Laura Whitmore llevaba tres años casada con Xander Blackwood, uno de los empresarios más influyentes del país. Desde el día de su boda, su matrimonio no había sido más que un acuerdo frío y distante. Aunque compartían la misma mansión y el mismo apellido, Xander jamás la había tratado como una verdadera esposa.
Todo cambia una noche cuando Xander regresa a casa completamente ebrio. Por primera vez desde que se casaron, derriba el muro que siempre los había separado y pasa la noche con ella. Para Laura, aquella noche significa mucho más que un simple encuentro; es la prueba de que aún existe una oportunidad para conquistar el corazón de su esposo.
Sin embargo, al amanecer, todo vuelve a ser como antes. Xander retoma su indiferencia y Laura se ve obligada a regresar a una vida vacía y solitaria. Lo que ninguno de los dos imagina es que aquella única noche dejó una huella imborrable.
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Capitulo 13
Desde aquella conversación, Laura comenzó a cambiar sus costumbres sin dar explicaciones. Durante años, había esperado sentada a la mesa hasta que él llegara, por muy tarde que fuera; ahora, comía a su hora, tranquila, y si él aparecía después, el plato ya había sido retirado. Ya no salía a la entrada cuando escuchaba su coche, ni preguntaba dónde había estado. Salía a menudo, regresando cuando le parecía conveniente, y nadie le pedía cuentas.
Esos pequeños cambios no pasaban desapercibidos para Xander, aunque se esforzaba por aparentar que todo le daba igual. Sin embargo, esa sensación de que ya no tenía el control empezaba a inquietarlo más de lo que quería admitir.
Una tarde bajó al comedor y encontró la mesa ya recogida. Frunció el ceño, dirigiéndose a ella con tono que intentaba ser autoritario, aunque denotaba extrañeza.
—Ya habías terminado de comer —dijo, como si fuera algo que no debía haber ocurrido—. Siempre esperábamos el uno al otro.
Laura lo miró con calma mientras tomaba un té junto a la ventana.
—Esa era una costumbre, no una obligación. Hoy tenía hambre a esta hora, así que comí. Si llegas más tarde, no tiene sentido que me quede esperando sin saber cuándo vendrás.
Xander se sintió contrariado, pero no halló qué responder. Más tarde, cuando regresó pasada la medianoche, esperaba verla en la sala o en la entrada, como siempre hacía, pero la casa estaba en silencio y ella ya descansaba. A la mañana siguiente, al verla en el pasillo, no pudo evitar preguntar:
—Anoche llegué tarde, como suele ocurrir… y nadie me esperó. Antes no faltabas a recibirme.
—Las cosas cambian —respondió ella con sencillez, sin detenerse en su camino—. He aprendido que esperar solo hace que las horas sean más largas. Prefiero descansar o ocupar mi tiempo en cosas que realmente importan.
—¿Y a dónde vas tanto últimamente? —preguntó él de golpe, dejando ver por fin su inquietud—. Casi todas las tardes sales, y ya no me dices a dónde ni con quién.
Laura se detuvo y lo miró a los ojos con firmeza.
—A ocuparme de mis asuntos, de mi salud y de preparar lo que viene. No creí que fuera necesario darte un informe de cada paso que doy, ya que nunca te interesó saberlo antes.
Xander se quedó callado, sintiendo una molestia que no entendía bien: no era enojo, sino la incomodidad de darse cuenta de que ella ya no se ajustaba a lo que él esperaba. Había perdido esa influencia sobre ella, y aunque fingía que no le importaba, por dentro sabía que esa libertad que ahora tomaba por sí misma lo alejaba cada vez más.
Xander se quedó inmóvil mientras ella se alejaba, sintiendo una extraña inquietud que le recorría el pecho. Antes, cada movimiento de ella parecía depender de su voluntad; ahora, actuaba con una seguridad propia que lo dejaba fuera de lugar.
Esa noche, intentó mostrarse indiferente, pero no pudo evitar buscarla con la mirada en cada rincón. Cuando por fin la encontró en el jardín, sentada en el banco de piedra, se acercó despacio.
—Parece que ya no necesitas de nada ni de nadie aquí —dijo él, con un tono que intentaba ser seco, pero que delataba su malestar—. Todo lo que hacías por costumbre ahora lo dejas de lado.
Laura lo miró sin alterarse, acariciándose suavemente el vientre.
—No dejo de hacer cosas, Xander. Solo he dejado de hacerlas esperando que tú me lo agradezcas o lo valores. Ahora lo hago por mí, por mi tranquilidad y por este niño. Ya no pido permiso para vivir.
Él apretó los labios, comprendiendo que cada palabra suya marcaba una línea que él ya no podía cruzar. Se dio cuenta de que esa obediencia silenciosa que antes creía tener asegurada, se había desvanecido para siempre, y no sabía cómo recuperarla.
—Si sigues así, pronto no habrá nada que te ate a esta casa —murmuró, casi sin darse cuenta.
Laura se levantó despacio y le respondió con serenidad:
—Lo que me ataba aquí se fue hace mucho tiempo. Solo que ahora me he dado cuenta de ello.