Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 11
Isadora se despertó con la sensación de que había dormido profundamente.
No fue un sueño inquieto, ni fragmentado como solía ser. Fue entero. Silencioso. De ese tipo raro que no cobra nada al despertar. Por algunos segundos, se quedó acostada observando el techo, intentando identificar el origen de aquella paz extraña.
Tardó en percibir que ella venía de la ausencia.
Henrique no estaba allí.
La expectativa no estaba allí.
La culpa tampoco.
Se levantó y siguió hacia la cocina. El apartamento estaba inundado por la luz suave de la mañana. La taza de café ya estaba sobre la encimera, recién hecha. Miguel siempre se despertaba antes.
— Buenos días — dijo él, al verla entrar.
Isadora sonrió levemente.
— Buenos días.
No hubo necesidad de preguntar si ella estaba bien. Ni de comentar lo ocurrido la noche anterior. Miguel parecía comprender que algunas cosas necesitaban apenas existir sin ser analizadas.
— Voy a salir más temprano hoy — dijo él. — Si necesitas algo…
— Lo sé — respondió ella. — Gracias.
Él asintió, observándola por un segundo más de lo habitual.
— Aquella visita… — comenzó.
— No me afectó — dijo Isadora, antes de que él completara la frase. — No como antes.
Miguel pareció satisfecho con la respuesta.
— Óptimo.
Cuando él salió, Isadora permaneció algunos minutos parada en la cocina. Había algo nuevo en aquella dinámica. Algo demasiado confortable para ser ignorado. Miguel no intentaba ocupar espacios que no eran ofrecidos. Pero tampoco se alejaba cuando ella se aproximaba.
Era presencia sin invasión.
En el trabajo, el día siguió con normalidad. Reuniones, decisiones, plazos. Isadora se vio más segura de lo que imaginaba. Su voz era oída. Sus ideas, respetadas. No había nadie allí pidiendo que ella fuera comprensiva a costa de sí misma.
A mitad de la tarde, el teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
“¿De verdad crees que esto se acabó?”
Isadora encaró la pantalla por algunos segundos. No respondió.
Poco después, otro mensaje llegó.
“Henrique está destruido.”
Ella respiró hondo.
No era preocupación lo que sentía. Era confirmación.
Apagó los mensajes y bloqueó el número.
Al volver a casa aquella noche, encontró a Miguel en la sala, revisando algunos documentos. Él levantó la mirada cuando ella entró.
— ¿Ocurrió algo? — preguntó.
— Intentaron — respondió ella.
Él frunció levemente el ceño.
— ¿Catarina?
Isadora asintió.
— Indirectamente.
Miguel cerró la carpeta y se levantó.
— Si esto pasa de los límites…
— Lo sé — dijo ella. — Pero quiero lidiar con esto a mi manera.
Él la observó por algunos segundos, evaluando.
— Está bien — respondió. — Desde que sepas que no estás sola.
La frase no fue dicha como promesa. Fue dicha como hecho.
Isadora sintió algo calentarse en el pecho.
— Gracias — dijo, sincera.
Más tarde, se sentaron juntos en el sofá, cada uno con su silencio. No había urgencia en llenar el espacio entre ellos. Era confortable así.
— Has cambiado — dijo Miguel, después de un tiempo.
Ella lo encaró.
— Lo necesité — respondió. — Si no cambiaba, habría desaparecido.
Él asintió.
— Algunas personas confunden cambio con crueldad — dijo. — Cuando, en realidad, es supervivencia.
Isadora sintió un nudo leve en la garganta.
— Pasé años intentando probar que era suficiente — dijo. — Hoy… no siento más esa necesidad.
Miguel inclinó levemente la cabeza.
— Eso te vuelve peligrosa — dijo.
Ella arqueó la ceja.
— ¿Peligrosa?
— Para quien se alimentaba de tu duda — explicó él.
Isadora sonrió, entendiendo.
Aquella noche, al acostarse, percibió algo con claridad inédita: no necesitaba más convencer a nadie de nada. No necesitaba explicar por qué partió, por qué cambió, por qué no volvió.
La única persona que necesitaba creer en ella… ya creía.
Del otro lado de la ciudad, Henrique encaraba el celular en silencio. Catarina hablaba, gesticulaba, argumentaba. Pero él mal oía. La imagen de Isadora firme, distante, al lado de otro hombre, no le salía de la mente.
No era amor lo que sentía.
Era pérdida de control.
Y eso lo consumía.
Mientras tanto, Isadora cerró los ojos y se durmió con una certeza tranquila:
ella no necesitaba más ser elegida.
Ella ya se había elegido a sí misma.