Sofía lleva treinta años interpretando un papel: la mujer perfecta, eficiente, inquebrantable. Editora de textos, vive puliendo las palabras de otros mientras las suyas se pudren en un cajón. Cuando una humillación pública en su trabajo la obliga a enfrentar su fragilidad, comienza un viaje hacia el centro de sí misma. Entre la memoria de una niña que dibujaba espirales, el eco de su madre que también supo fingir, y la escritura de su propia historia, Sofía descubre que ser auténtica no es un destino, sino una decisión cotidiana. Una novela sobre máscaras, miedos y el acto rebelde de mostrarse.
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Capítulo 1: La editora de sueños ajenos
Sofía corrigió la coma número tres mil cuatrocientas veintidós de su vida sin inmutarse.
El dedo índice recorrió la página impresa con la precisión de un cirujano. Coma después de "sin embargo". Siempre. Era una regla que conocía mejor que su propia fecha de nacimiento. El marcador rojo trazó una línea inclinada, perfecta, y Sofía sintió ese pequeño cosquilleo de satisfacción que le producía el orden restaurado. El caos domesticado. La palabra puesta en su sitio.
En la pantalla de su ordenador, el manuscrito número cuarenta y siete del año parpadeaba con paciencia. "El jardín de las mariposas muertas", se titulaba. Otro debut literario prometedor, otra historia que no era la suya, otro autor que llegaba a la editorial con los ojos brillantes y las manos temblorosas, entregando su alma en ciento ochenta páginas. Sofía los leía todos. Los pulía todos. Los convertía en algo vendible, legible, casi hermoso. Y luego los devolvía a sus dueños, un poco menos suyos, un poco más de ella.
Eran las ocho y cuarenta y siete de la mañana de un lunes cualquiera. La oficina de Ediciones Alba estaba en silencio, ese silencio tenso que precede al ruido. Sofía aprovechaba esas primeras horas para trabajar sin interrupciones, cuando el edificio aún olía a producto de limpieza y las tazas de café estaban recién lavadas. Era su momento favorito. El único momento del día donde no tenía que interpretar.
La Máscara, sin embargo, ya estaba colocada. Había hecho el ritual de siempre frente al espejo del ascensor: los hombros hacia atrás, la barbilla ligeramente elevada, la sonrisa ensayada que no llegaba a los ojos pero que nadie notaba. Sonrisa profesional, la llamaba ella. La expresión que decía "todo está bajo control" sin necesidad de pronunciar una palabra.
Se levantó para servirse otro café y aprovechó para mirar por la ventana. Madrid se extendía gris y húmedo, un lunes sin gracia. En la calle, la gente caminaba con prisa, con el ceño fruncido, con la misma Máscara que ella llevaba puesta. Sofía se preguntó si ellos también la sentían. Ese peso invisible que te recuerda constantemente que no puedes bajar la guardia, que un solo gesto sincero podría derrumbar todo el castillo de naipes.
"No pienses eso", susurró el Ruido. "Concéntrate en el trabajo. Tienes un plazo."
Obedeció. Siempre obedecía.
El editor jefe, Darío, apareció a las nueve y diez con su habitual estruendo de llaves y su café con leche a medio terminar. Era un hombre de cincuenta y tantos, siempre apurado, siempre importante. Sofía lo había visto llegar veinte minutos tarde todos los días durante los cinco años que llevaba en la editorial. Nunca le había llamado la atención. Nunca le había llamado la atención a nadie.
—Sofía —dijo, dejando una pila de manuscritos sobre su escritorio—. Estos son urgentes. El autor es una promesa, necesitamos el informe para el jueves.
—Por supuesto —respondió ella, con esa voz neutra y eficiente que había perfeccionado—. Los tendré listos.
Darío asintió y siguió su camino. No preguntó cómo estaba. No preguntó si tenía demasiado trabajo. No preguntó nada. Sofía no esperaba que lo hiciera. Para qué, si la Máscara siempre respondía "por supuesto" y "no hay problema" y "estaré lista".
Lo que Darío no sabía, lo que nadie sabía, era que Sofía había dormido tres horas la noche anterior. Que su madre había llamado a las once para decirle que los resultados de los análisis estaban "un poco raros" y que el médico quería verla de nuevo. Que su hermana le había enviado un mensaje con un emoji de preocupación y la palabra "¿hablamos?" que Sofía había dejado en visto porque no sabía qué decir. Que, debajo del jersey gris de lana, su corazón latía un poco más rápido de lo normal y sus manos temblaban ligeramente cuando nadie miraba.
Pero la Máscara no temblaba. La Máscara era de acero inoxidable. La Máscara sonreía mientras recogía los manuscritos urgentes y los ordenaba por prioridad, como si su vida dependiera de ello. Y en cierto modo, así era.
A las diez y media, Carla entró en su despacho sin llamar. Era la única persona en la editorial que hacía eso. La única que se permitía saltarse las normas con Sofía, quizá porque las conocía desde la universidad, quizá porque veía algo que los demás no veían.
—¿Cómo estás? —preguntó Carla, dejando una barrita de cereales sobre el escritorio—. Pareces cansada.
—Estoy bien —respondió Sofía, con la sonrisa automática—. Solo mucho trabajo.
Carla la miró con esos ojos oscuros que parecían leer entre líneas. No dijo nada, pero Sofía supo que no la había engañado. Carla siempre sabía. Era su don y su maldición.
—¿Has visto el correo de tu hermana? —preguntó Carla, casualmente.
Sofía sintió un tirón en el estómago. El correo. El que había borrado sin leer del todo. El que decía algo sobre poemas y servilletas y "te extraño".
