En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
NovelToon tiene autorización de Susiluu_ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: La catedral del silencio
«En las profundidades de la tierra, los recuerdos que nadie quiso pronunciar no mueren. Se vuelven piedra.»
— Manuscrito del Nivel Cero
El bronce crujió con el lamento del metal anciano.
La puerta se dividió lentamente en dos, desprendiendo siglos de polvo, óxido y pequeñas escamas verdosas que descendían con la lentitud de la nieve. Durante unos segundos nadie respiró. El eco del mecanismo continuó propagándose por los túneles, multiplicándose como si cientos de puertas idénticas estuvieran abriéndose al mismo tiempo en las profundidades del mundo.
Detrás de ella no había oscuridad.
Había una penumbra azulada y densa, atravesada por hilos de luz que flotaban en el aire como delicadas hebras de seda suspendidas en agua inmóvil.
El aire era distinto.
Frío.
Limpio.
Demasiado limpio.
No olía a humedad ni a piedra. Tampoco al óxido que impregnaba los viejos conductos de mantenimiento. Allí solo existía un tenue aroma mineral, casi dulce, imposible de identificar.
Kael dio un paso vacilante.
Las imágenes de la visión seguían quemándole detrás de los párpados.
El mar de cristal.
La ciudad consumida por un fuego blanco.
Millones de personas alzando la mirada hacia un cielo que se partía en dos.
Y aquella voz...
"Aún queda tiempo."
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Las escenas desaparecían poco a poco, pero la sensación permanecía. Era como despertar de un sueño sabiendo que había olvidado algo imprescindible.
Lyra sujetó su brazo antes de que perdiera el equilibrio.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Kael tardó unos segundos en responder.
Inspiró profundamente.
—Estoy... bien.
La mentira sonó tan frágil que ni él mismo la creyó.
Se llevó una mano al rostro.
Le temblaban los dedos.
No era miedo.
Era otra cosa.
Como si una parte de él acabara de reconocer aquel lugar.
Como si ya hubiera estado allí... mucho antes de nacer.
Detrás de ellos, los ecos de la tubería comenzaron a cambiar.
Primero fueron vibraciones.
Después pasos.
Luego voces.
Humanas.
Cada vez más cercanas.
—¡Zona despejada! —gritó alguien a través de un megáfono—. ¡Están al final del túnel!
El destello de varias linternas tácticas atravesó la nube de vapor que aún flotaba en el conducto.
Las sombras avanzaban deprisa.
Seis soldados de la Orden aparecieron al fondo del túnel.
Vestían armaduras negras reforzadas con placas cerámicas y cascos de visor térmico. Sus movimientos eran precisos, sincronizados, casi mecánicos.
Cada uno portaba un fusil electromagnético.
Los seis levantaron sus armas al mismo tiempo.
Los puntos láser rojos atravesaron la oscuridad y se detuvieron sobre el enorme portón abierto.
—¡Objetivos localizados!
—¡No dejéis que crucen!
—¡Entrad! —ordenó Sujeto A-00, colocándose frente a Kael y Lyra.
Los dos dudaron.
El anciano permanecía inmóvil junto al mecanismo de la puerta.
La luz de su vieja linterna iluminaba apenas su rostro arrugado.
Kael dio un paso hacia él.
—¡Anciano, venga con nosotros!
El viejo sonrió.
No era una sonrisa triste.
Era la sonrisa de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando aquel instante.
—Mi viaje terminó el día que cerraron esta puerta, Kael.
Los disparos comenzaron.
Las balas impactaron contra el arco de piedra levantando chispas y fragmentos de roca.
El anciano ni siquiera giró la cabeza.
Miró por última vez el inmenso santuario que se extendía tras el umbral.
Sus ojos brillaron con una emoción serena.
—He cumplido mi promesa.
Levantó entonces la vieja linterna de aceite.
Durante un segundo pareció sostener una reliquia sagrada.
Después la estrelló con fuerza contra el suelo metálico.
El cristal explotó.
El aceite negro, acumulado durante años junto a la entrada, prendió al instante.
Una lengua de fuego recorrió el pasillo como una serpiente.
Las llamas se elevaron varios metros, formando un muro ardiente entre los soldados y la puerta.
—¡Atrás! —gritó el comandante de la Orden.
Dos hombres intentaron atravesarlo.
Retrocedieron inmediatamente, envueltos por el calor.
Sujeto A-00 aprovechó esos segundos.
Corrió hacia el reverso del portón y sujetó una inmensa palanca de bronce unida al antiguo sistema de contrapesos.
Sus músculos temblaron.
La cadena chirrió.
El mecanismo llevaba siglos sin moverse.
Con un rugido profundo, la puerta comenzó a cerrarse.
Centímetro a centímetro.
