Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
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Episodio 19
Había pasado una semana y hoy era el día más angustiante para los internos del departamento de neurocirugía, pues hoy tocaba el Examen de Evaluación de Sala.
—Kayla, ¡apúrate! El doctor Arturo ya está esperando en la sala de conferencias —la apuró Celina.
Kayla respiró hondo, intentando calmar su corazón que latía desbocado. Sabía que, aunque la noche anterior había estudiado, en la sala de examen su esposo no le daría tregua; Arturo seguía siendo el evaluador más objetivo y despiadado que existía.
La sala de conferencias se sentía helada. Arturo estaba sentado en el centro de una mesa alargada, acompañado por el doctor Fabián. Frente a ellos, pilas de expedientes de casos ya estaban preparadas, y los internos se hallaban sentados en fila, bañados en sudor frío.
—El sistema de examen de hoy es simple: les daré un escenario de emergencia. Ustedes deberán proporcionar el diagnóstico, los pasos de manejo primario y la técnica quirúrgica adecuada. Si sus respuestas son incorrectas o dubitativas, su calificación será cero y no habrá recuperación —declaró Arturo con una voz que retumbó en la sala silenciosa.
El doctor Fabián miró de reojo a Arturo y luego sonrió levemente a los internos.
—Tranquilos, no se pongan nerviosos —dijo el doctor Fabián, tratando de calmarlos.
—No existe la tranquilidad cuando se trata de la vida de un paciente, doctor Fabián. Bien, comencemos con la interna Celina —ordenó Arturo.
Uno a uno los internos fueron evaluados. Celina logró responder aunque temblando, mientras que Nadia se trabó cuando le preguntaron sobre la dosis de medicamentos posoperatorios. Luego, varios internos más aprobaron aunque con cierto nerviosismo, hasta que finalmente llegó el turno de Kayla, quien tenía el último número.
—Kayla —la llamó Arturo con tono neutro.
Arturo colocó un resultado de tomografía sobre la mesa.
—Paciente masculino de veinticinco años, accidente en motocicleta sin casco, pérdida súbita de consciencia, pupila anisocórica* derecha, la tomografía muestra un hematoma epidural masivo*. ¿Cuál es tu primera acción? —preguntó Arturo.
—Estabilizar vía aérea y circulación, administrar manitol de inmediato para reducir la presión intracraneal y luego realizar una craneotomía de evacuación de emergencia para extraer el coágulo, doctor —respondió Kayla con nerviosismo.
—¿La técnica de la craneotomía? ¿Dónde harías el orificio de trepanación? —preguntó Arturo sin darle a Kayla ni un instante de respiro.
Kayla guardó silencio un momento, recordando la anatomía que había estudiado la noche anterior.
—En el punto pterion, porque la arteria meníngea media suele romperse allí en los casos de hematoma epidural temporal —respondió Kayla.
Arturo reclinó la espalda en la silla y clavó la mirada en Kayla.
—Si al abrir el sangrado sigue activo y la presión cerebral continúa elevada, ¿cuál es tu plan de respaldo? —preguntó Arturo.
La tensión aumentó. Celina y Nadia contuvieron el aliento; aquella era una pregunta trampa que normalmente solo podían responder los residentes de mayor rango.
¿Qué debo hacer?, pensó Kayla.
—¿Por qué te quedas callada? —preguntó Arturo.
—R-realizar una craniectomía descompresiva, doctor. Retirar parte del hueso del cráneo para darle espacio al cerebro inflamado —respondió Kayla con inseguridad.
El silencio invadió la sala durante varios segundos. Arturo no respondió de inmediato; anotó algo en la hoja de evaluación con una expresión indescifrable.
—Respuesta bastante sistemática. El examen ha terminado y los resultados se publicarán en el tablón de anuncios esta tarde. Pueden regresar a la sala —indicó Arturo.
En cuanto salieron de la sala, Celina abrazó a Kayla de inmediato.
—¡Kay! ¡Increíble, estuviste genial! ¿Cómo se te ocurrió lo de la craniectomía? ¡Yo me quedé en blanco nada más con ver la cara del doctor Arturo! —exclamó Celina.
