Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Primer enfrentamiento
El amanecer en el pueblo costero no trajo la claridad habitual, sino una bruma espesa que se arrastraba desde el mar, ocultando los colores vibrantes de la costa. Selene permanecía sentada en el suelo de la librería, rodeada de libros que solían ser su refugio, pero que ahora se sentían como mudos testigos de su angustia. El recuerdo de los lirios blancos golpeando su rostro seguía vívido, una cicatriz invisible que palpitaba con la humedad del ambiente.
No sabía cuánto tiempo había pasado allí, abrazando sus rodillas, hasta que escuchó el sonido que detuvo su corazón: el rugido de varios motores de alta cilindrada. No eran los camiones del pueblo. Eran motores potentes, agresivos.
Selene se puso de pie con movimientos erráticos. Se acercó a la ventana, ocultándose tras la cortina. Dos camionetas blindadas de color negro se detuvieron frente a "La Esperanza". La puerta de la primera se abrió y la figura imponente de Maximiliano Valente emergió. A su lado, arrastrado por un guardaespaldas, apareció un Roberto Arismendi pálido y desaliñado.
—No... —susurró Selene, retrocediendo—. Otra vez no.
Maximiliano no llamó; empujó la puerta con una violencia que hizo vibrar los estantes. Entró con una calma aterradora, recorriendo el local con una mirada cargada de desprecio.
—Vaya, vaya... —dijo Maximiliano—. Así que aquí es donde se esconde la gran Selene Arismendi. ¿Este es el palacio que elegiste para reemplazar mi hogar?
Selene se situó detrás del mostrador, usándolo como una débil barricada.
—Vete de aquí, Maximiliano. Yo no te pertenezco.
Maximiliano soltó una carcajada seca. —Díselo, Roberto. Recuérdale a tu hija cómo funcionan las cosas.
—Selene, por favor... —balbuceó Roberto con lágrimas de cobardía—. Tienes que volver. Maximiliano tiene los documentos de la empresa. Si no regresas hoy mismo, voy a ir a la cárcel. ¡Hazlo por tu padre!
—¿Por ti? —la rabia empezó a quemar el miedo de Selene—. Me vendiste una vez para salvar tus deudas. Me dejaste en manos de un hombre que me golpeó con flores y me encerró. ¿Y te atreves a pedirme que vuelva para salvarte de nuevo?
Maximiliano golpeó el mostrador con la palma de la mano.
—¡Ya basta! —rugió—. El contrato sigue vigente. Eres mi esposa ante la ley y ante el dinero que tu padre se gastó. Así que toma tus cosas. Ahora. No voy a pedirlo una tercera vez.
Él alargó la mano para tomarla del brazo, repitiendo el gesto que tantas veces había terminado en dolor. Selene cerró los ojos, esperando el impacto. Pero el contacto nunca llegó. Una mano fuerte interceptó la muñeca de Maximiliano en el aire, frenándola con una presión que hizo que el magnate soltara un grujido de sorpresa.
—Aclaremos algo, Valente —la voz de Gabriel era un acero frío—. Si pones una sola uña sobre ella, lo último que verás en este mundo será mi rostro.
Maximiliano se giró bruscamente, encontrándose con los ojos ámbar de Gabriel.
—¿Y tú quién demonios eres? ¿El arquitecto que juega a ser el héroe? Sal de mi camino antes de que te aplaste como a un insecto.
Gabriel no retrocedió ni un centímetro. Su presencia física parecía llenar la pequeña librería, eclipsando la arrogancia de Maximiliano.
—Puedes intentar aplastarme, Valente, pero no te servirá de nada —dijo Gabriel con una calma que desquició al otro—. He llamado a la policía local y a la fiscalía de protección a la mujer. No solo saben que estás aquí intentando llevarte a Selene por la fuerza, sino que he entregado pruebas de lo que hiciste hace meses.
Maximiliano soltó una risa nerviosa. —¿Pruebas? ¿Qué pruebas puede tener un muerto de hambre como tú?
—Tengo testimonios del personal de servicio que despediste, Maximiliano. Gente que vio cómo la tratabas. Y tengo el reporte médico de las secuelas que Selene aún carga —mintió Gabriel con una convicción tan absoluta que hizo dudar al magnate—. Si intentas sacarla de aquí, mañana todas las portadas del país tendrán tu foto bajo el titular: "Maximiliano Valente: El cobarde que golpea mujeres". ¿Crees que tus socios internacionales querrán seguir haciendo negocios contigo cuando tu reputación esté en el fango?
—¡Mientes! —gritó Maximiliano, intentando zafarse, pero Gabriel no lo soltó—. ¡Roberto, dile que esto es un error!
Pero Roberto Arismendi, viendo a Gabriel defender a su hija con una gallardía que él nunca tuvo, bajó la cabeza avergonzado.
—Vete de aquí, Valente —continuó Gabriel, su voz bajando a un susurro letal—. Vete antes de que las patrullas doblen la esquina. Si te vas ahora, quizás tengas tiempo de preparar a tus abogados. Si te quedas un segundo más, te aseguro que saldrás de este pueblo con las esposas puestas. He grabado cada palabra de tu extorsión a Roberto desde que entraste.
Maximiliano miró a su alrededor. Vio a Selene, que ya no lloraba, sino que lo miraba con una fijeza que le heló la sangre. Vio la determinación de Gabriel, un hombre que parecía no tener miedo a su poder ni a su dinero. Por primera vez en su vida, Maximiliano sintió que el miedo cambiaba de bando.
—Esto no se acaba así —masculló Maximiliano, soltándose bruscamente del agarre de Gabriel—. Vendré por ti, Mendoza. Y a ti, Selene, te recordaré que nadie escapa de un Valente.
—Ya lo hice, Maximiliano —respondió Selene con una voz clara y firme—. Escapé el día que dejé de tenerte miedo. Ahora vete.
Maximiliano salió de la librería a zancadas, haciendo una seña a sus guardaespaldas para que lo siguieran. Roberto lo siguió como un perro apaleado, dándose cuenta de que acababa de perder a su hija y a su protector de un solo golpe.
Cuando el ruido de los motores se alejó, la librería volvió a quedar en silencio. Selene se dejó caer sobre el mostrador, temblando por la adrenalina. Gabriel se acercó a ella de inmediato, pero esta vez no la tocó; esperó a que ella buscara su consuelo.
—¿De verdad llamaste a la policía? —preguntó Selene con la voz quebrada.
Gabriel la miró con una ternura infinita. —Hice lo que tenía que hacer para protegerte, Selene. No voy a permitir que ese hombre vuelva a respirar el mismo aire que tú. Estás a salvo. Te lo prometo.
Selene se lanzó a sus brazos, sollozando de puro alivio. Gabriel la sostuvo con fuerza, mirando hacia la puerta por donde se había ido Maximiliano. Por dentro, el gigante que Gabriel ocultaba seguía despierto, planeando cómo destruir a Valente legal y financieramente sin que Selene supiera por ahora que su "arquitecto" tenía el poder de mover el mundo.