Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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CAPÍTULO 14 Un romance de película
El amor llegó a la vida de Victoria de una manera que parecía escrita por un guionista.
No hubo grandes tragedias.
No hubo señales de advertencia.
No hubo momentos incómodos que hicieran pensar que algo estaba mal.
Todo parecía perfecto.
Demasiado perfecto.
Durante las siguientes semanas, Alexander se convirtió en una presencia constante en su vida.
No de una manera invasiva.
Al contrario.
Parecía saber exactamente cuándo acercarse y cuándo darle espacio.
Era atento sin parecer desesperado.
Cariñoso sin parecer exagerado.
Y esa combinación hacía que Victoria sintiera que había encontrado algo que pocas personas tenían la suerte de encontrar.
Una relación tranquila.
Madura.
Especial.
Cada mañana aparecía un mensaje suyo.
"Buenos días, Victoria. Espero que hoy encuentres una razón para sonreír."
Por las noches, antes de dormir, llegaba otro.
"Descansa. Mañana será un día lleno de nuevas oportunidades."
Eran palabras sencillas.
Pero para Victoria significaban mucho.
Porque Alexander no intentaba impresionarla con grandes discursos.
Parecía simplemente estar ahí.
Acompañándola.
Una tarde, cuando Victoria salió de la universidad, encontró algo inesperado.
Frente a la entrada había un pequeño ramo de flores.
No era un arreglo enorme.
Ni algo llamativo.
Eran flores blancas y rosas cuidadosamente elegidas.
La persona que las entregaba le sonrió.
—¿Victoria?
Ella asintió sorprendida.
—Sí.
—Esto es para usted.
Victoria tomó la tarjeta.
Reconoció inmediatamente la letra.
"No necesito una fecha especial para recordarte que me alegra haberte conocido. Espero que estas flores hagan tu día un poco más bonito. Alexander."
Victoria sonrió.
No pudo evitarlo.
Varias compañeras que estaban cerca observaron la escena.
—¿Es tu novio?
Victoria sintió que sus mejillas se calentaban.
—Todavía no.
Sus amigas rieron.
—Pero esa sonrisa dice otra cosa.
Ella negó intentando ocultar su felicidad.
Pero era imposible.
Alexander estaba logrando algo que nadie había conseguido antes.
Hacerla sentir especial sin que ella sintiera que tenía que demostrar nada.
Una semana después, Alexander organizó una cena.
No fue un lugar exageradamente lujoso.
Eligió un pequeño restaurante con vista a la ciudad.
Un lugar tranquilo.
Con luces cálidas.
Música suave.
Y mesas alejadas para que las personas pudieran conversar sin sentirse observadas.
Cuando Victoria llegó, Alexander ya estaba esperando.
Se levantó inmediatamente.
—Estás hermosa.
Ella sonrió.
—Gracias.
Pero lo que más le gustó fue que después de decirlo no insistió en su apariencia.
No convirtió la noche en una lista de halagos.
Simplemente tomó su mano y preguntó:
—¿Cómo estuvo tu día?
Y Victoria volvió a sentir aquello que tanto le atraía de él.
Alexander escuchaba.
De verdad escuchaba.
Durante la cena hablaron durante horas.
De sus sueños.
De sus familias.
De sus miedos.
De las cosas que querían cambiar en el mundo.
En un momento, Victoria habló de su madre.
De todo lo que Valeria había vivido.
De la forma en que había transformado su dolor en ayuda para otras personas.
Alexander permaneció atento.
—Tu madre debe estar muy orgullosa de ti.
Victoria bajó la mirada.
—Yo estoy orgullosa de ella.
Alexander sonrió.
—Creo que eso dice mucho de la persona que eres.
Aquella frase quedó grabada en su memoria.
Porque una vez más no estaba hablando de su belleza.
Estaba hablando de quién era.
Los días pasaron.
Y Alexander seguía sorprendiendo a Victoria.
Le escribió cartas.
No mensajes.
Cartas.
Decía que todavía creía en la belleza de las palabras escritas a mano.
Victoria guardaba cada una.
En una de ellas decía:
"Hay personas que llegan a nuestra vida sin hacer ruido, pero poco a poco empiezan a convertirse en parte de nuestros pensamientos diarios. Tú eres una de esas personas."
Victoria leyó aquella carta varias veces.
Nunca había recibido algo así.
Para ella era romántico.
Profundo.
Especial.
Gabriel fue el primero en notar el cambio.
