⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Necesidad de control
El reloj digital de la consola principal del estudio marcaba las cuatro y veinte de la madrugada. El resplandor azul de las pantallas era la única iluminación en la sala insonorizada. Gus Fletcher se frotó los ojos con ambas manos, sintiendo el ardor del cansancio acumulado tras catorce horas continuas de trabajo. Frente a él, las ondas de audio de su nuevo tema principal se repetían en un bucle infinito en el monitor.
—No es suficiente —murmuró Gus para sí mismo, con la voz desgastada—. Falta algo en el puente musical. La nota final tiene que doler, tiene que arrastrar al oyente al vacío.
Tomó los auriculares, se los colocó de nuevo y ajustó el sintetizador. Su mente obsesiva se negaba a dejar el edificio hasta encontrar la perfección absoluta. Volvió a reproducir la pista una, dos, diez veces más. Modificó las frecuencias, alargó el eco y, finalmente, cuando el reloj marcó casi las cinco, logró el sonido exacto. Una nota sostenida, limpia, melancólica y poderosa.
Gus soltó un suspiro pesado, apagó los equipos y guardó la sesión en el disco duro. Se puso una chaqueta oscura sobre su camiseta blanca y salió del estudio. Los pasillos de la agencia de talentos estaban completamente desiertos. Al cruzar la puerta principal de cristal hacia la calle, el aire gélido de la madrugada lo golpeó de frente, ayudándole a despejar un poco la mente.
La calle estaba vacía, excepto por un espectacular automóvil deportivo negro estacionado justo frente a la salida. Junto a la puerta del conductor, un hombre de una presencia imponente permanecía de pie, fumando un cigarrillo con total tranquilidad.
Gus se detuvo un segundo por puro instinto. El hombre era Arlo Baxter. Su figura varonil y masiva sobrepasaba a Gus por unos veinte centímetros de altura. Vestía un traje de diseñador impecable, sin corbata, y mantenía una mano metida en el bolsillo del pantalón. Al escuchar los pasos de Gus, Arlo giró lentamente la cabeza y fijó sus intensos ojos negros directamente en él.
En ese instante, las miradas de ambos se cruzaron en medio de la penumbra de la madrugada.
Gus sintió una descarga eléctrica masiva. Fue un tirón físico inexplicable en el centro del pecho, como si un gancho invisible le atrapara el corazón y tirara de él hacia el desconocido. Gus contuvo el aliento, pero no se detuvo. Su orgullo y su obsesión por mantener el control lo obligaron a desviar la mirada y seguir caminando a paso firme hacia la esquina para buscar un taxi. Su trabajo era lo más importante; no tenía tiempo para distraerse con extraños en la calle, sin importar cuán intimidantes o perfectos lucieran.
Sin embargo, mientras se alejaba, un calor repentino comenzó a extenderse desde su pecho hacia abajo, transformándose en un hormigueo constante y profundo en el bajo vientre. ¿Era excitación? Gus apretó los dientes, confundido por la intensidad de la reacción de su propio cuerpo ante un hombre al que jamás había visto. Intentó racionalizarlo mientras subía al taxi. Quizás su cuerpo simplemente estaba reaccionando a la falta de descanso, o tal vez era la necesidad acumulada de una descarga física, considerando que hacía ya varios meses que había terminado su relación con su última novia y se había aislado por completo en el trabajo.
Al llegar a su domicilio, el departamento estaba frío y silencioso. Gus no encendió las luces. Se quitó la chaqueta, se dejó caer sobre la cama y, movido por el recuerdo difuso de la mandíbula cuadrada y los ojos negros del hombre de la calle, llevó una mano a sus pantalones. Se masturbó con desesperación, buscando liberar la tensión acumulada de los últimos días. Tras alcanzar un orgasmo rápido que lo dejó completamente exhausto, cerró los ojos y se sumergió en un sueño profundo y pesado.
