"Él es el hombre más poderoso de la ciudad. Ellos tienen 8 años y acaban de hackear su vida."
Elara ha guardado un secreto durante cuatro años: es madre soltera de dos genios que el sistema escolar no puede controlar. Para su jefe, el implacable y frío millonario Killian Vane, ella es solo la asistente perfecta, la mujer que nunca falla y que parece no tener vida personal. Pero cuando el colegio de los gemelos exige una cuota impagable para niños superdotados y el padre biológico desaparece con las migajas de la manutención, Elara llega al límite.
Lo que Elara no sabe es que sus hijos, Evans y Edans, han tomado una decisión: Mamá necesita un respiro y ellos necesitan un papá que esté a su nivel.
Tras analizar a cientos de candidatos en la plaza local, los gemelos fijan su objetivo en el hombre que aparece en las noticias: Killian Vane. Es rico, es brillante y, según sus cálculos, es el único hombre con el ADN lo suficientemente fuerte para lidiar con ellos.
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Capítulo 6: El secreto de los diez centímetros y una risa inesperada
La oficina de la Torre Vane nunca se había sentido tan pequeña. Elara estaba de pie frente al escritorio de roble, con la espalda recta y los dedos entrelazados para que Killian no notara que le temblaban. Fuera, en la zona de recepción, Evans y Edans estaban sentados en el sofá de cuero, "analizando" el sistema de archivos de la empresa ante la mirada aterrorizada de la recepcionista.
Killian no había dicho una palabra en diez minutos. Solo la observaba, con esa mirada gris que parecía atravesar las paredes.
—Cuatro años, Elara —soltó Killian finalmente, dejando la pluma sobre la mesa—. Cuatro años viéndola todos los días, y nunca mencionó que tenía dos... genios en miniatura viviendo en su casa. ¿Por qué?
Elara inhaló profundamente, sintiendo el aire frío del aire acondicionado en sus pulmones.
—Porque usted es Killian Vane, señor —respondió ella, con una honestidad que le quemaba la garganta—. Es el hombre más estricto y duro de Manhattan. Pensé que, si sabía que era madre soltera de dos niños con necesidades especiales, me miraría como una carga. Pensé que me despediría porque mis "urgencias domésticas" no encajaban con su agenda de veinticuatro horas.
Killian frunció el ceño, recostándose en su silla.
—¿Tan poco confía en mi criterio profesional?
—Confío en lo que veo, señor. Usted no perdona un bostezo, ¿cómo iba a perdonar una fiebre de medianoche o un acto escolar? —Elara dio un paso al frente, perdiendo el miedo—. Trabajo para usted porque la paga es la única que me permite mantener a mis hijos. Agunto sus humores, sus silencios y estos tacones de diez centímetros que me están destrozando la columna, solo porque Evans y Edans necesitan una educación que no puedo pagar de otra forma.
Killian guardó silencio, procesando las palabras de su asistente. Sus ojos bajaron por un segundo a los zapatos de Elara y luego volvieron a su rostro cansado.
—¿Y el padre? —preguntó Killian, con un tono que no era de reproche, sino de una curiosidad casi humana.
Elara soltó una risa amarga.
—Un desastre con patas. Se fue cuando los nenes tenían cuatro años. Dijo que no podía con ellos, que le daba miedo que sus propios hijos supieran más que él. La manutención que pasa es una miseria, apenas alcanza para la leche de una semana. Se fue a comprar cigarrillos y, francamente, espero que nunca encuentre el camino de vuelta.
Killian asintió lentamente. Por un momento, el "Iceberg" pareció humano. Pero la paz duró poco.
La puerta del despacho se abrió de golpe. Evans entró con una carpeta bajo el brazo y Edans lo seguía con una expresión de decepción absoluta.
—Señor Vane, tenemos un problema grave —anunció Evans, subiéndose a una de las sillas frente al escritorio sin pedir permiso.
Killian levantó una ceja, mirando al niño que acababa de invadir su espacio vital.
—¿Ah sí? ¿Y qué problema es ese, pequeño... especialista?