—Lo vi —respondió, evasiva—. Luego le contesto.
Carla asintió, pero su mirada se había vuelto seria. Era la mirada de quien conoce un secreto y no sabe si debe compartirlo.
—Sofía... —empezó, y luego se detuvo—. Nada. Cuando quieras hablar, aquí estoy.
Salió como había entrado, sin hacer ruido, dejando tras de sí un silencio incómodo y el olor a su perfume de vainilla. Sofía se quedó mirando la barrita de cereales durante un largo minuto. Una barrita de cereales. Como si eso fuera suficiente para llenar el vacío que sentía en el pecho.
El Ruido se activó de inmediato.
"¿Por qué no le dices la verdad? ¿Por qué siempre dices que estás bien cuando no lo estás? ¿Qué tienes que ocultar?"
Cerró los ojos. Respiró hondo. Contó hasta cinco. Cuando los abrió, la Máscara estaba otra vez en su sitio.
El resto de la mañana transcurrió en una nebulosa de palabras ajenas. Corrigió, anotó, sugirió cambios. Reescribió párrafos enteros de la mano de otros autores, como había hecho durante una década. Su oficio era invisible: cuanto mejor hacía su trabajo, menos se notaba. Era la arquitecta de las palabras, la que construía los cimientos para que otros levantaran sus castillos. Y a veces, cuando estaba sola, se preguntaba qué pasaría si ella también intentara levantar el suyo.
Pero nunca lo hacía. Porque había aprendido, desde muy pequeña, que mostrar lo que uno realmente quería era peligroso.
"¿Poemas? ¿Dibujos? Eso no da de comer", había dicho su padre la última vez que la vio garabatear en una servilleta. Tenía doce años. Nunca volvió a garabatear delante de nadie.
"No seas tan sensible, Sofía, la vida es dura", había dicho su madre cuando llegó llorando de la escuela. Tenía catorce años. Nunca volvió a llorar delante de su madre.
Aprendió a guardar las cosas. A meterlas en cajas. A ponerles candado. Y luego, con el tiempo, a olvidar que las cajas existían. Fue más fácil así. Más seguro.
Ahora, a los treinta y dos años, era una experta en cierres. No solo en los de las cajas, sino en los de las frases. Sabía perfectamente qué palabras usar para que nadie se acercara demasiado. Sabía cómo modular su voz para que sonara profesional y distante. Sabía cómo sonreír sin que la sonrisa llegara a sus ojos.
Pero aquel lunes, mientras corregía la página ciento veintitrés del manuscrito "El jardín de las mariposas muertas", algo extraño sucedió.
En el margen superior izquierdo, el autor había escrito una dedicatoria que Sofía no había notado antes: "Para todos los que alguna vez sintieron que volar era imposible."
Las palabras la golpearon como un puñetazo en el estómago. No sabía por qué. No tenía sentido. Era solo una frase cursi, de esas que los autores escriben para quedar bien. Pero Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, que la Máscara se resquebrajaba apenas un milímetro, que algo se movía en el fondo de su pecho.
Un recuerdo. Una imagen borrosa. Una niña de diez años, sentada en el suelo de su habitación, dibujando una figura con alas de colores sobre un fondo de espirales. Y debajo, escrito con letra temblorosa: "Esta soy yo."
—¿Sofía?
La voz de Darío la sacó de su trance. El editor jefe estaba al lado de su escritorio, mirándola con extrañeza.
—¿Estás bien? Te llamé tres veces.
—Sí —respondió, automática—. Solo estaba concentrada.
Darío frunció el ceño, como si no la creyera del todo, pero no insistió. Ese era el problema de ser tan eficiente: nadie esperaba que fallaras. Y Sofía nunca fallaba.
—Esta tarde hay reunión con el equipo editorial —dijo Darío—. Quiero que presentes el informe de la novela de García. A las seis.
—Por supuesto.
Cuando Darío se fue, Sofía se quedó mirando la dedicatoria del manuscrito. "Para todos los que alguna vez sintieron que volar era imposible."
El Ruido se hizo sentir:
"¿Y tú, Sofía? ¿Alguna vez sentiste que volar era imposible? ¿O simplemente te olvidaste de que tenías alas?"
Cerró el manuscrito con brusquedad. No iba a pensar en eso. No podía pensar en eso. Tenía trabajo que hacer, plazos que cumplir, una Máscara que mantener.
Pero mientras su mano derecha seguía corrigiendo las páginas con la precisión de un autómata, su mano izquierda, casi sin que ella lo notara, comenzó a garabatear en el borde de una hoja de papel.
Una espiral.
Pequeña, imperfecta, casi invisible.
Como la que dibujaba aquella niña que ya no recordaba ser.
Sofía miró el garabato y sintió un escalofrío. Arrancó la hoja, la hizo una bola y la tiró a la papelera. Acto seguido, abrió el correo electrónico y buscó el mensaje de su hermana. No lo encontró. Lo había borrado para siempre, como si borrar el mensaje pudiera borrar también la pregunta que contenía.
"¿Cuándo vuelves a ser tú?"
Se levantó, fue a la máquina de café y se sirvió su tercera taza de la mañana. Afuera, Madrid seguía gris. Adentro, Sofía seguía perfecta.
Pero algo había cambiado. Algo que no sabía nombrar. Algo que se parecía peligrosamente a la certeza de que, por mucho que lo intentara, no podía seguir huyendo de sí misma para siempre.
"¿Y yo, qué escribo?", se preguntó mientras el café se enfriaba en sus manos.
No tenía respuesta.
Pero la pregunta, por primera vez en mucho tiempo, no la asustaba.