En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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Un momento incómodo.
Subo con el cuadro de mi padre entre las manos. La madera está fría, y el cristal empañado por mis lágrimas. Lo abrazo con fuerza, como si al hacerlo pudiera sentir sus brazos otra vez, su voz, su calma. Termino quedándome dormida así, abrazada a su imagen, con el corazón latiendo lento y pesado.
Cuando despierto, por primera vez en días, tengo la fuerza suficiente para levantarme. Me visto sin pensarlo demasiado, recojo mi cabello y bajo. Al llegar, veo a Darío esperándome con una sonrisa, como si la conversación de anoche —tan tensa, tan llena de silencios incómodos— no hubiera ocurrido.
—Buenos días —le digo, intentando sonar normal.
—Buenos días, dormilona —responde con un tono amable, extendiéndome unos planos—. Es el diseño de lo que se construirá en la parte de arriba.
—Muchas gracias —respondo, observando el papel con cuidado.
Salimos rumbo a la cafetería. Pero al llegar, algo nos desconcierta. Hay varias personas aglomeradas afuera, murmurando entre sí. Darío frunce el ceño, estaciona rápido y ambos bajamos. La puerta de la cafetería está abierta. El silencio que nos recibe adentro es más fuerte que cualquier grito.
—¿Qué ocurrió? —pregunta Darío, mirando a todos lados.
Una de las trabajadoras se acerca con pena.
—Forzaron la entrada… quemaron el lugar.
Camino entre los restos del desastre. El suelo está lleno de vidrios rotos, y el olor a madera quemada se mezcla con el de la tristeza. En medio de todo, una hoja de papel doblada llama mi atención. Me agacho y la tomo.
“Esto fue tu culpa. Deja a mi esposo en paz.”
Susurro sin aire:
—Fue Yajaira...
Darío me observa confundido. Me acerco y le entrego la nota.
—Fue mi culpa —murmuro, buscando en mi bolso la tarjeta que me dio René. La saco y se la entrego—. Compra todo de aquí.
Él la observa, nota el apellido impreso y niega.
—No quiero...
No lo dejo terminar.
—Hazlo. Así mi prima pensará dos veces antes de hacer otra cosa.
Darío suspira, pasa las manos por su cabello y sale. Me quedo sola entre los restos del desastre.
Pasa el tiempo y el dolor de cabeza aumenta. El silencio se hace más pesado, hasta que un rugido de motor rompe la quietud. Un camión enorme llega, y varias personas comienzan a bajar cajas, muebles nuevos, electrodomésticos.
A un lado se estaciona un auto que reconozco de inmediato.
René.
Me limpio las manos y salgo.
—Hablaré con él —le digo a Darío antes de cruzar la calle.
René se gira al verme y frunce el ceño.
—¿Qué ocurrió, mi amor?
Le extiendo la tarjeta sin decir palabra.
—Yajaira quemó la cafetería —le explico, y él maldice con furia contenida. Su rostro se enrojece; conozco esa expresión, esa rabia que lo vuelve otra persona.
—¿Estás bien? —me pregunta acercándose.
—Sí.
—¿Cómo sabes que fue ella?
—Por esto. —Le doy la nota.
La lee y su mandíbula se tensa.
—Lo siento mucho, amor. Ella me escucho decir que te vi, debí anticipar algo así.
—Ya no soy tu responsabilidad —le digo con firmeza—. Solo quiero que ella se aleje de mí. Darío no levantará ninguna denuncia… esta vez.
—Solo para quedar bien contigo, el muy imbécil —responde con ironía.
Sonrío con amargura.
—Te lo dije muchas veces. Se llama Darío. Y ese “imbécil”, como lo llamas, es la única persona en la que confío. Si no fuera por él, hace tiempo habría alcanzado a mis padres.
René se queda en silencio, baja la mirada y me abraza con fuerza.
—Lo siento, mi amor.
Me separo cuando noto las miradas curiosas de la gente que pasa por la calle.
—¿Ya supiste de quién fue la broma? —pregunta de repente.
—¿Qué broma?
—Que supuestamente estás casada. Sé que no es verdad.
Lo miro con una mezcla de rabia y tristeza.
—Según tú, es verdad.
René suspira.
—Estaba molesto, además estoy preocupado porque no se nada de Damián desde que se fue del país. No responde llamadas ni mensajes.
El nombre de Damián hace que mis manos se crispen.
—¿Sabes si él tenía negocios con mi padre?
—Él tiene negocios con todos… ¿por qué?
—Porque ahora es dueño de la empresa que era de mi padre.
René asiente, casi resignado.
—Era de esperarse, más si tu padre le debía dinero.
Siento un nudo en la garganta.
—Tengo que regresar —le digo, devolviéndole la tarjeta.
Él la rechaza.
—Es tuya. Mandé hacer una extensión de la mía.
Intento irme, pero me sujeta del brazo.
—Te amo. No lo olvides.
Cruzo la calle sin responder. Ya dentro de la cafetería lo veo marcharse. El sonido del motor alejándose me deja un vacío extraño.
Al mediodía, la cafetería vuelve a funcionar. Entre la gente, el aroma a café recién hecho y el murmullo constante, intento fingir que todo está bien. Darío se va a atender otros asuntos, dejándome a cargo.
Todo transcurre tranquilo… hasta que la puerta se abre de golpe.
Yajaira entra con los ojos rojos, despeinada, con una sonrisa cruel.
—¿Sabían que una de las trabajadoras de aquí es una puta? —grita—. ¡Una zorra roba maridos!
Las personas se miran entre sí. Algunos murmuran, otros observan con incomodidad. Ella camina directo hacia mí.
—No lo esperaba de mi media hermana —dice, mirándome con desprecio.
La gente se confunde. No saben la verdad. murmuran.
—Recibí tu mensaje —le digo con calma—. Y me aseguré de que recibieras el mío.
Su mano vuela hacia mi rostro. La cachetada me quema la piel.
—Te enseñaré a respetar maridos ajenos —grita, y doy un paso atrás.
—Habla con él —respondo con voz temblorosa pero firme—. Él es quien me busca, no al revés.
—Ignóralo, córrelo, ten dignidad —responde entre lágrimas y rabia—. ¡Te dejó vestida de novia! Ni arrastrándote te perdonó.
El silencio se vuelve insoportable. Algunas personas niegan con la cabeza, otras me observan con lástima. Yajaira intenta lanzarse sobre mí, pero alguien la sujeta.
—No defiendas a tu zorra —le grita ella a quién la sujeta.
Veo es: René.
Y justo en ese momento, la puerta vuelve a abrirse.
El aire cambia. Todos se giran hacia la entrada. Un hombre alto, de mirada helada y porte impecable, cruza el umbral. Su voz retumba entre las paredes.
Damián Volkov.
—Cuando dijiste que vendrías por tu esposa, no creí que te referías a qué estaría en un lugar como este.
dice con desdén, mirando alrededor como si la cafetería fuera una pocilga.
Yajaira se recompone en segundos, acomoda su cabello, cambia el tono.
—Mucho gusto, señor Damián —dice con una sonrisa fingida.
Pero él apenas la mira.
—¿La cuñada de René? —pregunta con sarcasmo.
Ella niega.
—Soy la esposa.
Damián me dirige una mirada que me atraviesa. En ese instante, me siento más pequeña que nunca, peor que un gusano bajo su zapato. Y, solo deseo estar en cualquier lugar menos aquí.