En toda historia existe un héroe, una heroína, un villano y luego estaban ellas.
Dos mujeres que competían incluso por quién era capaz de arruinar con mayor elegancia el día de la otra, toda la nobleza estaba convencida de que, tarde o temprano, una terminaría asesinando a la otra.
El destino también lo creyó, lo que jamás imaginó...era que, la noche de sus bodas, ambas morirían y despertarían dos almas completamente diferentes.
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DARIUS
"Dos mujeres gobernadas por el orgullo jamás podrán compartir el mismo cielo"
—Siempre
Y, mientras toda la atención del Imperio se concentraba en las dos jóvenes más famosas de Astralis nadie prestó atención al tercer carruaje, era mucho más sencillo sin adornos, sin escolta del vehículo descendió una muchacha de cabellos plateados llevaba un vestido sencillo comparado con el de las demás nobles, antes de entrar al palacio se detuvo para ayudar a una anciana sirvienta que había dejado caer una caja con flores, Seraphina hizo una pequeña reverencia y continuó su camino.
A partir de aquella noche, el heredero al trono se convirtió en emperador, Darius Astralis heredó la corona tras la inesperada muerte de su padre siguiendo una tradición de más de tres mil años desposó a Aurelia Solarys, después Damon Vaelis heredó el título de archiduque tras el retiro de su padre y, como estaba acordado desde la infancia contrajo matrimonio con Lyssandra Vaelis, heredera de otra rama de la misma Gran Casa.
Mientras tanto Seraphina Lunaris continuó ganándose el cariño del pueblo, su nombre comenzó a escucharse en cada rincón del Imperio, no tardaron en llamarla: La Santa de Astralis y entonces los rumores comenzaron, un ministro acusado de corrupción, un noble implicado en el tráfico de bestias mágicas, un comerciante que financiaba bandidos todos ellos terminaban relacionados, de una u otra forma, con la emperatriz o la archiduquesa.
Las pruebas parecían irrefutables, los testigos eran numerosos, los documentos aparecían en el momento justo y, curiosamente siempre era Seraphina quien ayudaba a descubrir la verdad.
—La emperatriz es peligrosa
—La archiduquesa siempre fue arrogante
—La Santa es la única capaz de protegernos
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"El emperador jamás permitió que sus sentimientos gobernaran sjs desiciones, por eso el Imperio prosperó durante años"
Darius: (El Palacio Celestial despertaba mucho antes que el sol, los sirvientes comenzaban sus labores cuando el cielo aún permanecía oscuro, los jardineros recorrían los senderos iluminados únicamente por pequeñas esferas mágicas, los caballeros imperiales cambiaban de guardia con un silencio impecable y, exactamente a la misma hora de todos los días una luz se encendía en el despacho del emperador, cinco de la mañana, ni un minuto antes, ni un minuto después, llevaba despierto desde hacía más de una hora, frente a mi descansaban siete informes, tres solicitudes de audiencia, dos mapas militares y una lista con los impuestos de las provincias del norte, era una rutina que repito prácticamente desde los diecisiete años, mi secretario personal dejó otro documento sobre el escritorio)
Tomas: Majestad, la producción de cristales mágicos aumentó un tres por ciento respecto al mes anterior
Darius: Apruébelo
Tomas: Sí, Majestad, las cosechas del este...
Darius: Apruébelas
Tomas: El embajador de...
Darius: Concédale audiencia mañana (Cuando la habitación volvió a quedar en silencio deje finalmente la pluma sobre la mesa me masajeó el puente de la nariz, cerré los ojos apenas unos segundos, el silencio era cómodo, necesario, desde niño había aprendido a apreciarlos, porque el silencio no me juzgaba, no exigía, nunca esperaba nada de mí, recuerdo cuando apenas tenía seis años, una espada de madera temblaba entre mis pequeñas manos, frente a mi estaba el emperador Lucían Astralis, mi padre, no era un hombre cruel pero tampoco un padre cariñoso, era un emperador, mis clases comenzaban antes del amanecer, esgrima, historia, política, economía, magia, diplomacia, etiqueta, estrategia militar, astronomía, idiomas, para mí no existían los días libres, ni las vacaciones, ni los cumpleaños, porque, según repetía el emperador la Corona no descansa.
A los diez años asistí a mi primer Consejo Imperial, no entendí la mitad de lo que discutían, pero permanecí sentado durante seis horas sin moverme, mi padre me pregunto al terminar, ¿Qué aprendiste?, le respondí que todos hablan, él me contestó diciendo, que no, que las personas más peligrosas eran las que no hablaban, a los doce presencié mi primera ejecución, un conde había vendido información militar a un imperio vecino: ¿No podemos perdonarlo?, mi padre respondió ¿Tú lo harías?, obviamente le dije que sí, el respondió diciendo con absoluta calma, entonces dentro de diez años tendrás otra guerra, aquellas palabras permanecieron grabadas para siempre en mi memoria.
Con el tiempo dejé de preguntar y comencé a observar, escuchar, decidir y poco a poco mi niñez desapareció, solo quedó el heredero, a los dieciséis años recibí la noticia de mi compromiso, prometida Aurelia Solarys, nada más, no había retratos, ni poemas, ni promesas, solo un acuerdo político.
La primera vez que la vi de cerca fue durante una reunión del Consejo de las Cuatro Casas, ella apenas tenía diecisiete años, entró acompañando a su padre su postura era impecable, su expresión serena, no habló hasta que le concedieron la palabra, cando lo hizo, todo el salón la escuchó, su análisis sobre el comercio entre las provincias orientales fue tan preciso que incluso varios ministros quedaron sorprendidos, al terminar hizo una reverencia y volvió a guardar silencio.