Una noche, mientras cenaban en familia, observó a su hija sonriendo mientras revisaba un mensaje.
—Parece que alguien tuvo un buen día.
Victoria levantó la mirada.
—Alexander me invitó a una exposición de arte el sábado.
Gabriel sonrió.
—¿El joven de la gala?
Victoria asintió.
—Sí.
—Me agrada.
Valeria miró sorprendida a su esposo.
—¿Ya te agrada?
Gabriel tomó un sorbo de agua.
—Un hombre que hace sonreír a nuestra hija merece al menos una oportunidad.
Victoria rió.
—Papá, apenas lo conoces.
—Lo suficiente para notar que te trata bien.
Aquella noche, cuando Victoria subió a su habitación, Valeria acompañó a Gabriel hasta la sala.
—¿De verdad confías en él?
Gabriel permaneció unos segundos en silencio.
—No sé si puedo confiar completamente en alguien que recién conocemos.
Pero confío en nuestra hija.
Valeria sonrió.
Esa era la razón por la que ambos estaban tranquilos.
Victoria no era una joven ingenua.
Había crecido viendo cómo se construía una relación sana.
Había visto respeto.
Comunicación.
Compañerismo.
Había aprendido lo que era el amor verdadero.
El segundo mes terminó con un momento que Victoria nunca olvidaría.
Alexander la llevó a un jardín botánico iluminado por cientos de pequeñas luces.
Era una noche tranquila.
El cielo estaba despejado.
El aire olía a flores.
Caminaron lentamente entre los senderos.
—¿Sabes algo? —dijo Alexander.
Victoria lo miró.
—¿Qué?
Él sonrió.
—Antes de conocerte pensaba que las personas perfectas no existían.
Victoria soltó una pequeña risa.
—¿Y ahora?
Alexander la observó fijamente.
—Ahora creo que estaba equivocado.
Victoria sintió que su corazón aceleraba.
No porque las palabras fueran exageradas.
Sino porque en ese momento parecían sinceras.
Se detuvieron frente a una fuente.
La música suave del lugar llenaba el silencio.
Alexander tomó sus manos.
—Victoria...
Ella levantó la mirada.
—Me gustas.
Mucho.
Y quiero saber si tú sientes lo mismo.
Por primera vez en mucho tiempo, Victoria sintió miedo.
Pero no miedo de él.
Miedo de lo mucho que empezaba a importarle.
Sonrió.
—Sí.
Yo también siento lo mismo.
Alexander sonrió.
Y entonces ocurrió.
El primer beso.
Fue suave.
Lento.
Sin prisa.
Un momento que Victoria imaginó recordar durante muchos años.
Cuando llegó a casa esa noche, encontró a Valeria despierta leyendo en la sala.
Su madre levantó la mirada.
Y supo.
No necesitó preguntar.
Las madres conocen esas cosas.
—¿Pasó algo importante?
Victoria sonrió.
Se sentó junto a ella.
—Mamá...
Valeria dejó el libro.
—¿Sí?
Victoria bajó la mirada, emocionada.
—Creo que estoy enamorada.
Valeria observó a su hija.
Por un instante vio a la pequeña niña que años atrás dormía entre sus brazos.
Ahora era una mujer descubriendo una de las emociones más intensas de la vida.
La abrazó.
—Solo recuerda algo.
Victoria se separó un poco para mirarla.
—¿Qué?
Valeria acarició su cabello.
—Nunca permitas que amar a alguien signifique dejar de amarte a ti misma.
Victoria sonrió.
—Lo sé.
Y en ese momento ambas creyeron que aquellas palabras solo eran un consejo de madre.
Ninguna imaginaba que algún día serían una advertencia.
Mientras tanto, en su apartamento, Alexander observaba una fotografía de Victoria.
La misma sonrisa.
La misma mirada llena de confianza.
Abrió una caja donde guardaba algunos recuerdos.
Cartas.
Fotos.
Detalles.
Todo perfectamente organizado.
Sonrió.
No con la ternura que Victoria conocía.
Sino con una expresión diferente.
Una expresión que nadie más había visto.
—Cada vez confías más en mí —susurró.
Después cerró la caja.
Porque Alexander sabía algo que pocos comprendían:
Las personas no entregan su corazón cuando sienten miedo.
Lo entregan cuando sienten seguridad.
Y él había construido exactamente eso.
Una sensación perfecta de seguridad.
Una ilusión perfecta.
Un sueño perfecto.
Porque para destruir algo...
Primero hay que conseguir que alguien crea que nunca podría perderlo.