Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.
Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.
Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.
Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.
Pero la venganza fue solo el comienzo.
Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.
Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.
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21
Mientras tanto, en la suite del hotel de cinco estrellas donde Andrea se hospedaba, el ambiente era radicalmente distinto.
Ella también estaba recostada en la cama, pero la pantalla de su tableta mostraba gráficos, estados financieros y reportes de avance de un proyecto empresarial que venía armando en secreto.
A diferencia de Sofía, que pasaba el rato recorriendo redes sociales por diversión, Andrea vigilaba cada movimiento de sus activos y de su plan con una seriedad absoluta.
De pronto...
Tin... tin... tin...
El celular le sonó. En la pantalla brillaba el nombre de Rosario: su asistente, a quien había dejado dentro de la empresa como sus ojos y sus oídos.
Andrea contestó con calma.
—¿Hola, Rosario? ¿Pasó algo?
—Buenas tardes, señora. Perdone que la moleste —la voz de Rosario llegó desde el otro lado—. Se me pasó avisarle: hace unos días venció el plazo para el pago del impuesto anual de la empresa. ¿Quiere que lo procese y transfiera ahora mismo?
Andrea se golpeó suavemente la barbilla, pensativa. Un segundo después, una sonrisa le asomó en los labios.
—No. No pagues nada todavía —ordenó con firmeza—. Deja que sean los inspectores de Hacienda los que me busquen. Conozco bien a la gente de esa oficina; para mí es un trámite sencillo.
—Entendido, señora —respondió Rosario sin chistar.
—¿Cómo están las cosas por allá? —preguntó Andrea a continuación.
Rosario exhaló un suspiro al otro lado de la línea.
—Para serle sincera, señora... la empresa va de mal en peor cada día. El flujo de caja se secó por completo después de los pagos de indemnización. Ni siquiera sé si alcanza para cubrir la operación de este mes. Y el señor Rodrigo... la verdad es que no puede con todo esto.
Andrea dejó escapar un largo suspiro, pero en su rostro no había la menor sombra de preocupación. Al contrario: le centelleó un destello de satisfacción en los ojos.
—Bueno, así tenía que ser —dijo con tono neutro—. No hagas nada más que seguir vigilando y avisarme de cualquier cambio. ¿Entendido?
—Sí, señora. Le informaré de inmediato —aseguró Rosario.
Andrea dejó el celular a un lado y volvió a clavar la vista en la tableta, donde los datos de su nuevo negocio crecían con fuerza.
—Disfruta lo que te queda allá adentro, Rodrigo... Esto apenas es el principio de tu caída —susurró con una sonrisa victoriosa.
Tal como Andrea lo había previsto, poco después del mediodía...
Tin... tin... tin...
El celular volvió a sonar. En la pantalla apareció el nombre de VANESSA, una conocida cercana que trabajaba en la oficina de recaudación fiscal.
Andrea esbozó una sonrisa ladina antes de deslizar el dedo y contestar.
—Hola, Vanessa... —saludó con una voz deliberadamente débil y apesadumbrada.
—Hola, Andrea. ¿Cómo estás?
—Bien —contestó—. Qué raro que me llames en horario de oficina. ¿Pasó algo? —preguntó, aunque ya adivinaba el motivo.
—Me alegra que estés bien. Mira, te llamo por el tema del impuesto de tu empresa. Todavía no se ha pagado y ya pasó la fecha límite —dijo Vanessa en tono profesional pero amable.
Por dentro, Andrea aplaudió a su amiga por no haber tomado medidas drásticas de entrada y haberla contactado primero.
—Ay, Vanessa... ¿Cómo te explico?
—¿Qué pasa? Si necesitas una prórroga, yo puedo gestionártela —ofreció Vanessa.
—No es eso —respondió Andrea en voz baja—. La verdad me da vergüenza decirlo. Tú ya debes saber lo que pasó entre Rodrigo y yo. Por todo ese asunto, ya no tengo ningún control sobre la empresa. Tampoco sobre las cuentas ni los activos. Todo lo maneja mi marido, él decide todo. Por eso no puedo pagar el impuesto.
—Es más... —Andrea soltó un suspiro largo, como conteniendo el llanto—. Ya ni siquiera vivo en la casa, Vanessa. Estoy refugiada en un hotel. Si no me crees, te comparto mi ubicación ahora mismo.
Del otro lado, Vanessa guardó silencio un instante.
—No hace falta, Andrea. Te creo. Y de verdad lo siento mucho —dijo con genuina tristeza—. Jamás me lo hubiera imaginado. Desde afuera se veía tan buena persona, tan cariñoso. Y resulta que por dentro estaba podrido.
—A ver... ¿qué puedo hacer por ti ahora? Dime lo que sea —ofreció Vanessa con determinación.
Al escucharlo, la comisura de los labios de Andrea se curvó en una mueca triunfal.
—Nada, Vanessa. Todavía me quedan algunos ahorros. Pero en cuanto al tema fiscal, manda a tu gente directamente a la empresa de Rodrigo. Que él se encargue de resolver lo que dejó pendiente.
—Está bien —aceptó Vanessa—. Pero acuérdate: si hay algo que pueda hacer, no dudes en pedírmelo. Tú me ayudaste en su momento; déjame devolverte el favor.
—Muchas gracias, Vanessa. Pero quédate tranquila. Soy Andrea, no me quiebro tan fácil. Todavía puedo mantenerme en pie —dijo antes de que ambas colgaran.
Andrea sonrió imaginando a Rodrigo ardiendo bajo el peso de problemas que no dejaban de lloverle encima.
*
Al día siguiente, en la sala de juntas del Grupo RA.
Varios accionistas importantes estaban reunidos alrededor de la mesa. Todos con el semblante sombrío y cargado de inquietud.
—El volumen de negocios de la empresa se ha desplomado en los últimos meses —declaró uno de ellos con voz grave—. Las causas se resumen en tres puntos principales. Primero...
Pero antes de que terminara la frase...
¡PAAAAM!
La puerta de la sala se abrió de golpe. Todas las miradas giraron hacia la entrada. Un grupo de personas con traje formal entró con paso firme y expresión severa. De inmediato mostraron las credenciales oficiales que les colgaban del cuello.
—Disculpen la interrupción —dijo uno de ellos con voz autoritaria—. Somos de la oficina de recaudación fiscal. Estamos aquí porque esta empresa tiene un adeudo de impuestos que ya venció hace días.
—Por lo tanto, solicitamos que el responsable de la empresa resuelva este asunto de inmediato —declararon con firmeza.
Un silencio total se apoderó de la sala. Los accionistas se quedaron boquiabiertos. Ninguno imaginó que la empresa en la que habían invertido tuviera ese tipo de problemas.
Rodrigo se levantó de un salto, con la cara roja de la impresión y el pánico.
—¡¿Qué?! —exclamó, incrédulo—. ¿Cómo es posible? —balbuceó con un temblor en la voz. Jamás se había ocupado de los asuntos fiscales.
El funcionario le clavó una mirada severa que le aceleró el pulso.
—La señora Andrea solía encargarse de estos temas. Intentamos comunicarnos con ella ayer, pero nos informó que ya no participa activamente en la empresa.
Esa declaración cayó como una bofetada sobre Rodrigo. Y para empeorar las cosas, resonó con toda claridad frente a los inversores y accionistas presentes.
Los inversores enmudecieron. Se miraron entre sí, y en sus ojos se leía una decepción profunda. La confianza que le tenían al liderazgo de Rodrigo se derrumbó en ese instante.