El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 10
Mariana llegó a casa después de una mañana agotadora en la universidad. Habían practicado intubación en maniquíes y sus dedos aún recordaban la presión exacta necesaria para no dañar la tráquea. Pero en cuanto abrió la puerta y vio a Ricardo en la sala, con esa luz de la tarde filtrándose por la ventana y dándole en el rostro, todo el cansancio se disolvió, mientras el la veía, dejo su laptop, en la cual investigaba sobre su condición y el deporte.
—Tienes cara de sueño
dijo él, sonriendo.
—Tengo cara de quererte
respondió ella, dejando caer la mochila en el suelo y acercándose.
Se inclinó para besarlo, sentándose en su regazo. Lo que empezó como un saludo rápido se prolongó, se profundizó. La lengua de él pidió paso y ella se lo dio. Sus manos se enredaron en su cabello.
—¿Ahora?
preguntó él, con la voz ronca.
—Ahora
respondió ella.
Subieron. La transferencia a la cama fue más fluida que nunca. Ricardo ya había aprendido a usar sus brazos con más fuerza, y Mariana sabía exactamente dónde apoyarlo para que el movimiento fuera menos pesado. Cuando él estuvo recostado contra las almohadas, ella se desnudó con una lentitud deliberada, sabiéndose observada, sabiéndose deseada.
—Eres tan hermosa
murmuró él, mientras ella se colocaba a horcajadas sobre sus caderas.
—Dímelo otra vez
pidió ella, bajando la cara para besarlo.
—Eres hermosa
repitió él contra sus labios.
— Eres todo.
Ella se incorporó. Lo tomó entre sus manos ya no temblaban, ya sabían exactamente lo que hacían y lo alineó con su entrada. Bajó despacio, sintiendo cómo él la llenaba centímetro a centímetro. Ya no dolía. Ahora solo había placer, calor, plenitud.
—Mari
jadeó él, con los dedos clavados en sus caderas.
—Dime
susurró ella, moviéndose en un vaivén lento.
—Te amo.
Ella sonrió. Aceleró el ritmo. Y cuando llegaron juntos, como había ocurrido ya tantas veces, Mariana sintió que ese era su lugar en el mundo. Sobre él. Con él dentro de ella.
Esos días después de la primera entrega fueron un frenesí para hambos, se amaban cada instante que podían.
Al día siguiente, Mariana intentó algo nuevo. Mientras se movía sobre él, cambió el ángulo de sus caderas y un sonido extraño escapó de su boca. Un gemido que sonó más a graznido que a placer.
Ricardo se quedó mirándola un segundo. Luego soltó una carcajada.
—¿Qué fue eso?
—¡No te rías!
dijo ella, sonrojándose.
—Intentaba algo.
—Sonaste como un pato asfixiado.
—¡Ricardo!
Él seguía riendo, pero sus manos la atrajeron hacia él y la besó en la frente.
—Eres la mujer más sexy que he conocido
dijo.
—Incluso cuando graznas.
—No voy a olvidar esto
murmuró ella, pero también estaba riendo.
Terminaron el acto entre risas y susurros. No fue el encuentro más elegante, pero sí uno de los más felices. Después, mientras ella limpiaba el desorden con una toalla, Ricardo le tomó la mano.
—Gracias
dijo.
—¿Por qué?
—Por hacerme reír. Por recordarme que aún puedo ser feliz.
Ella apretó su mano. No dijo nada. No hacía falta.
La siguiente noche no hicieron el amor. Bueno, al principio no. Mariana estaba estudiando anatomía en la cama, con un libro enorme abierto sobre las piernas, y Ricardo estaba a su lado, mirando el techo.
—Dime algo que no sepa
dijo él, después de un rato de silencio.
—¿Como qué?
—No sé. Algo de medicina. Algo que te apasione.
Mariana cerró el libro. Lo miró.
—El corazón tiene sus propias neuronas
dijo.
—Se llama sistema de conducción cardíaca. Puede latir incluso fuera del cuerpo, mientras tenga oxígeno.
—¿En serio?
—En serio. Es como si el corazón tuviera un cerebro pequeño, independiente del de la cabeza.
Ricardo se quedó callado un momento. Luego dijo.
—Como nosotros.
—¿Cómo nosotros?
—Tú y yo. Somos independientes, pero latimos juntos.
Mariana sintió un nudo en la garganta. Cerró el libro de golpe, lo dejó a un lado y se arrojó sobre él. Lo besó con una ferocidad que los sorprendió a ambos.
—Mari, ¿y el estudio?
preguntó él, entre beso y beso.
—Que se joda el estudio
respondió ella.
Esa noche no hubo risas. No hubo juegos. Hubo algo más profundo, más primario. Ella se movía sobre él con una urgencia que bordeaba lo salvaje, y él la sostenía, la guiaba, la miraba como si ella fuera el único milagro en el que aún creía.
Cuando terminaron, Mariana lloró. No de tristeza. De algo que no sabía cómo nombrar.
—¿Estás bien?
preguntó él, preocupado.
—Estoy
dijo ella, riendo entre lágrimas.
— Estoy mejor que bien.
El jueves de esa semana fue diferente. Mariana no tenía clases hasta el mediodía, así que amanecieron abrazados. La luz del sol entraba por la ventana y pintaba la habitación de dorado, la enfermera que le daba sus medicamentos y hacía sus terapias a Ricardo en la mañana le dijeron que no viniera hoy, El ya estaba controlando todo solo, los movimientos en la casa eran más fácil con el tiempo.
—Buenos días
dijo él, con la voz ronca de sueño.
—Buenos días
respondió ella, acurrucándose más contra él.
Ricardo bajó una mano por su espalda, recorrió su cadera, se detuvo en su muslo.
—¿Otra vez?
preguntó ella, con una ceja alzada.
—Otra vez
respondió él, con una sonrisa pícara.
Esa mañana hicieron el amor con una lentitud que dolía de lo buena que era. Cada movimiento era pausado, deliberado, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Y quizá lo tenían. Quizá ese era el lujo de haberse encontrado después de tanto esperar, no tener prisa.
Cuando terminaron, Mariana se quedó recostada sobre su pecho, escuchando su corazón.
—Te voy a extrañar hoy
dijo él.
—Vuelvo al mediodía
respondió ella.
—Igual te voy a extrañar.
Ella levantó la cabeza. Lo besó.
Se fue a la universidad con una sonrisa que no se borró en todo el día.
al día siguiente Mariana estaba en la cocina preparando el desayuno, tostadas, esta vez no las quemo, cuando escuchó un ruido detrás de ella. Volteó. Ricardo estaba en la entrada de la cocina. En su silla de ruedas, sí. Pero había llegado solo.
—Bajé solo
dijo, con una sonrisa de oreja a oreja
— La rampa ya no me da miedo.
Mariana dejó caer el cuchillo que tenía en la mano y corrió hacia él. Se arrodilló frente a la silla y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Te dije que podías
dijo, con la voz quebrada.
—Tú lo dijiste
respondió él.
— Yo lo hice.
Esa noche, el sexo fue una celebración. Mariana se sentó sobre él con una energía nueva, y él respondió con una intensidad que la dejó sin aliento. Sus manos recorrían su cuerpo como si quisieran memorizarlo, y ella se movía sobre él como si quisiera fundirse con su piel.
—No me sueltes
pidió él, en un momento de lucidez.
—Nunca
respondió ella.