Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
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Capítulo 3: El Pacto consigo misma.
La tarde cayó lentamente sobre la mansión Russell.
Los rayos anaranjados del sol atravesaban las ventanas mientras Loretta revisaba los registros domésticos que había solicitado horas atrás. Varias hojas permanecían extendidas sobre la mesa; nombres, gastos, compras y pagos que en su vida pasada jamás se molestó en mirar.
Ahora cada línea tenía importancia.
Cada nombre podía ser un aliado.
O un enemigo.
Ya había identificado a tres sirvientes que terminaron colaborando con Beatrice Russell años después. También encontró movimientos extraños relacionados con un proveedor vinculado a Julian.
Era pronto para actuar.
Si comenzaba a despedir personas de inmediato levantaría sospechas.
Debía hacerlo con cuidado.
Con inteligencia.
Con paciencia.
Loretta cerró el libro de registros y soltó un largo suspiro.
Su mirada descendió hasta su vientre.
Todavía plano.
Todavía imposible de notar.
Sin embargo, ella conocía la verdad.
Su hijo estaba allí.
Aquella pequeña vida era la razón de todo.
La razón por la que debía acumular riqueza.
La razón por la que necesitaba proteger a Carter.
La razón por la que no podía permitirse ningún error.
Pero para lograrlo necesitaba algo fundamental.
Acceso total a los recursos del ducado.
Y solo una persona podía concedérselo.
Carter.
Loretta se puso de pie.
Sintió nervios.
Aquello le resultó extraño.
En la primera vida jamás se sintió nerviosa frente a él porque nunca se preocupó demasiado por lo que pensara.
Ahora era diferente.
Mucho más diferente de lo que estaba dispuesta a admitir.
Abandonó sus aposentos y caminó por los largos pasillos de la mansión.
Los sirvientes la saludaban al pasar.
Algunos parecían sorprendidos de verla caminar con un propósito tan definido.
Loretta lo notó.
En el pasado pasaba gran parte del día encerrada o distraída en actividades sin importancia.
La imagen que tenían de ella era la de una joven consentida.
Y eso estaba bien.
Que siguieran creyéndolo.
Mientras menos entendieran sus movimientos, mejor.
Cuando llegó al despacho principal, el guardia de la puerta inclinó la cabeza.
—Mi lady.
—¿Mi esposo está dentro?
—Sí.
Loretta respiró hondo.
—Anúnciame.
El hombre obedeció.
Un minuto después la puerta se abrió.
—El Conde la recibirá.
Loretta entró.
El despacho seguía igual que en sus recuerdos.
Amplio.
Ordenado.
Funcional.
No había lujos innecesarios.
Solo mapas militares, documentos administrativos, estanterías llenas de informes y una enorme mesa de trabajo.
Y detrás de ella estaba Carter.
Concentrado.
Serio.
Imponente.
Vestía ropa oscura de entrenamiento y varios documentos estaban dispersos frente a él.
Levantó la vista apenas ella entró.
La sorpresa apareció de inmediato.
Porque Loretta nunca visitaba su despacho.
Nunca.
—Loretta.
Su voz conservó la calma habitual.
—¿Ocurre algo?
—Necesito hablar contigo.
Carter dejó la pluma.
—Entonces toma asiento.
Ella obedeció.
Durante unos segundos ambos guardaron silencio.
Carter esperaba.
Loretta organizaba sus palabras.
Debía hacerlo bien.
Necesitaba una explicación creíble para justificar su cambio.
Finalmente habló.
—Quiero proponerte un trato.
Una ceja rubia se elevó ligeramente.
—¿Un trato?
—Sí.
—Te escucho.
Loretta sostuvo su mirada.
Aquello también era diferente.
Antes rara vez lo hacía.
—He estado pensando mucho.
—Eso parece.
Había un matiz curioso en su voz.
Loretta casi sonrió.
—Sé que he sido inmadura.
La sorpresa ahora fue más evidente.
Carter permaneció inmóvil.
—Continúa.
—Cuando me casé contigo era demasiado joven. No entendía muchas cosas.
