Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 19
—¡¿Álvar?! —El grito rasgó el bullicio de la feria nocturna.
Clara se quedó tiesa a unos pasos de ellos. Los ojos muy abiertos, no solo por la sorpresa, sino también por el dolor. Sin embargo, no se acercó. Giró sobre sus talones y se alejó a paso rápido, dejándose tragar por la multitud.
Álvar reaccionó de golpe; empujó a Ester lejos con brusquedad.
—¡Basta, Ester! —Su voz se elevó—. ¡No vuelvas a hacer eso jamás!
—Álvar… —lo llamó ella, presa del pánico.
—¡No! —bramó Álvar. El pecho le subía y bajaba—. Tú ya no existes en mi corazón. Ahora… —la voz le tembló, pero sonó rotunda— en mi corazón solo está Clara.
Ester se quedó clavada en el sitio.
—Quizá tardé en darme cuenta —prosiguió Álvar, la mandíbula apretada—. Pero lo que siento por Clara es mucho más grande que cualquier cosa que haya sentido cuando estaba contigo. Comparada con ella, tú no eres nada.
Las palabras golpearon sin piedad.
—Estoy decepcionado de ti, Ester —continuó con frialdad—. De tu actitud sin vergüenza. Antes yo creía que la gente solo te calumniaba… decían que te gustaba coquetear con los hombres del pueblo. Pero ahora me doy cuenta de que en realidad nunca supiste respetarte después de que me fui.
El rostro de Ester se volvió lívido.
—No creas que soy estúpido —la voz de Álvar bajó aún más, pero cortaba como un filo—. Tú lo sabes, ¿verdad? Cuando estabas cerca de mí, también te acercabas a mi tío.
—¡Eso no es cierto! —lo interrumpió Ester.
—Mi tía sufrió mucho cuando se enteró —continuó Álvar sin inmutarse—. Y al final Dios se llevó a mi tío antes de que la herida se hiciera más profunda.
Ester lloró; la voz se le deshizo.
—¡Es mentira! ¡Es una calumnia! ¡Tu tío fue el que me acosó, Álvar! ¡Yo nunca lo provoqué!
Álvar no volvió a mirarla. Dio media vuelta y se marchó, dejando a Ester sollozando en medio del resplandor de las luces de la feria nocturna, que ahora se sentía helado.
Mientras tanto, en el estacionamiento, Clara caminaba deprisa con la mirada perdida. El pecho le oprimía, la respiración le salía entrecortada.
Chocó sin querer con una mujer.
—¡Dios santo, perdone…! —La mujer observó a Clara con más atención y luego se sorprendió—. Oiga… ¿usted es la esposa de Álvar?
Clara se detuvo un instante y asintió levemente.
—Soy Citlali —se presentó la mujer con suavidad—. ¿Qué le pasa? Se ve muy pálida.
Clara forzó una sonrisa.
—Me duele la cabeza. Quiero irme a casa.
La expresión de Citlali se llenó de compasión.
—¿Quiere que la lleve? Su casa queda de camino a la mía.
Clara vaciló una fracción de segundo y luego asintió despacio.
—Bueno… gracias.
Citlali encendió su motocicleta. Clara se subió sin decir mucho más, aferrada a su bolso como si fuera su único sostén.
En ese mismo momento, Álvar acababa de llegar al estacionamiento. Bajo la tenue luz de un farol vio a Clara: su esposa ya estaba sentada en la parte trasera de la moto de otra persona. El vehículo arrancó lentamente, alejándose de él.
Álvar persiguió a Clara hasta la casa. Resultó que Doña Susana y Don Higinio habían llegado antes. En cuanto vieron a Clara entrar sin Álvar, los dos se miraron.
—Pero… ¿por qué llegaron separados? —preguntó Doña Susana, extrañada—. ¿No se habían ido juntos?
Álvar se apresuró a contestar antes de que Clara hablara.
—Fue un malentendido, mamá. —El tono era tranquilo, pero el rostro no lo acompañaba.
Clara se dirigió al cuarto sin voltear. Álvar exhaló un largo suspiro y la siguió. Al abrir la puerta, la escena le estrujó el pecho: Clara estaba metiendo su ropa en la maleta.
—Clara… —Álvar se acercó—. Escúchame primero.
Clara no volteó; sus manos seguían doblando y guardando prendas una por una, con movimientos rígidos.
—Puedo explicarte lo de hace rato —prosiguió Álvar, la voz más baja—. No es lo que parece.
Clara se detuvo un segundo, luego soltó una risa breve, una risa que no tenía nada de graciosa.
—No tienes que explicarme nada —dijo con frialdad—. Lo supe desde el principio: yo nunca fui nadie en tu corazón.
Álvar se quedó de piedra.
—¿De qué hablas?
Clara por fin lo miró. Los ojos enrojecidos, pero sin lágrimas.
—Escuché la conversación que tuviste con tu papá en el almacén de cebollas —dijo en voz baja, cada palabra como un puñal—. Dijiste que Clara era bonita, buena persona, pero que todavía no podía hacerte enamorar.
La sangre de Álvar pareció dejar de correr.
—Clara, eso…
—Fue honesto —lo cortó ella—. Y yo valoré esa honestidad. Por eso nunca te exigí nada. Pero esta noche… —la voz le tembló— lo vi con mis propios ojos: tu corazón todavía tiene espacio para otra persona.
Álvar avanzó un paso, presa del pánico.
—Escúchame, Clara. Lo de hace rato no fue…
Antes de que pudiera terminar la frase, el teléfono de Clara sonó. El nombre de "Mamá" apareció en la pantalla.
Clara contestó al instante.
—¿Hola, mamá?
Su rostro palideció de golpe.
—¿Qué? —la respiración se le cortó—. Papá… ¿Qué le pasó a papá?
Álvar se quedó inmóvil, observando cómo cambiaba la expresión de su esposa.
—¿Un infarto? —la voz de Clara temblaba sin control—. ¿Está en el hospital ahora? ¡Voy para allá, mamá! ¡Ahora mismo!
La llamada se cortó; el teléfono casi se le resbaló de la mano. Volteó hacia Álvar, los ojos llenos de pánico y a punto de desbordarse.
—Mi papá está en el hospital. Un infarto repentino.
Sin esperar respuesta, Clara arrastró la maleta fuera del cuarto. En la sala, Doña Susana y Don Higinio se pusieron de pie al instante.
—¿Qué pasó, hija? —preguntó Doña Susana con preocupación.
Clara se esforzó por mantenerse entera.
—Mi papá… mi papá ingresó al hospital, señora. Tengo que volver a la ciudad ahora mismo.
—¡Dios mío…! —Doña Susana la abrazó por reflejo—. Álvar, lleva a tu esposa.
—Yo los acompaño —añadió Doña Susana, pero enseguida recordó algo—. ¡Ah, no puedo! Mañana todavía tengo que ir al velorio de la cuñada.
Clara quiso rehusarse.
—No hace falta, señora. Yo puedo…
—No vas a tomar un transporte público a estas horas de la noche —la atajó Don Higinio con firmeza. Tomó las llaves del auto de la mesa y se las entregó a Álvar—. Usa mi carro. Lleva a Clara hasta la ciudad.
Clara se quedó en silencio. Sabía que sin Álvar al volante el viaje sería mucho más largo. A regañadientes, asintió.
Álvar apretó las llaves con fuerza. Si esta vez llegaba tarde a alcanzar a Clara, quizá no sería solo la distancia lo que los separaría, sino el destino mismo.