Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.
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Capítulo 3: El caballero de los sueños
El sonido de la lluvia repiqueteando suavemente contra los cristales de la mansión Vance fue reemplazado, al caer la noche, por un silencio expectante. La niebla londinense se había asentado sobre los jardines, transformando la propiedad en una postal clásica y misteriosa. Sin embargo, dentro de la suite de Mei, la atmósfera era un hervidero de preparativos y sutil expectación.
Sofia había irrumpido en la habitación de Mei un par de horas antes, seguida por dos doncellas que portaban fundas de ropa de alta costura. El motivo de tanto revuelo era la Gala Anual de la Fundación de Beneficencia Vance, un evento de altísimo nivel social que Adrian organizaba cada año para recaudar fondos destinados a orfanatos y programas educativos internacionales. Aunque Mei inicialmente planeaba quedarse en su habitación estudiando el plan de estudios universitarios, Sofia se había negado en redondo, insistiendo en que era la oportunidad perfecta para presentarla formalmente en la sociedad londinense.
—Es un evento benéfico formal, Mei. No puedes faltar —había argumentado Sofia, con un brillo de complicidad en los ojos—. Además, Julian será uno de los patrocinadores principales este año. Ha estado preguntando por ti desde que supo que aterrizaste. Tienes que ir.
Mei, tras una breve resistencia, había cedido con una sonrisa educada. Al fin y al cabo, comprender la dinámica de la alta sociedad europea era parte de su educación informal en el extranjero.
Frente al espejo de cuerpo entero, Mei contemplaba el resultado de los esfuerzos de Sofia. El vestido elegido era una pieza de seda de un azul medianoche profundo, que contrastaba de manera espectacular con su piel de porcelana. De corte sobrio pero de una elegancia indiscutible, el vestido caía con suavidad hasta el suelo, ciñéndose sutilmente a su cintura y revelando la curva delicada de sus clavículas con un escote barco. El cabello azabache de Mei había sido recogido en un moño bajo de estilo francés, dejando al descubierto su cuello largo y esbelto. No llevaba joyas ostentosas; tan solo unos discretos pendientes de perlas blancas que su madre le había regalado antes de partir y una fina pulsera de plata en su muñeca izquierda.
Su apariencia transmitía una dulzura refinada y una ingenuidad casi angelical. Sin embargo, mientras Mei ajustaba el cierre de su zapato de tacón medio, analizó su propio reflejo con la agudeza de siempre. La seda ocultaba a la perfección la musculatura compacta y la agilidad de su cuerpo, y sus modales suaves eran el camuflaje ideal para una mente que no dejaba de registrar salidas de emergencia, puntos ciegos y perfiles de personas.
—Estás… sencillamente espectacular —susurró Sofia, entrando a la habitación vestida con un deslumbrante vestido rojo de encaje—. Pareces una princesa de una dinastía antigua, Mei. Mi hermano va a tragarse sus palabras sobre las "distracciones" en cuanto te vea.
—Solo soy una invitada más, Sofia —respondió Mei con una risa melódica—. Mi único objetivo hoy es disfrutar de la velada y observar el evento.
—Ya veremos si eres "una más" —bromeó Sofia, guiñándola un ojo—. El coche nos espera abajo. Vamos.
La gala se celebraba en el histórico hotel The Savoy, en un salón de baile de estilo eduardiano iluminado por majestuosas lámparas de araña que bañaban el espacio con una luz dorada y cálida. El suelo de parqué pulido reflejaba el ir y venir de cientos de invitados vestidos con esmoquin y trajes de noche de diseñador. El murmullo de las conversaciones, el tintineo de las copas de champán y la suave melodía de un cuarteto de cuerdas en vivo creaban una atmósfera de opulencia y exclusividad.
Cuando Mei y Sofia cruzaron el umbral del salón, varias miradas se desviaron de inmediato hacia ellas. Sofia era una figura conocida en los círculos sociales de la ciudad, pero la presencia de la joven que la acompañaba —con su belleza exótica, su porte aristocrático y su serenidad imperturbable— despertó de inmediato una ola de curiosidad murmurada.