—Sigues siendo joven.
—Ya no tanto.
Aquella respuesta provocó algo parecido a diversión en el rostro del hombre.
Duró apenas un instante.
Pero ella lo vio.
Y recordó cuánto había echado de menos esos pequeños momentos.
—¿Qué clase de trato quieres hacer?
Loretta apoyó ambas manos sobre su regazo.
—Quiero dejar de comportarme como una niña.
Carter la observó en silencio.
—Y quiero ocuparme de las responsabilidades de una Condesa.
—¿De cuáles exactamente?
—La administración interna del ducado.
Ahora sí captó toda su atención.
—Eso es bastante trabajo.
—Lo sé.
—También requiere experiencia.
—La conseguiré.
—Y paciencia.
—Tengo paciencia.
Aquello casi le arrancó una sonrisa.
—No estoy completamente convencido de esa última parte.
Loretta sintió una pequeña punzada de vergüenza.
Porque tenía razón.
Su versión anterior carecía totalmente de paciencia.
—Estoy intentando mejorar.
—Lo noto.
Ella lo miró.
—¿Entonces?
Carter cruzó los brazos.
—Aún no me has dicho qué recibiré yo a cambio.
Loretta quedó inmóvil unos segundos.
Después soltó una breve risa.
—¿Desde cuándo negocias así?
—Desde que alguien vino a mi despacho a proponer un trato.
Aquello sonó tan serio que terminó resultando gracioso.
Loretta bajó la mirada para ocultar su sonrisa.
Carter la observó.
Y algo extraño ocurrió.
Durante un instante olvidó responder.
Porque aquella expresión era diferente.
Más suave.
Parecía otra persona.
Una versión más madura de la mujer con la que se había casado.
La sensación le resultó desconcertante.
—¿Loretta?
Ella volvió a levantar la cabeza.
—Tienes razón.
—Siempre la tengo.
La respuesta salió tan seca que Loretta soltó una carcajada.
Una auténtica.
La habitación quedó en silencio.
Porque Carter se quedó mirándola.
Aquella risa tampoco era habitual.
No con él.
No dirigida a él.
Loretta fue la primera en apartar la vista.
—Bien, responderé.
Tomó aire.
—Si me permites administrar el ducado, me aseguraré de aumentar los ingresos de la familia Russell.
—Eso es ambicioso.
—Lo lograré.
—¿Cómo?
—Tengo algunas ideas.
—¿Qué clase de ideas?
—Secretos comerciales.
—¿Cómo?
—Confía en mí.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
El silencio volvió.
Más pesado esta vez.
Porque confiar.
Esa palabra nunca había existido entre ellos.
Carter desvió la mirada hacia la ventana.
—No suele ser tan sencillo.
Loretta comprendió inmediatamente el significado.
No hablaba de negocios.
Hablaba de ellos.
De los años de distancia.
De los rechazos.
De las puertas cerradas.
La culpa apretó su pecho.
—Lo sé.
Carter volvió a mirarla.
Había algo cansado detrás de sus ojos.
Algo que ella jamás había querido ver antes.
—Entonces sabes que pedir confianza de repente es complicado.
Loretta tragó saliva.
—No puedo cambiar el pasado.
—No.
—Pero puedo cambiar lo que haga desde ahora.
La sinceridad de aquella respuesta lo tomó desprevenido.
Porque ella no estaba discutiendo.
No estaba ofendida.
No estaba intentando escapar de la conversación.
Simplemente estaba siendo honesta.
Y eso era nuevo
Loretta bajó una mano hacia su vientre.
El gesto fue breve.
Instintivo.
Carter no entendió su significado.
Ella sí.
Necesitaba oro.
Mucho oro.
Necesitaba financiar investigaciones, preparar rutas comerciales, acumular reservas, Necesitaba construir el futuro que jamás tuvo.
Y para hacerlo requería autoridad.
—Mi condición es simple —dijo finalmente—. Libertad financiera.
Carter parpadeó.
—¿Libertad financiera?