—Yo casi lo olvido también, Arturo me tuvo que preguntar dos veces —dijo Kayla.
—No importa, lo que cuenta es que tu respuesta fue brillante —agregó Nadia.
Esa tarde, cuando publicaron los resultados del examen, todos los internos se reunieron. El nombre de Kayla aparecía en el primer lugar con una calificación de A absoluto. Sin embargo, debajo del tablón de anuncios había una pequeña nota escrita a mano con tinta negra:
Una buena calificación no significa que seas excepcional. Mantén la humildad y nunca pierdas la concentración. — Dr. Arturo.
—Todos aprobamos —dijo Celina.
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El éxito en el examen le dio a Kayla un breve respiro, pero su alegría se vio opacada cuando Arturo la convocó a su oficina al día siguiente.
—Tengo que ir a otra ciudad esta noche —dijo Arturo mientras acomodaba varios documentos en su maletín de trabajo.
—¿Por qué? —preguntó Kayla.
—Hay una reunión del consorcio de neurocirujanos a nivel nacional durante tres días. Mientras yo no esté, el doctor Fabián se hará cargo de tu supervisión —explicó Arturo.
—¿Tres días, doctor? —preguntó Kayla, sintiendo que algo le faltaría.
Arturo se detuvo un momento y miró a Kayla, que lucía decaída. Se acercó y le dio unas palmaditas suaves en la cabeza, un gesto inusual que rara vez hacía en el hospital.
—Solo tres días. Y que no se te ocurra relajarte porque yo no esté. Ya le pedí al doctor Fabián que me envíe un informe diario sobre tu desempeño —advirtió Arturo.
—Sí, doctor. Que le vaya bien en el camino —respondió Kayla.
El departamento se sentía enorme y silencioso sin la presencia de Arturo. Kayla trató de mantenerse ocupada leyendo artículos en la mesa del comedor, el lugar donde Arturo solía sentarse a tomar su café amargo. Fue entonces cuando Kayla se dio cuenta de lo acostumbrada que estaba a la presencia de aquel hombre rígido a su alrededor.
Mientras descansaba, de pronto su celular vibró. Había llegado un mensaje de texto.
[No olvides cerrar la puerta del balcón. Tu cena ya la pedí por aplicación, llegará en un momento. Recuerda no dormirte muy tarde.]
[¡Ay, gracias!!!]
A la mañana siguiente en el hospital, el ambiente se sentía muy diferente para Kayla. No había ninguna mirada penetrante vigilando cada uno de sus movimientos desde la mesa de consulta, ni una voz grave que pronunciara su nombre con tono exigente.
El doctor Fabián era mucho más relajado.
—Kayla, hoy me vas a ayudar en la sala VIP, ¿de acuerdo? Tranquila, yo no soy tan fiero como Arturo —bromeó el doctor Fabián al comenzar el reporte matutino.
—Sí, doctor —respondió Kayla.
—Desde que te convertiste en alumna del doctor Arturo, tu nivel ha mejorado mucho —comentó el doctor Fabián.
—Sí, doctor. Es que si mi nivel no mejorara, el doctor Arturo se la pasaría regañándome —dijo Kayla.
El doctor Fabián se rio al escucharla.
—El doctor Arturo es una persona estricta, disciplinada y firme. Pero debo admitir que es un médico genial; yo mismo admiro sus capacidades —comentó el doctor Fabián.
—¿Usted conoce al doctor Arturo desde hace mucho? —preguntó Kayla.
—No tanto, en realidad. Yo llevaba dos años en este hospital cuando el doctor Arturo llegó y demostró habilidades extraordinarias; al final lo nombraron jefe del departamento de neurocirugía por sus capacidades, que eran claramente superiores a las de los demás. Pero a pesar de eso, el doctor Arturo no es del tipo que le gusta presumir sus habilidades; le gusta enseñarles a otros médicos, y tú eres una de ellos. Si yo fuera interna, sin duda elegiría al doctor Arturo como tutor —dijo el doctor Fabián.
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Continuará…