Tres días después, el cansancio acumulado cobró su factura de la manera más cruel.
El club exclusivo de la ciudad estaba abarrotado. Las luces del escenario eran intensas, combinando destellos azules y blancos que cegaban la vista. Gus estaba en medio de su presentación en vivo, interpretando el tema principal frente a cientos de personas que coreaban su nombre. Su cuerpo varonil se movía al ritmo de la música, pero por dentro, el cantante sentía que el suelo temblaba bajo sus pies.
La respiración le faltaba. Su pecho subía y bajaba con dificultad y la vista comenzó a nublársele. El sudor frío le corría por la frente. Justo cuando la canción llegaba a su clímax, la energía de Gus se agotó por completo. Sus piernas cedieron.
Antes de que su cuerpo impactara contra el suelo del escenario ante los gritos de pánico de su mánager y el público, el mundo pareció detenerse. Lo último que Gus vio antes de perder el conocimiento fue un destello rojo brillante en el aire, una línea carmesí que se cruzó ante sus ojos.
Cuando Gus abrió los ojos de nuevo, el ruido del club había desaparecido. Se encontró acostado en un amplio sofá de cuero negro dentro de un camerino privado de un lujo impresionante. Las paredes estaban revestidas de madera oscura, la iluminación era tenue y cálida, y el olor a tabaco caro inundaba el ambiente.
Gus intentó incorporarse de inmediato, pero un mareo violento lo obligó a apoyar la espalda de nuevo en los cojines.
—No te muevas —dijo una voz gruesa y profunda desde la esquina de la habitación. El tono era tan bajo y firme que le erizó la piel a Gus de inmediato.
Gus giró la cabeza con cuidado. Sentado en un sillón individual, con las piernas cruzadas y observándolo con fijeza milimétrica, estaba el mismo hombre imponente de la madrugada fuera de la agencia. Arlo Baxter sostenía un cigarrillo encendido entre sus dedos, dejando que el humo gris subiera lentamente hacia el techo.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó Gus, con la voz débil pero intentando sonar firme—. ¿Dónde está mi mánager? ¿Qué hago aquí?
Arlo no respondió de inmediato. Le dio una larga calada a su cigarrillo y exhaló el humo antes de levantarse. Su altura y su cuerpo esculpido por horas de gimnasio dominaron la habitación por completo mientras se acercaba al sofá. Gus se sintió repentinamente pequeño e indefenso ante la presencia de ese hombre que emanaba un aura innegable de peligro y control absoluto.
—Tu mánager está afuera, asegurándose de que la prensa no arruine tu carrera por tu pequeño espectáculo de hoy —respondió Arlo, deteniéndose a un metro de distancia—. Estás aquí porque yo lo decidí. Colapsaste en el escenario, Fletcher. Tu cuerpo simplemente dijo basta.
Gus frunció el ceño, molesto por la arrogancia del desconocido. Intentó levantar el brazo derecho para limpiarse el sudor de la frente, pero al mover la mano, notó algo extraño en el aire.
Una delgada línea de energía carmesí brillante flotaba entre ellos. Gus abrió los ojos con sorpresa y horror al darse cuenta de que el hilo salía directamente de su propia muñeca derecha, cruzaba el espacio del camerino y se enroscaba firmemente alrededor de los dedos de la mano izquierda de Arlo.
—¿Qué es esto? —exclamó Gus, alterado. Intentó sacudir la muñeca con fuerza para deshacerse del lazo, pero el hilo permaneció intacto, parpadeando con un brillo rojo más intenso—. ¡¿Qué me hiciste?! ¡¿Qué es esta cosa?!
—Cálmate —ordenó Arlo. Su voz gruesa resonó en el camerino como una orden militar—. No te va a hacer daño a menos que intentes estirarlo demasiado.
