NovelToon NovelToon
Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6 - La carta bajo la almohada

La lluvia cesó poco antes de que anocheciera, pero dejó la casa sumergida en un silencio de agua.

Las gotas descendían desde los aleros con la paciencia de un reloj averiado. En el corredor, cada cubo colocado por los criados para contener las filtraciones recibía un golpe distinto: uno agudo, otro hueco, otro tan leve que parecía el pulso de alguien dormido. Diane los contó desde su habitación hasta comprender que también estaba contando las horas que le quedaban.

Sobre el escritorio aguardaban las tres cartas que había roto la víspera. Las unió como pudo. En una hoja, Iván era su esperanza; en otra, su vergüenza; en la tercera, apenas un nombre repetido tantas veces que la tinta había perforado el papel.

Arrojó los fragmentos a la chimenea.

El fuego encogió las palabras sin leerlas. Primero desapareció la I. Después la promesa de una casa junto al norte. Al final quedó una costra negra que se alzó con el calor y murió antes de alcanzar la campana de la chimenea.

Diane sacó una hoja nueva.

No eligió el papel con su monograma. Tomó uno sencillo del fondo del cajón, de los que utilizaba para copiar poemas. Si Damaris lo encontraba, no quería que el apellido Díaz pareciera vigilar cada frase.

Mojó la pluma.

«Iván», escribió.

La palabra quedó sola en medio del blanco. Parecía menos un saludo que la puerta de una casa a la cual llegaba perseguida.

«Quieren comprometerme con Eduardo Valcárcel para salvar la fábrica. Mi padre todavía dice que busca una salida, pero el plazo termina esta noche y nadie se comporta como si esperara encontrarla. No he aceptado. Necesito que lo sepas antes de que otros conviertan su decisión en mi palabra.»

Se detuvo. Desde la planta baja llegó el arrastre de un mueble y la voz de Damaris dando instrucciones. Hasta el miedo debía encontrar la casa ordenada.

«Dijiste que cuando cumpliera dieciocho podríamos marcharnos. Faltan meses, y ahora los meses parecen una distancia mayor que el mar. No te pido que vengas a rescatarme. No sabría perdonarme si perdieras el trabajo o la libertad por mi causa. Solo te pido que no te vayas del puerto sin hablar conmigo. Necesito recordar que existe al menos una persona ante quien sigo siendo Diane y no una cláusula.»

La pluma tembló. Una gota cayó después de la última palabra y abrió a su alrededor un pequeño cielo violáceo.

Diane pensó en añadir «te amo». Nunca se lo había dicho. Habían construido una casa imaginaria, compartido pan y prometido una fuga, pero aquellas dos palabras seguían entre ambos como una habitación cuya llave ninguno se atrevía a probar.

No las escribió.

Firmó, dobló la carta cuatro veces y colocó dentro un pétalo seco de magnolia. Era de la primavera anterior, guardado entre las páginas de un libro. Su blancura se había vuelto color marfil y los bordes estaban quebrados, pero conservaba un perfume remoto. Diane quiso creer que Iván reconocería en él la casa que habían inventado juntos.

Un golpe discreto sonó en la puerta.

Ocultó la carta bajo la almohada.

—Adelante.

Ester entró primero, cargando una cesta de costura. Stefany y María la siguieron. Llevaban los vestidos húmedos en el borde y el color encendido en las mejillas por el frío. Las tres visitaban la casa desde que eran niñas, pero aquella tarde se detuvieron en el umbral como si hubieran llegado a un lugar donde acababa de morir alguien.

—Tu madre dijo que estabas indispuesta —explicó Ester.

—Mi madre llama enfermedad a todo lo que no puede exhibir en el salón.

Stefany cerró la puerta. Era la más inquieta de las tres; incluso quieta parecía estar llegando tarde a alguna parte. Se quitó los guantes con los dientes y observó a Diane.

—En el café de mi tío dicen que Don Guillermo pagará las deudas de tu padre.

María bajó la mirada hacia la cesta.

—También dicen que habrá boda.

La palabra ocupó la habitación con la insolencia de un invitado que no necesitaba presentación.

Diane se sentó en el borde de la cama.

—Me han ofrecido a Eduardo como si fuera una extensión de crédito.

Ester dejó la cesta en el suelo y se arrodilló frente a ella.

—Tiene que existir otra salida.

—Mi padre buscó una. Los bancos dijeron que no. Las tierras no valen lo suficiente y Don Guillermo no concederá más tiempo.

—Puedes negarte —dijo Stefany.

—Puedo. Y cincuenta y tres familias pagarán conmigo el privilegio de mi valentía.

Stefany abrió la boca, pero no encontró una respuesta. Ester tomó las manos de Diane. Sus dedos estaban fríos y olían a lavanda.

—Que la elección sea cruel no significa que sea tu culpa.

Diane sintió que aquellas palabras tocaban la parte más dolorosa de su miedo. Se inclinó hasta apoyar la frente contra la de Ester. Durante unos segundos volvieron a ser niñas escondidas bajo una mesa, seguras de que una tela bordada bastaba para mantener lejos al mundo.

—Mi prima huyó una semana antes de casarse —dijo Stefany—. Llegó a Lisboa con seis monedas y un abrigo robado. Ahora trabaja en una imprenta.

