisaba los periódicos financieros. Al ver entrar a su yerno, el viejo esbozó una sonrisa cargada de cinismo.
—Kang. Veo que sobreviviste a la tormenta de anoche —dijo el viejo, señalando la silla frente a él—. Me informaron que hubo un incidente en tu oficina. Un robo de baja monta, según los guardias.
—No fue un robo de baja monta, suegro —respondió Kang, permaneciendo de pie, ignorando la invitación a sentarse. Su voz era un eco de autoridad pura—. Julián, el ejecutor de nivel medio de la distribuidora, entró a mi oficina usando credenciales clonadas. Se llevó el archivo de la auditoría de contingencia. El archivo que contiene los registros de los incendios provocados y el lavado de dinero que usted organizó hace cinco años.
El viejo patriarca dejó caer el tenedor sobre el plato de porcelana con un tintineo agudo. Su expresión se endureció en un segundo.
—¿Ese estúpido tiene esos documentos? ¿Cómo consiguió el acceso, Kang? Tu oficina es impenetrable.
—Fue ayudado por su esposa —dijo Kang, y al pronunciar la palabra "esposa", una sombra de dolor furioso cruzó sus ojos antes de ser sepultada por la frialdad—. La maestra de tango. Ella diseñó la operación. Nos usó a todos, suegro. Se burló de su hija, se burló de mí y ahora tiene al holding Althea contra las cuerdas.
El viejo se levantó de la silla, el cuerpo temblando por una rabia contenida.
—¡Te lo advertí, Kang! Te dije que esa mujer era peligrosa. Manda a mis hombres de inmediato. Quiero a Julián y a esa maldita muerta antes del mediodía.
—No —interrumpió Kang, dando un paso al frente y clavando su mirada en el viejo—. Julián es suyo. Puede hacer con él lo que quiera una vez que recuperemos los papeles. Pero la mujer... la mujer me pertenece a mí. Yo voy a encargarme de cobrar su deuda personalmente. Y si alguno de sus hombres se cruza en mi camino, haré que el holding caiga hoy mismo.
El viejo patriarca observó a su yerno, reconociendo por primera vez el peligro real que habitaba en el hombre que había intentado dominar. Asintió lentamente, una tregua silenciosa sellada con sangre.
—Tienes hasta el anochecer, Kang. Después de eso, mi seguridad borrará todo el mapa.
Kang dio media vuelta y caminó hacia su auto. Mientras el vehículo avanzaba de regreso a la ciudad, sacó su teléfono personal y abrió la señal de rastreo. La pantalla mostró un mapa satelital interactivo. Un pequeño punto azul parpadeaba en la periferia de la ciudad, justo sobre la ubicación de la academia El Compás de Seda.
Él sabía que ella estaría allí. Y ella sabía que él iría a buscarla. La última danza estaba a punto de comenzar, pero esta vez, la pista de baile se teñiría de rojo.