A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 16
La oscuridad de la habitación se convirtió en el escenario donde las mentiras, los contratos y los fantasmas del pasado finalmente se desintegraron. Ya no había cámaras que esquivar, ni un público al que convencer, ni la sombra resentida de Adrián interponiéndose entre ellos. En la penumbra rota únicamente por los últimos destellos de la tormenta, solo quedaban Marcos y Valery, despojados de sus armaduras y enfrentados a la verdad más cruda de su atracción.
Marcos la guio hacia la inmensa cama, pero no hubo prisa en sus movimientos, sino una deliberada y tortuosa lentitud. Con sus manos grandes y cálidas, deslizó los tirantes finos del minivestido de seda de Valery, dejando que la prenda resbalara por su cuerpo húmedo hasta caer al suelo en un suave susurro de tela. Valery contuvo el aliento cuando los ojos oscuros de Marcos la recorrieron por completo, destilando una devoción y un fuego salvaje que se habían acumulado en secreto durante años de silenciosa espera.
—Te deseé desde el primer maldito segundo en que te vi, Valery —murmuró él, su voz de barítono descendiendo a un susurro ronco y cargado de una posesividad absoluta—. Pero esta noche finalmente eres mía.
Cuando Marcos la tomó entre sus brazos, Valery descubrió lo que significaba ser verdaderamente deseada. El contacto físico fue un despliegue de erotismo de alta intensidad; los labios de Marcos devoraron los suyos con una urgencia abrasadora, mientras sus dedos largos se enterraban en la firmeza de sus caderas, elevando la temperatura de la habitación hasta volver el aire asfixiante. No era el tacto torpe o egoísta al que ella estaba acostumbrada en su pasado; era una entrega total, un reclamo mutuo donde cada caricia y cada jadeo eran correspondidos en el plano más íntimo y profundo.
La fricción de sus cuerpos desató un calor denso y líquido que nubló la mente de Valery por completo. Ella arqueó la espalda, enredando sus manos en los hombros anchos de Marcos, guiada por una corriente eléctrica que la consumía viva mientras él trazaba un camino de besos húmedos por su cuello y su clavícula. En el clímax de la noche, atrapados en un vaivén de pura estimulación sensorial, Valery entendió que el pacto se había roto para siempre: se habían quemado en el mismo fuego y ya no había vuelta atrás.
Unas horas más tarde, la noche dio paso a la formalidad de los Sánchez. Estela había organizado una cena íntima en el gran comedor de la residencia principal, convocando a la familia bajo el pretexto de celebrar la nueva estructura ejecutiva de la constructora.
Cuando las puertas del comedor se abrieron, la atmósfera densa y tensa que solía reinar en las reuniones familiares se sintió diferente. Sentados a la mesa estaban Estela, manteniendo su postura aristocrática, Susana, que los recibió con una sonrisa cómplice, y un Adrián visiblemente amargado que evitaba fijar la mirada.
Sin embargo, todas las miradas se clavaron en los recién casados en cuanto ocuparon sus asientos.
Valery, luciendo un espectacular vestido ceñido color esmeralda, y Marcos, impecable en una camisa oscura, estaban tan acaramelados que la farsa de su matrimonio se había esfumado por completo. Ya no necesitaban forzar las caricias bajo el mantel ni mirarse con devoción fingida para convencer a la matriarca. El cambio en ellos era orgánico, palpable y abrumador.
Durante el servicio, Marcos mantuvo su mano apoyada de forma prolongada en la cintura de Valery, atrayéndola sutilmente hacia él mientras conversaban con Susana sobre las filiales internacionales. Valery, lejos de mostrarse rígida, respondía al toque inclinando la cabeza hacia su esposo, acariciándole el dorso de la mano con los dedos y dedicándole sonrisas cómplices que desbordaban una sensualidad genuina y relajada. Sus mejillas encendidas y el brillo renovado en sus ojos delataban la complicidad de lo vivido en el ático.
Adrián apretó los dientes, tragándose su enojo al notar que el lenguaje corporal de Valery ya no reflejaba despecho, sino una entrega real hacia su hermano mayor. Estela, observando en silencio desde la cabecera, guardó una profunda sorpresa al ver que la química arrolladora que antes cuestionaba ahora era un hecho indiscutible. El juego de apariencias había terminado porque la farsa se había convertido en su verdad más absoluta.