Como si la montaña entera pesara sobre ella.
Los soldados descargaron otra ráfaga de disparos.
Las balas atravesaban las llamas, golpeando el metal sin conseguir detenerlo.
Sujeto A-00 permaneció firme.
Ni una sola expresión apareció en su rostro.
Solo antes de desaparecer tras el enorme portón volvió la cabeza hacia Kael.
Y habló con una voz tranquila.
—Proteged el origen.
Fueron sus últimas palabras.
El gigantesco portón de bronce terminó de cerrarse con un estruendo que hizo vibrar toda la montaña.
El cerrojo descendió lentamente.
Una barra de piedra maciza encajó en su lugar.
El impacto resonó durante varios segundos.
Después solo quedaron los disparos amortiguados al otro lado.
Golpes.
Voces.
Órdenes.
Todo fue apagándose poco a poco.
Hasta que...
Silencio.
Un silencio tan absoluto que Kael podía escuchar el latido de su propio corazón.
Nadie habló.
Ni él.
Ni Lyra.
Permanecieron inmóviles frente a la puerta cerrada.
Sabían que acababan de perder al único hombre que había protegido aquel lugar durante décadas.
Quizá durante siglos.
Lyra inclinó lentamente la cabeza.
Como si acabara de asistir al funeral de alguien cuyo nombre el mundo jamás conocería.
Kael cerró los ojos un instante.
—Gracias... —susurró.
La montaña no respondió.
Solo el silencio.
Entonces giraron.
Y contemplaron, por primera vez, el Nivel Cero.
No era una sala de archivos.
No era un laboratorio.
No era una cámara secreta.
Era una catedral.
Una inmensa caverna excavada en la roca madre, tan vasta que el techo desaparecía entre sombras azuladas. Colosales columnas naturales ascendían cientos de metros, fusionándose con la bóveda como si hubieran sido esculpidas por manos divinas.
Miles de estalactitas cristalinas colgaban desde lo alto.
Cada una irradiaba una luz tenue.
No había lámparas.
No existían antorchas.
La propia piedra iluminaba el lugar.
El suelo estaba pulido hasta parecer un espejo oscuro.
Cada paso producía pequeñas ondas de luz azul que viajaban por la superficie antes de desaparecer en la distancia.
Las paredes estaban cubiertas por incontables nichos naturales.
En cada uno descansaba una pequeña esfera de cristal.
Miles.
Quizá millones.
Todas distintas.
Algunas brillaban con un azul profundo.
Otras emitían destellos dorados.
Había esferas verdes, violetas, plateadas e incluso negras, cuya oscuridad parecía absorber la luz cercana.
Ninguna permanecía completamente inmóvil.
Sus resplandores latían lentamente.
Como corazones.
Como si cada una respirara.
Lyra avanzó fascinada.
Acercó la mano a una de ellas sin llegar a tocarla.
Dentro del cristal pareció formarse una imagen.
Una niña riendo.
Un anciano escribiendo.
Una lluvia sobre una ciudad desconocida.
La visión desapareció al instante.
Lyra contuvo la respiración.
—No son recuerdos borrados...
Su voz apenas fue un susurro.
—Son recuerdos que nunca fueron extraídos.
Kael observó el océano de pequeñas luces.
Sintió un peso extraño en el pecho.
—Memorias puras...
Miles de vidas.
Miles de historias.
Miles de personas que habían existido sin que nadie alterara lo que eran.
Allí permanecían intactas.
Protegidas del olvido.
El silencio de la catedral ya no resultaba vacío.
Estaba lleno.
Lleno de voces que jamás se pronunciaban.
De despedidas.
De promesas.
De lágrimas.
De risas.
Era como caminar por el interior de la memoria de la humanidad.
Cada esfera representaba una vida.
Cada vida sostenía un fragmento del mundo.
Y comprendió entonces por qué la Orden había intentado destruir aquel lugar.
Porque mientras existiera el Nivel Cero...
La verdad nunca podría desaparecer.
Los dos continuaron avanzando lentamente por el inmenso corredor central.
Al fondo, sobre una plataforma elevada de piedra negra, se alzaba una estructura de cristal oscuro.
Un altar.
Idéntico al que Kael había visto una y otra vez en sus sueños.
Pero este no estaba roto.
No tenía grietas.
No mostraba señales de haber sido dañado.
Parecía esperar.
Como si hubiera permanecido intacto desde el principio de los tiempos.
Y sobre su cumbre...
Sentada en un trono tallado en cristal negro...
Una figura inmóvil los observaba desde la penumbra.
No se movía.
No respiraba.
Pero, aun desde aquella distancia, Kael sintió que aquellos ojos ya lo conocían.
Y que llevaban esperándolo toda su vida.