Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
NovelToon tiene autorización de Maria Luisa Soto Rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Desayuno
Elena se despertó porque olía a café de verdad. No a su café instantáneo quemado. A café de grano, recién molido, caro.
Abrió los ojos. La chimenea ya estaba apagada, solo quedaban brasas. La luz entraba por las cortinas entreabiertas, blanca, de mañana de invierno de Chicago. Nevaba. Se veía por la ventana enorme el bosque blanco.
Estaba sola en la cama. La camiseta gris de Lorenzo seguía puesta, arrugada. Su lado de la cama estaba vacío pero caliente todavía. Se había levantado hace poco.
Miró el reloj. 9:32 am. Se había dormido hasta las 9:32. Ella, que llevaba 3 años despertándose a las 5 am para abrir la librería.
Se levantó de golpe, asustada. "La librería. Tengo que..."
"La librería está cerrada hoy", dijo una voz desde la puerta del vestidor.
Lorenzo estaba ahí, apoyado contra el marco, con pantalones de chándal grises y una camiseta negra ajustada, descalzo, con el pelo mojado, recién duchado, con una taza de café en cada mano. Se veía... humano. Joven. Tenía 34 años pero con esa ropa parecía de 28.
"¿Cómo que cerrada? ¿Quién la cerró? ¿Quién te dijo que podías cerrar mi librería?"
"Yo. La cerré yo. Porque mi esposa no trabajó ayer, no durmió ayer y no va a trabajar hoy. Hoy es tu luna de miel. Aunque sea una luna de miel falsa, te toca descanso. Es la regla número cuatro."
"¿Ahora cuántas reglas hay? ¿Cien?"
"Ciento cincuenta y dos. Las voy inventando según me conviene."
Le pasó una taza. Elena la tomó. Era café con leche, con exactamente una cucharada de azúcar, como a ella le gustaba. Él se había fijado.
"¿Cómo sabes cómo tomo el café?"
"Le pregunté a Sara. Tu amiga Sara. Me dijo todo. Que tomas café con una de azúcar, que odias el cilantro, que lloras con Toy Story 3, que tu madre te decía 'mi pequeña lectora'."
"¿Hablaste con Sara? ¿Cuándo?"
"Anoche, mientras tú estabas en el baño llorando por mi madre. Le escribí. Me cayó bien. Me dijo que si te hacía daño, me iba a romper las rodillas con un bate. Le dije que si me las rompía, no podría arrodillarme para pedirte perdón. Llegamos a un acuerdo."
Elena se rio, a pesar de que quería estar enojada. Tomó un sorbo de café. Estaba perfecto.
"¿Qué se supone que hace una esposa trofeo en su luna de miel falsa?", preguntó, sentándose en la cama con las piernas cruzadas, la camiseta subiéndosele hasta casi enseñarle todo. Lorenzo desvió la mirada un segundo, con autocontrol de santo.
"Desayuna. Luego va a ver su librería reconstruida. Luego... no sé, lo que quieran hacer las esposas normales. ¿Qué hacen las esposas normales?"
"No sé. Nunca fui esposa normal. Fui novia pobre, eso sí. Mi ex me llevaba a McDonald's y me decía que era cena elegante porque pedía agrandado."
Lorenzo se tensó al oír "mi ex". Su mandíbula se marcó.
"¿Cómo se llama tu ex?", preguntó, con voz demasiado tranquila.
"¿Para qué quieres saber?"
"Curiosidad."
"Se llama Kevin. ¿Por qué? ¿Lo vas a buscar?"
"No. Solo quiero saber si sigue vivo en esta ciudad para no cruzármelo por accidente."
Elena lo miró, a medio camino entre el miedo y la risa.
"Lorenzo, no puedes matar a todos los que me caen mal."
"No. Solo a los que te hicieron llorar. A los que te caen mal solo les rompo algo. Soy razonable."
Bajaron a desayunar a las 10. Agata había preparado un desayuno que parecía de hotel de 5 estrellas: panqueques, huevos, fruta cortada perfecta, tocino, jugo, todo.
Elena comió como si no hubiera comido en días. Porque no había comido. Lorenzo la miraba comer con una satisfacción extraña, como si alimentarla fuera una victoria personal.
"Come más", dijo, sirviéndole más panqueques.
"Voy a engordar si me sigues alimentando así."
"Bien. Me gustan las mujeres que comen. Las que no comen me ponen nervioso. Pienso que están planeando cómo matarme y no tienen fuerza."
"Yo estoy planeando cómo matarte, pero con panza llena pienso mejor."
"Perfecto. Mientras planees quedarte, puedes planear lo que quieras."
Sonó el timbre. No el de la reja. El de la puerta principal. Nadie tocaba esa puerta sin avisar. Lorenzo se tensó al instante. Su mano fue automáticamente a su espalda, donde Elena supo que tenía un arma escondida aunque llevara chándal.
Agata fue a abrir y volvió pálida.
"Señor... es para la señora."
"¿Para mí?", dijo Elena.
En la puerta había un ramo enorme de rosas rojas, tan grande que el repartidor casi no podía con él, y una caja pequeña de terciopelo azul.
Elena lo tomó. La tarjeta decía: "Para mi esposa, en su primer día como Volkov. Para que no olvides que aunque sea falso, es rojo. L."
Dentro de la caja azul, un collar. No de perlas como el de Irina. De diamantes. Pequeños, delicados, pero reales, formando una cadena fina que brillaba incluso sin luz.
"¿Tú me mandaste esto?", preguntó Elena, con la voz cortada.
"No. Yo no mando flores. Yo compro la florería. Debe ser Dmitri jodiéndome."
Pero Elena vio cómo Lorenzo sonreía de lado, satisfecho, mientras tomaba café como si nada.
"¿Fuiste tú?", insistió.
"Regla número cinco", dijo él, levantándose y poniéndose detrás de ella para ponerle el collar con manos que temblaban un poco. El metal frío contra su piel caliente. "Mi esposa no sale de esta casa sin algo mío puesto. Ayer fue el anillo. Hoy es el collar. Mañana serán... ya veremos."
Elena se tocó el collar. Era liviano. Perfecto. No ostentoso como el de Irina. Elegante. Como si él hubiera pensado en ella, no en su apellido.
Se giró y, sin pensarlo, sin planearlo, se puso de puntitas y le dio un beso en la mejilla. Cerca de la boca. Su primer beso voluntario.
"Gracias", susurró.
Lorenzo se quedó quieto. Cerró los ojos un segundo, como si estuviera guardando ese beso en algún lugar seguro.
"De nada, esposa. Ahora vamos. Quiero enseñarte tu librería. La de verdad. La que ya no debe nada."
Y la tomó de la mano, con el collar brillando en su cuello, con su camiseta todavía puesta debajo de un abrigo enorme que él le había puesto porque hacía frío, y la llevó a su coche.
Elena no sabía que ese desayuno, ese collar y ese beso en la mejilla eran la primera mañana normal que Lorenzo Volkov tenía en 20 años. Y que iba a matar a quien se atreviera a quitársela.