Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 8: Una promesa para el futuro y nuestra primera vez
Habían pasado dos años desde que Malena y yo comenzamos nuestra relación. Fueron dos años llenos de momentos inolvidables, risas, paseos, sueños compartidos y mucho amor. Nuestra relación era cada día más fuerte y nuestras familias ya sabían que éramos novios. Tanto los Montoya como los Zúñiga nos apoyaban y siempre nos recibían con cariño.
Una tarde decidimos hacer algo que hacía mucho no hacíamos.
—Mi reina, ¿qué le parece si hoy volvemos a montar a caballo? —le pregunté mientras llegaba a la hacienda.
Malena sonrió apenas me vio.
—Me parece una idea hermosa. Hace rato no recorremos la finca como antes.
Fuimos hasta el establo y ensillamos nuestros caballos.
—¿Lista?
—Siempre lista para una aventura con usted.
Los dos soltamos una risa y comenzamos el recorrido por los mismos caminos donde años atrás habíamos empezado a enamorarnos.
Mientras avanzábamos entre los árboles, Malena miraba el paisaje.
—¿Se acuerda cuando veníamos solo como amigos?
—Claro que sí. Yo ya estaba enamorado de usted y usted ni cuenta se daba.
Ella comenzó a reír.
—Mentiroso.
—Se lo juro. Cada vez que venía a buscar a Maximiliano, la buscaba primero a usted.
—Pues yo también esperaba verlo llegar, aunque nunca se lo dije.
Seguimos cabalgando entre los cafetales hasta llegar al río donde todo había comenzado.
Bajamos de los caballos y los dejamos pastando cerca de la orilla.
Nos sentamos sobre una piedra mientras el agua corría tranquilamente.
Malena tomó mi mano.
—Este lugar siempre será especial para nosotros.
—Aquí fue donde tuve el valor de decirle que me gustaba.
Ella sonrió.
—Y aquí fue donde le dije que quería conocerlo mejor.
Nos quedamos unos minutos observando el río y recordando cada momento vivido.
Después la miré fijamente.
—Malena...
—¿Sí, amor?
Respiré profundamente.
—Hay algo que llevo tiempo pensando.
Ella me observó con atención.
—¿Qué pasa?
Sonreí.
—No se asuste, no es nada malo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces dígame.
Tomé sus dos manos entre las mías.
—Han pasado dos años desde que empezamos esta historia.
—Sí.
—Y puedo decir con toda seguridad que cada día la amo más.
Los ojos de Malena comenzaron a brillar.
Continué hablando.
—Usted ha sido mi compañera, mi amiga y la mujer que le da alegría a mis días. No me imagino un futuro donde usted no esté.
Ella acarició mi mano.
—Yo tampoco me imagino una vida sin usted.
Sentí un nudo en la garganta.
—Por eso quiero hacerle una promesa.
Ella sonrió con curiosidad.
—¿Cuál?
La miré directamente a los ojos.
—Cuando cumplamos cuatro años de novios, le voy a pedir que sea mi esposa.
Malena abrió los ojos sorprendida.
—¿De verdad?
Asentí.
—Sí. Quiero hacer las cosas bien. Quiero ahorrar, prepararme y pedir la bendición de nuestras familias. Y cuando llegue ese día, me arrodillaré frente a usted para pedirle que pase el resto de su vida conmigo.
Malena no pudo contener las lágrimas.
—Isaías...
—No tiene que responder ahora. Solo quería que supiera lo que hay en mi corazón.
Ella dio un paso hacia mí y me abrazó con fuerza.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque nunca había conocido a un hombre que soñara un futuro tan bonito conmigo.
Le acaricié el cabello.
—Ese futuro lo construiremos juntos.
Ella levantó la mirada.
—Voy a esperar ese día con mucha ilusión.
Sonreí.
—Y yo voy a trabajar muy duro para cumplir mi promesa.
Nos abrazamos una vez más mientras el viento movía los árboles y el sonido del río nos acompañaba.
Antes de regresar a los caballos, Malena tomó mi mano y dijo con una sonrisa:
—Isaías...
—¿Sí, mi reina?
—No importa si pasan dos años más o diez. Si Dios lo permite, cuando llegue ese momento... mi respuesta será sí.
Sentí que el corazón me latía con más fuerza que nunca.
Le di un beso en la frente y luego caminamos hacia nuestros caballos.
Montamos de nuevo y regresamos lentamente a la hacienda, recordando cada uno de los momentos que habíamos vivido desde el primer día en que nos conocimos.
Mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas de Antioquia, comprendí que el verdadero amor no solo se demuestra con palabras, sino también con promesas sinceras y con el compromiso de cumplirlas. En mi corazón ya no había dudas: Malena era la mujer con la que soñaba compartir toda mi vida, y haría todo lo posible para que, al cumplir nuestros cuatro años de noviazgo, esa promesa se convirtiera en realidad.
Después de aquella promesa que le hice a Malena la bese y empecé a tocarle las piernas ella no me apartó al contrario me beso con más fuerza y poco a poco nos quitamos la ropa hasta quedar completamente desnudos .
La acosté suavemente en la arena me subí encima de ella y se la metí despacio lo hicimos en varias posiciones y acabe dentro de ella