—¡Quítamelo! —Gus usó su mano izquierda para intentar arrancar el hilo de su muñeca, pero sus dedos atravesaron la energía carmesí como si fuera humo, aunque el lazo seguía firmemente sujeto a su piel—. ¡Te estoy diciendo que me lo quites! ¡¿Qué tipo de truco es este?! ¡¿Eres algún tipo de criminal?! ¡¿Qué me diste mientras estaba inconsciente?!
Arlo soltó una pequeña risa, una vibración baja que demostraba que tenía el control absoluto de la situación. Dio un paso más hacia el sofá, acortando la distancia de forma amenazante pero protectora.
—No te di nada, Fletcher. Este lazo ya estaba allí mucho antes de que te desmayaras hoy —dijo Arlo, extendiendo la mano izquierda. Al mover sus dedos, el hilo rojo se tensó sutilmente, y Gus sintió una presión directa en el pecho, obligándolo a quedarse quieto—. Yo no lo creé. Tu propia necesidad de control y tu agotamiento lo llamaron. Yo solo tomé el otro extremo.
—Estás loco —dijo Gus, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora, mezclando el miedo con ese mismo hormigueo extraño en el vientre que había sentido la otra noche—. No sé quién eres, ni qué negocios raros manejas para tener acceso a este lugar, pero exijo que me dejes ir ahora mismo. No soy el juguete de nadie.
—¿Dejarte ir? —Arlo tiró del hilo un milímetro más. Gus sintió que su cuerpo obedecía involuntariamente, obligándolo a sentarse en el sofá de frente al empresario—. Mírate. No puedes ni mantenerte en pie por ti mismo. Eres un perfeccionista obsesivo que se está destruyendo las cuerdas vocales y la vida por un álbum. Crees que lo controlas todo, pero no controlas nada.
—Ese es mi problema, no el tuyo —respondió Gus, sosteniéndole la mirada verde café con furia, a pesar de que el tono de voz de Arlo le causaba escalofríos—. Es mi carrera. Es mi vida. Yo decido hasta dónde presionar.
—Ya no —sentenció Arlo, apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal sobre la mesa lateral—. Desde el momento en que este hilo nos unió, tu bienestar me pertenece. No voy a permitir que destruyas la herramienta que ahora está conectada a mí. A partir de hoy, vas a comer cuando yo lo diga, vas a descansar cuando yo lo ordene y vas a cantar solo cuando tu cuerpo esté listo.
—¡Estás completamente demente si crees que voy a obedecer a un mafioso desconocido! —gritó Gus, intentando ponerse de pie con rabia.
Sin embargo, en cuanto sus pies tocaron el suelo, Arlo cerró el puño de la mano izquierda, tensando el hilo carmesí por completo. Una ola de sumisión forzada recorrió los músculos de Gus. Sus piernas perdieron la fuerza de inmediato, y su cuerpo cayó hacia adelante.
Arlo dio un paso rápido y lo atrapó por los hombros antes de que tocara el piso. La diferencia de tamaño se hizo evidente; Gus quedó atrapado contra el pecho firme y ancho de Arlo, respirando el aroma a tabaco y perfume costoso. La fuerza física de Arlo lo mantenía completamente inmovilizado.
—Puedes gritar todo lo que quieras, Fletcher —susurró Arlo cerca de su oído, haciendo que Gus se estremeciera por completo—. Puedes pensar que soy un empresario, un mafioso o el mismísimo demonio. No me importa. Pero tu cuerpo ya sabe a quién le pertenece ahora. Mira la muñeca.
Gus miró hacia abajo, con la respiración entrecortada. El hilo rojo brillaba con una fuerza impresionante, latiendo exactamente al mismo ritmo que los corazones de ambos hombres, que ahora golpeaban juntos en el silencio del lujoso camerino. Gus quería pelear, quería recuperar el control de su vida, pero una parte muy profunda y oculta de su mente sintió un alivio inmenso al ser sostenido con tanta firmeza por alguien que no planeaba soltarlo jamás.