Hana apenas tenía diecisiete años cuando la sacaron de la aldea donde creció para llevarla con su verdadera familia en Eldoria. Le prometieron un hogar, un nombre y un futuro. En cambio, recibió un sótano sin comida, una hermana adoptiva que le robó al prometido y unos padres que jamás la miraron a los ojos. Cuando Sofía y Evan ordenaron su asesinato, su cuerpo acabó en el fondo de un barranco.
Pero la sangre de Hana despertó algo en una cueva oculta: el alma de la Reina Amerta, soberana de un reino antiguo, cruzó siglos y dimensiones para habitar ese cuerpo destrozado. Con los recuerdos de ambas vidas, la furia de la víctima y la astucia de una emperatriz, Hana regresa a la mansión familiar dispuesta a recuperar todo lo que le fue arrebatado.
Lo que nadie sabe es que el Emperador Alaric también cruzó al mundo moderno buscándola, y el tiempo se le agota. Tres años. Es lo único que le queda antes de desaparecer para siempre.
Entre secretos familiares, traiciones que salen a la luz, una aldea ferozmente leal y reliquias imperiales que brillan al reconocer a su dueña, Hana descubrirá que la venganza es solo el principio. Lo que realmente está en juego es un amor que ni la muerte ni el tiempo pudieron borrar.
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Episodio 10
¡Pum!
Los dos guardias de seguridad que se habían llevado a Hana cayeron de bruces ante Alan. El hermano mayor de Hana estaba sentado en su sillón de mando, esperando. Giró la silla para quedar frente a ellos.
—Señor, encontramos a estos dos atados detrás del edificio de la fiesta. Ya les pregunté por la señorita Hana, pero se niegan a responder —dijo Jonás mientras les propinaba una patada a cada uno con irritación.
Alan los miró de reojo; su sola mirada bastaba para intimidarlos. Nadie conocía la ubicación de aquel lugar secreto, solo Alan y quienes trabajaban bajo sus órdenes.
—Solo voy a preguntarles una vez. Díganme, ¿dónde está Hana? Se suponía que debían llevarla al sótano. ¿Adónde la llevaron? —interrogó Alan, clavándoles una mirada afilada.
Sus ojos penetraban como si quisiera desollarlos vivos.
—Se-señor, de verdad no lo sabemos. Sí la sacamos del edificio, pero cuando estábamos afuera alguien nos atacó de pronto y perdimos el conocimiento. De verdad no sabemos adónde fue la señorita Hana —balbucearon ambos.
Alan guardó silencio, escudriñando las expresiones aterradas de sus rostros. Alguien llegó y desvió su atención. Era el responsable de actuar como informante para Alan.
—Señor, aquí tiene la grabación de las cámaras del edificio de la fiesta que solicitó —dijo, entregándole una tableta a Alan.
—Según la grabación, fue la señorita Hana quien los dejó inconscientes y los arrastró hasta la parte trasera del edificio. Después se marchó sin más. Hasta cinco kilómetros se la pudo seguir por las cámaras, pero a partir de ahí se le perdió el rastro —continuó, exponiendo sus hallazgos.
Alan revisó la grabación: los dos guardias sacaban a Hana del edificio. Luego, con un movimiento rapidísimo, Hana los dejaba fuera de combate. También los arrastró hasta detrás del edificio de la fiesta. Alan sonrió, pero el desconcierto le pesaba en el pecho.
Lo que había dicho la sirvienta en la casa y lo que mostraba la grabación no encajaban en absoluto. Hana parecía tener una personalidad doble que cambiaba sin previo aviso.
¿Quién dice la verdad y a quién debo creerle aquí? ¿A las palabras de la sirvienta o a esta grabación?
—¡Señor! —lo llamó Jonás al verlo inmóvil con los ojos clavados en la pantalla de la tableta.
—Jonás, averigua adónde fue Hana antes de la fiesta de compromiso. Quiero algo concreto —ordenó Alan, dejándose caer contra el respaldo del sillón.
—¡Sí, señor! —Jonás se marchó llevándose a varios hombres consigo para indagar sobre la desaparición de Hana.
—Señor, ¿qué hacemos con estos dos? —preguntó Hans, el informante de Alan.
Los ojos de Alan lo miraron con filo, pidiendo información sobre los dos hombres.
—Ambos tienen familias que viven con lo justo. Sobreviven con lo que ganan como guardias. Uno tiene un hijo, y el otro tiene dos hijas. ¿Cómo los castigamos? —detalló Hans con precisión.
Los dos levantaron la cabeza con rostros angustiados, esperando que hubiera clemencia, fuera lo que fuera que tuvieran que hacer a cambio.
—¿Cómo debería castigarlos? —les preguntó Alan directamente.
Se removieron inquietos, intercambiando miradas. En realidad, su único error había sido obedecer la orden de Haysa de sacar a Hana del edificio.
—Señor, haremos lo que usted ordene. Solo le pedimos que deje en paz a nuestras familias. Aunque tengamos que morir, permita que ellos vivan, señor —dijo uno de los dos con la cabeza gacha.
Alan no era tan despiadado; jamás los mataría. Menos aún después de conocer la situación de sus hogares.
—Van a convertirse en espías para mí. Vigilarán a Sofía y a Evan, y me reportarán cualquier información sobre ellos. A partir de ahora trabajan para mí, no para ese viejo —declaró Alan con firmeza.
Ambos levantaron la cabeza con los ojos brillantes.
—¡Sí, señor! ¡Gracias, señor! ¡Gracias! ¡No lo defraudaremos, señor! —exclamaron los dos con absoluta convicción.
—Váyanse.
—¡Sí, señor!
Los dos se levantaron y se marcharon sin más.
—Señor, ¿qué hay de la villa en la plantación de té? ¿Existe la posibilidad de que la señorita Hana haya ido allá? —planteó Hans.
Alan se quedó inmóvil un instante y asintió lentamente con la cabeza.
—Tienes razón. Vamos —dijo, levantándose de su sillón de mando y saliendo junto con Hans rumbo a la villa en la plantación de té.
Hana, espérame. Tu hermano va a pedirte perdón. A partir de ahora no dejaré que nadie te pisotee.
Continuará…