Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 2: La semilla de la duda
La noche en Sereia no es oscura; es opresiva. Para Ana, las horas que transcurrieron entre la puesta de sol y el primer rayo de luz del amanecer fueron una tortura de vigilia interminable. Apenas se atrevió a cerrar los ojos, envuelta en una sábana que, a pesar de estar en pleno verano, se sintió húmeda y gélida. La habitación, a pesar de ser espaciosa y estar decorada con un gusto exquisito, parece encogerse a su alrededor.
Escucha cada crujido de la estructura de madera, cada sonido sordo del bosque exterior, y cada ráfaga de aire que, sin una ventana abierta, parece serpentear por la habitación como si tuviera voluntad propia. A intervalos irregulares, la temperatura en la habitación sufre cambios drásticos. Pasa de un frío que le cala los huesos, obligándola a tiritar, a un calor repentino y sofocante, como si una fiebre invisible se hubiera apoderado del ambiente. En esos momentos de calor, el aire se volvía denso, cargado de una electricidad estática que le erizo el vello de los brazos. Se sintio observada. No es la paranoia habitual de alguien que teme a la oscuridad; es una certeza física, una presión en el aire que le indica que algo más (algo que ocupaba un espacio dimensional diferente) esta allí, justo a su lado.
Mientras Ana lucha contra el pánico, conteniendo la respiración, Daiana duerme a apenas unos metros de distancia. Su sueño es profundo, pesado, casi envidiable. Ana la observa, preguntándose cómo puede descansar con tanta ligereza en un lugar que parece emanar una hostilidad sorda. ¿Cómo puede ignorar esto?, se pregunto. ¿Acaso no siente cómo el aire cambia de textura, cómo el silencio se vuelve un peso insoportable?.
Al llegar la mañana, cuando la luz grisácea del alba comenzó a filtrarse por los ventanales de estilo victoriano, Ana se levantó sintiéndose como un zombie. Tiene los ojos llenos de ojeras, las facciones demacradas por la falta de sueño y los nervios a flor de piel. Su cuerpo, agotado tras una noche de alerta constante, apenas responde. Se movió por la casa con pesadez, sintiendo que cada paso sobre el suelo de madera es una intrusión en el territorio de alguien más.
Daiana, por el contrario, apareció en la cocina con un semblante fresco, habiendo descansado como si estuviera en su propia cama de toda la vida. Al ver a su hermana, su expresión de eficiencia profesional cambió a una de genuina preocupación.
__Ana, Dios mío, pareces un espectro. ¿No has dormido nada?__. Preguntó Daiana, mientras enciende la cafetera.
__No me digas eso__. Replicó Ana, con la voz ronca por el cansancio.
__No he pegado ojo. Esta casa... Daiana, tienes que escucharme. No podemos quedarnos aquí. He pasado la noche sintiendo que alguien estaba de pie junto a mi cama. He sentido frío, luego calor, he sentido miradas... este lugar no está bien. Por favor, busquemos otro alquiler. Tengo dinero ahorrado, podemos pagar un hotel en el centro, algo más pequeño, algo normal__.
Daiana suspiró, dejando la taza sobre la encimera. Se acercó a su hermana y le tomó las manos, que estan frías como el hielo.
__Ana, escúchame bien. Tu cuerpo ha reaccionado a un entorno nuevo, al estrés de la mudanza y, sobre todo, a tu propia autosugestión. Sereia tiene fama de ser un pueblo cargado de leyendas, y tu cerebro, anticipando el miedo, ha creado patrones para confirmar ese miedo. La temperatura cambia porque las casas viejas tienen problemas de aislamiento, no porque haya un espíritu moviendo el termostato. Este lugar es perfecto. Es grande, es privado y es, científicamente hablando, el lugar ideal para mi investigación. No voy a renunciar a una oportunidad de graduarme con honores solo por una noche de insomnio__.
Ana se soltó con suavidad, frustrada. Conoce esa mirada en Daiana; es la mirada de quien ha decidido una verdad y no hay dato en el mundo que pueda moverla de ahí.