—Tu tía afirma que murió de fiebre —murmuró Ester.

—Para mi tía, trabajar es una forma de muerte.

La risa que escapó de Diane fue breve y dolorosa, pero consiguió abrir una ventana en el aire espeso de la habitación.

Solo María no sonrió.

Estaba sentada junto al tocador, arrancando con la uña un hilo suelto de su manga. En su dedo llevaba el anillo de compromiso que el comerciante Jacobo Llerena le había entregado dos meses antes. El diamante era pequeño; la montura, demasiado grande. Parecía una jaula construida alrededor de una gota de luz.

—No todas pueden huir —dijo.

Stefany la miró.

—No he dicho que sea sencillo.

—Has dicho que puede hacerse. Como si bastara con desearlo más que las demás.

—María… —intervino Ester.

—Yo también pedí otra salida. Mi padre me explicó cuánto debía su tienda y cuántos hermanos necesitaban estudiar. Después todos brindaron porque Jacobo aceptó casarse conmigo a pesar de que tengo veintidós años.

Diane observó la marca pálida que el anillo dejaba cuando María lo hacía girar.

—Lo siento.

—No necesito que lo sientas.

La respuesta llegó demasiado rápido. María alzó la vista y, por un instante, algo oscuro atravesó su expresión. No era crueldad. Era el dolor de contemplar cómo otra prisionera recibía permiso para llamar injusticia a los barrotes que ella había tenido que agradecer.

Luego suavizó la voz.

—Solo digo que a veces una hace lo necesario y aprende a vivir después.

Bajo la almohada, la carta pareció arder.

Diane se levantó y la sacó. El pétalo produjo un crujido leve dentro de los dobleces.

—Necesito que esto llegue a Iván.

Ester miró hacia la puerta.

—Si tu madre lo descubre…

—No debe descubrirlo.

María contempló la carta y después el rostro de Diane.

—¿Le pides que te lleve con él?

—Le pido que no desaparezca sin saber la verdad.

—Eso no responde la pregunta.

—Porque todavía no conozco la respuesta.

El reloj del corredor dio las seis. Cada campanada pareció clavar una tabla sobre una salida.

Stefany extendió la mano.

—Yo la llevaré.

—Los caminos están cubiertos de barro —dijo Ester.

—Mi hermano dejó su caballo en nuestra casa. Puedo llegar a las viviendas de los jornaleros antes de que anochezca por completo.

—Damaris preguntará por qué te marchaste sola.

Stefany guardó la carta dentro del forro de su guante.

—Entonces ustedes se quedarán aquí cosiendo una flor espantosa y dirán que fui a buscar hilo azul.

Ester tomó la cesta y levantó un ovillo.

—Solo trajimos verde.

—Por eso tardaré.

Diane sujetó la muñeca de Stefany antes de que se apartara.

—Entrégasela únicamente a él.

—A nadie más.

—Y dile que espere una señal junto al olivo del lindero.

—Lo encontraré.

La seguridad de Stefany era una cosa joven, hermosa y todavía ignorante de todas las puertas que un apellido podía cerrar. Diane quiso abrazarla, pero temió quebrar la promesa con su desesperación. Solo apretó su mano.

Stefany salió. Ester desplegó un paño sobre las rodillas y comenzó a bordar una flor que, en efecto, resultó espantosa. María enhebró una aguja sin ofrecerse a ayudar. Diane se sentó entre ambas y escuchó el ruido de la puerta principal, los pasos apresurados sobre la grava y, poco después, el galope alejándose hacia los campos.

Por primera vez desde la cena en la mansión Valcárcel, había hecho algo que no le habían ordenado.

La esperanza era pequeña, casi vergonzosa. Aun así, respiraba.

Pasó media hora.

Luego otra.

La oscuridad borró los jardines. Ester encendió la lámpara. María se despidió antes de que regresara Stefany, alegando que Jacobo no toleraba que llegase tarde a casa. Al besar la mejilla de Diane, su perfume dejó un rastro dulce y frío.

—Ojalá tengas más suerte que yo —susurró.

No sonó como un deseo.

A las ocho, Damaris entró para anunciar que el carruaje de Don Guillermo aguardaba en la entrada. Ernesto se encontraba abajo, vestido con el mismo traje de la cena. En el rostro de su madre no había triunfo; solo una calma tan perfecta que parecía ensayada desde muchos años antes.

—Debes cambiarte —dijo—. Regresaremos a la mansión.

Diane se acercó a la ventana.

Más allá de la verja, las linternas del carruaje abrían dos agujeros amarillos en la noche. Miró hacia el camino de los campos, esperando distinguir el caballo de Stefany.

No apareció.

Damaris dejó sobre la cama un vestido color marfil.

—No tenemos tiempo.

Ester recogió la costura con manos torpes. Diane permaneció junto al cristal hasta que su aliento lo cubrió de niebla. Dibujó sobre ella una línea roja imaginaria, la misma que Iván había trazado en su cuadro, pero el calor de la habitación la borró bajo sus dedos.

Abajo, un cochero cerró la portezuela.

El carruaje comenzó a avanzar antes de que Stefany pudiera regresar con Iván.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play