Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 11
Leonardo
Los primeros tres días fueron una nebulosa de biberones, pañales y un cansancio que no sabía que existía.
El lunes por la tarde, Marco apareció con los datos del laboratorio. Un sobre de papel couché, con el membrete del bufete de su padre, que contenía instrucciones precisas para tomar las muestras de ADN. Un par de hisopos, unas fundas de plástico, un formulario.
—Tienes que pasarlos por el interior de la mejilla
explicó Marco, leyendo las instrucciones como si fuera un manual de desactivación de bombas
— De los bebés y la tuya. Después lo enviamos por mensajería urgente y en tres días tenemos los resultados.
Tres días. Setenta y dos horas. El tiempo que me separaba de saber si Tomas y Lucía eran realmente mis hijos o si todo este caos había sido un error cósmico.
Los miré mientras dormían en los moisés que Vale había traído la noche anterior. Sus pechos diminutos subían y bajaban al mismo ritmo, como si aún en el sueño estuvieran conectados por algo que yo no entendía.
—Hazlo
dije, entregándole a Tomas.
— Tú que tienes mano más firme.
Marco tomó al bebé con la misma torpeza que yo. Le pasó el hisopo por la mejilla con cuidado, como si temiera despertarlo. Tomas hizo un puchero, movió la cabeza, y volvió a dormirse y luego a Lucia.
—Ya está
dijo Marco, guardando el hisopo en su funda.
— Ahora tú.
Me pasé el hisopo por el interior de mi mejilla con la sensación de estar firmando algo que no podía anular. Luego lo guardé, cerré el sobre, y se lo devolví.
—Envíalo hoy.
—Ya lo haré. Y Leo...
—¿Qué?
—Pase lo que pase, estos bebés están aquí. Y tú ya estás cuidando de ellos como si fueran tuyos. Eso cuenta.
No supe qué responder. Marco me dio una palmada en el hombro y se fue con el sobre bajo el brazo, dejándome solo con dos bebés que podían ser mis hijos o no, pero que en esos momentos dependían de mí para todo.
El martes fue el día que casi me rindo.
Los mellizos habían pasado la noche despiertos desde las dos de la madrugada. Primero Lucía, con un llanto agudo que no se calmaba con biberón ni con pañal limpio ni con nada. Después Tommaso, como si hubiera decidido que si su hermana no dormía, él tampoco.
A las cuatro de la mañana, los tenía a los dos en brazos, caminando de un lado a otro del penthouse como había visto hacer a Vale en algún momento. Las luces estaban apagadas, solo se veía el resplandor de Roma desde los ventanales, y yo susurraba canciones que no recordaba haber aprendido.
—Ninna nanna, ninna oh...
No sé de dónde salió. Quizá de mi madre, que me las cantaba cuando era niño. Quizá de algún lugar más profundo, de esos que no sabes que existen hasta que los necesitas.
A las cinco, Lucía cerró los ojos. A las cinco y cuarto, Tomas la imitó.
Los dejé en los moisés con la delicadeza de quien desactiva una bomba. Y luego me deslicé al suelo, junto a ellos, porque ya no me quedaban fuerzas para llegar al sofá.
Cuando Vale llegó a las ocho, me encontró exactamente en la misma posición del día anterior. En el suelo. Contra la pared. Con la caja de pañales como almohada.
—¿Otra vez?
preguntó, y en su voz había algo que no era enfado.
—Otra vez
respondí, sin abrir los ojos.
Escuché que dejaba su bolso. Escuché que se acercaba a los moisés. Escuché que los mellizos seguían durmiendo, porque si hubieran estado despiertos, Vale los habría tomado en brazos con ese movimiento suyo que ya empezaba a conocer.
—¿Has comido algo?
—No.
—¿Has bebido agua?
—No.
—¿Has dormido?
—Tres horas. En total. De las últimas veinticuatro.
Hubo un silencio. Luego sentí que algo caía sobre mí. Una manta. La manta de los mellizos, la de color azul claro que Vale había traído el domingo por la noche.
—Duerme
dijo.
— Yo me quedo con ellos.
Abrí los ojos. Vale estaba de pie frente a mí, con las manos en las caderas y esa expresión que ya aprendí a reconocer, la de quien ha tomado una decisión y no va a discutirla.
—Pero tienes que limpiar...
—Ya limpiaré. Primero duermes. Después limpio. Y después, si te portas bien, te enseño a hacer puré de zanahoria porque estos dos en unos meses van a empezar a comer sólidos.
—¿Puré de zanahoria?
—Cállate y duerme, Leonardo.
Me callé. Me envolví en la manta azul, me acosté en el mueble, y antes de que pudiera decir nada más, el sueño me arrastró como un río.