__Está bien__. Dijo Ana, rindiéndose ante la terquedad de su hermana.
__Pero no me pidas que entienda tu lógica. Si esto es lo que quieres, adelante. Solo... por favor, Daiana, te lo ruego, mantén tu teléfono cerca. Si ocurre algo, cualquier cosa, por mínima que sea, no intentes buscarle una explicación científica. Solo sal de ahí__.
__Te prometo que tendré cuidado__. Respondió Daiana con una sonrisa condescendiente, aunque sus ojos muestran un atisbo de ternura.
__Estaré alerta, como siempre. Pero Ana, hay que diferenciar entre lo que es real y lo que es miedo. El miedo a la oscuridad, a los lugares cerrados, a lo desconocido... es una respuesta evolutiva perfectamente normal. Sentir miedo no te hace débil, ni significa que estés ante algo sobrenatural. Es solo nuestra biología tratando de protegernos de peligros que ya no existen. No te avergüences de sentirlo, pero no dejes que dicte tus decisiones__.
Minutos después, Ana se marchó, prometiendo llamar en cuanto llegara a casa. Daiana se quedó sola. El silencio regresó a la casona, pero esta vez, lejos de ser opresivo, se sintió como una presencia familiar.
Caminó hacia la cocina, disfrutando de la luz de la mañana que baña las encimeras. Tiene que organizar sus notas.
Recuerda perfectamente dónde ha dejado su libreta de investigación: sobre la mesa de la cocina, al lado del salero, justo donde había estado escribiendo sus primeras impresiones sobre la estructura de la casa la noche anterior. Sin embargo, al mirar la mesa, el objeto no esta allí.
Daiana frunció el ceño. Se detuvo un instante, recorriendo con la mirada el perímetro de la cocina. No esta sobre la encimera, ni cerca de la cafetera. Caminó hacia la sala de estar, con un leve hormigueo de frustración. Al entrar, se detuvo en seco. Su libreta esta allí, abierta sobre el sofá, justo en el centro del mueble.
Una corriente de aire, extrañamente fría, le recorrió la nuca, pero ella la ignoró, obligándose a inhalar profundamente. Su mente, entrenada en la lógica y el análisis, comenzó a trabajar inmediatamente para descartar cualquier anomalía.
Análisis: Fatiga.
Daiana se cruzó de brazos, observando la libreta. "Debí traerla conmigo cuando me levanté a beber agua, o quizás estaba más cansada de lo que pensaba y vine a leer un poco antes de irme a dormir. Sí, eso es. El cansancio cognitivo afecta la memoria episódica. La amnesia post-fatiga es un fenómeno común. No hay nada extraño en esto".
Se acercó al sofá y recogió la libreta. El tacto del papel se sintió extrañamente caliente, casi como si hubiera estado bajo el sol, a pesar de que el sofá esta en una zona sombreada de la sala. Daiana dejó la libreta sobre la mesa de centro, descartando la sensación térmica como una simple reacción de su propia piel tras el contacto con el aire acondicionado de la casa.
__Concentración, Daiana__. Murmuró para sí misma, caminando de regreso a la cocina para preparar su desayuno.
__Tienes una tesis que terminar. Las historias de fantasmas son solo eso: historias. Y tú eres una mujer de ciencia__.
Mientras se sirve el café, no pudo evitar mirar de reojo hacia la sala de estar, donde la libreta reposa, inmóvil. Por un breve segundo, le pareció que la luz en la habitación parpadeo, pero cerró los ojos y, al abrirlos, todo esta igual. "Sugestión", se repitió. "La mente es una arquitecta experta en construir realidades que no existen".
Pero en la profundidad de su pecho, donde la lógica no llega, una pequeña y persistente duda comenzó a germinar. Una semilla de incertidumbre que, muy a su pesar, empezó a latir al ritmo de su propia sangre, como si algo, desde algún rincón invisible de la casona, estuviera esperando con paciencia a que termine de engañarse a sí misma.