—Total.
—Eso es mucho dinero y poder. ¿Y esperas que lo entregue así de fácil?
Loretta sostuvo su mirada.
—Sí.
—Tienes una confianza impresionante.
—Tengo motivos.
Carter la estudió detenidamente.
Aquellos ojos, su seguridad y tranquilidad.
Nada encajaba con la Loretta que conocía.
Y aun así no parecía una mentira.
Era como si hubiera despertado siendo otra persona.
La idea era absurda.
Pero no encontraba otra explicación.
—¿Qué ocurrió realmente esta mañana? —preguntó de repente.
Loretta sintió un sobresalto.
—¿A qué te refieres?
—Despertaste llorando.
—Sí.
—Después comenzaste a actuar de forma completamente distinta.
Ella sostuvo su mirada.
Sabía que aquella pregunta llegaría tarde o temprano.
—Te dije que tuve una pesadilla.
—Una pesadilla no cambia a una persona.
Loretta guardó silencio.
Porque en realidad sí podía hacerlo.
Especialmente cuando aquella pesadilla era una vida completa.
—Quizá me hizo pensar.
Carter siguió observándola.
Buscando algo.
Una mentira.
Una contradicción.
Cualquier señal.
No encontró ninguna.
Finalmente soltó un suspiro.
—Eres un misterio.
—Eso suena mejor que inmadura.
—No te emociones. Aún estoy evaluando cuál es peor.
Loretta volvió a reír.
Y Carter descubrió algo incómodo.
Le gustaba escucharla reír.
Mucho más de lo que debería.
Apartó ese pensamiento inmediatamente.
Ella tenía veinticuatro años.
Él treinta y siete.
Siempre había sentido que la diferencia era demasiado grande.
Siempre temió estar reteniendo a una mujer que merecía alguien más cercano a su edad.
Alguien que pudiera hacerla feliz.
Por eso nunca exigió nada.
Por eso aceptó su distancia.
Por eso aceptó tan poco de ella.
La observó nuevamente.
Y aquella idea se volvió menos firme que antes.
—De acuerdo —dijo al fin.
Loretta abrió los ojos.
—¿De acuerdo?
—Acepto el trato.
—¿En serio?
—Sí.
La sorpresa fue genuina.
—¿Así de fácil?
—No tan fácil.
Carter se inclinó hacia delante.
—Si descubro que estás llevando al ducado hacia un desastre, intervendré.
—Aceptado.
—Y recibiré informes semanales.
—Aceptado.
—Y no podrás esconder pérdidas.
—Aceptado.
—Y...
—Carter.
—¿Sí?
—Ya acepté.
Una sombra de diversión apareció en su rostro.
—Solo quería asegurarme.
Loretta sintió alivio.
Un alivio enorme.
Porque acababa de obtener el primer paso para cambiar el futuro.
Se puso de pie.
Carter hizo lo mismo.
Quedaron frente a frente.
Por un momento ninguno habló.
Entonces Loretta levantó la vista.
Y lo observó.
Observó al hombre que murió en la guerra.
Al hombre que jamás dejó de respetarla.
Al padre de su hijo.
Su mirada se suavizó sin darse cuenta.
Llena de afecto.
De gratitud.
De algo profundo que todavía estaba aprendiendo a comprender.
Carter sintió un extraño golpe en el pecho.
Porque nunca antes ella lo había mirado así.
Jamás.
Y no supo qué hacer con esa sensación.
—Gracias —dijo Loretta en voz baja.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Los ojos de ambos se encontraron.
Carter no entendió el verdadero significado de aquellas palabras.
No entendió que ella estaba agradeciendo mucho más que un acuerdo financiero.
Estaba agradeciendo que siguiera vivo.
Y mientras Loretta abandonaba el despacho con una renovada determinación, Carter permaneció inmóvil varios segundos, observando la puerta cerrada.
Aquella tarde había aceptado un negocio.
Eso era lo que intentaba decirse.
Sin embargo, una parte de él sospechaba que acababa de comenzar algo mucho más complicado.