—Su sistema de logística para la distribución en Asia tiene un error de algoritmo del 3% —dijo Evans, abriendo la carpeta sobre el escritorio de Killian—. Está perdiendo cerca de cincuenta mil dólares al día por rutas ineficientes. Mi hermano y yo lo corregimos mientras esperábamos el café. De nada.
Edans se acercó a Killian y lo miró fijamente a los ojos, a escasos centímetros de su cara.
—Y otra cosa —añadió Edans—. Mi mamá dice que usted es un témpano de hielo, pero yo creo que solo tiene estreñimiento emocional. Debería comer más fibra y sonreír un poco. Le hace falta para que las arrugas de la frente no se le queden permanentes.
Elara sintió que se le bajaba la presión.
—¡Niños! ¡Salgan de aquí ahora mismo! —gritó Elara, tratando de agarrarlos de la mano.
Pero entonces, algo increíble sucedió. Algo que nadie en la Torre Vane había escuchado jamás.
Killian empezó a emitir un sonido ronco desde el pecho. Primero fue un espasmo, luego una vibración y, finalmente, estalló en una carcajada limpia y sonora. Killian Vane se estaba riendo. Se reía tanto que tuvo que taparse la cara con una mano mientras la otra golpeaba suavemente el escritorio.
Elara se quedó congelada, con la boca abierta. Nunca, en cuatro años, lo había visto mostrar un ápice de alegría real.
—"Estreñimiento emocional" —repitió Killian entre risas, mirando a Edans con ojos brillantes—. Eres un pequeño demonio insolente.
—Es una observación clínica —respondió Edans, aunque sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa de triunfo.
Killian se calmó, limpiándose una lágrima de la esquina del ojo. Miró a los gemelos y luego a Elara. La sorpresa de los niños al descubrir que "el hombre perfecto para papá" era el mismo jefe que hacía sufrir a su madre con los tacones se notaba en sus caras, pero no retrocedieron.
—Así que... yo soy el Iceberg, ¿eh? —Killian miró a Elara, y por primera vez, no había frialdad en su mirada, sino una chispa de diversión—. Y ustedes quieren que yo sea su padre para que su madre deje de usar tacones altos.
—Básicamente —dijo Evans—. Aunque tendría que pasar varias pruebas de aptitud. Ser rico es solo el 20% de los requisitos.
Killian volvió a sonreír, una sonrisa de lado, peligrosa y atractiva.
—Bien. Hagamos un trato, genios. Si sus correcciones de logística funcionan y me ahorran esos cincuenta mil dólares, les devolveré el internet en su casa hoy mismo. Yo mismo daré la orden.
—¡Hecho! —gritaron los gemelos al unísono.
—Pero —continuó Killian, mirando a Elara de una forma que le hizo dar un vuelco al corazón—, a cambio, su madre tendrá prohibido usar tacones de más de cinco centímetros en esta oficina. No quiero que mi mejor empleada se quede inválida por culpa de mi "falta de fibra".
Elara sintió que las mejillas le ardían. Los gemelos chocaron los cinco, celebrando la victoria.
—Paso cuatro: ablandamiento del objetivo completado —susurró Evans.
Killian los miró salir del despacho con una mezcla de respeto y confusión. Cuando se quedó solo con Elara, el silencio volvió a ser denso, pero ya no era frío.
—Son increíbles, Elara —dijo Killian en voz baja—. Y usted... usted es mucho más que una secretaria eficiente. Mañana la quiero aquí a las nueve. Con zapatos cómodos. Es una orden.
Elara asintió, saliendo de la oficina con la sensación de que el mundo acababa de dar un giro de 180 grados. Mientras caminaba hacia el ascensor, escuchó a Edans decirle a Evans:
—¿Viste? La risa liberó endorfinas. Ya lo tenemos en la palma de la mano.
—Sí —respondió Evans—. Ahora solo falta que aprenda a cocinar. Mamá no puede vivir solo de ensaladas de oficina.
Elara suspiró, cerrando los ojos. El Iceberg se estaba derritiendo, y ella no sabía si estaba lista para lo que vendría después.
debe ser alguien del pasado
o alguien a quien afectaron los gemelos en el pasado 💣
es un viaje de emociones ...
magnífico ,comienzo de esta historia..
Son unos diablillos adorables 👏👏