A pocos metros de la entrada, conversando con un grupo de diplomáticos extranjeros, se encontraba Adrian Vance.
Vestía un esmoquin negro hecho a medida que acentuaba la imponente anchura de sus hombros y su gran estatura. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado y su rostro, como de costumbre, mantenía una expresión de severidad fría que imponía respeto a su alrededor. Sin embargo, en el instante en que Mei entró al salón, la atención de Adrian se fragmentó por completo.
Sus ojos grises se clavaron en ella. Sintió una extraña y violenta sacudida en el pecho que lo obligó a interrumpir la frase que estaba diciendo. El vestido azul medianoche parecía fundirse con la noche, y la forma en que Mei caminaba —con una gracia ingrávida, la barbilla ligeramente alzada y una sonrisa suave— ejercía sobre él una atracción tan potente que le resultó casi aterradora. Su mente desconfiada luchó de inmediato por levantar sus defensas habituales. Se repitió a sí mismo que era solo la amiga de su hermana, una niña que requería vigilancia. Pero su cuerpo no respondía a la lógica: sus nudillos se apretaron alrededor de la copa de cristal que sostenía y una tensión rígida se apoderó de sus hombros.
Antes de que Adrian pudiera sopesar si debía acercarse para marcar distancia y recordarles las reglas de comportamiento, una figura se interpuso en su línea de visión.
Un hombre joven, de unos veintiocho años, de cabello castaño claro perfectamente estilizado y ojos azules chispeantes, se abrió paso entre la multitud con una sonrisa deslumbrante. Vestía un esmoquin de corte europeo impecable y caminaba con la seguridad de quien sabe que es el centro de atención de cualquier habitación.
Era Julian.
—Sofia, querida —saludó Julian con una voz modulada y melodiosa, depositando un beso cortés en la mejilla de la hermana de Adrian—. Estás deslumbrante esta noche.
—Gracias, Julian —respondió Sofia, apartándose con una sonrisa cómplice—. Pero no me mires a mí. Déjame presentarte formalmente a la persona de la que tanto te he hablado. Ella es Mei.
Julian giró la cabeza lentamente hacia Mei. En sus ojos azules se encendió un brillo de genuina admiración que no se esforzó en ocultar. Con un movimiento sumamente caballeroso, dio un paso adelante, se inclinó ligeramente y tomó la mano derecha de Mei con extrema delicadeza, rozando el dorso de sus dedos con sus labios de manera apenas perceptible.
—Es un absoluto honor conocerla finalmente, señorita Zhang —dijo Julian, sosteniéndole la mirada con una calidez que habría hecho flaquear las piernas de cualquier joven—. Sofia me ha hablado maravillas de usted, pero debo confesar que sus descripciones no le hacen justicia. Es usted la flor más hermosa de este salón.
Mei sonrió con timidez educada, bajando levemente los ojos en un gesto que destilaba una encantadora ingenuidad.
—Es muy amable de su parte, señor Julian —respondió Mei, con su voz suave y pausada—. Sofia también me ha hablado mucho de usted y de su destacada labor diplomática. Es un placer estar aquí hoy.
—El placer es completamente mío —replicó Julian, sin soltar su mano de inmediato y ofreciéndole su brazo con un gesto fluido—. Por favor, permítame ofrecerle una copa de champán o quizás algo de beber. He reservado una mesa en la zona VIP cerca de la terraza para que podamos conversar con tranquilidad, lejos del bullicio de la prensa.
Mei miró a Sofia, quien asintió con entusiasmo antes de dejarse arrastrar por un grupo de conocidos que la llamaban desde el otro lado del salón.
—Me encantaría —aceptó Mei, deslizando con delicadeza su mano sobre el brazo de Julian.
Desde el extremo opuesto del salón, Adrian observaba cada movimiento de la escena. Su mandíbula se tensó de tal manera que un músculo comenzó a saltar en su mejilla. Al ver la forma en que Julian tocaba la mano de Mei y cómo ella le sonreía con esa dulzura que él consideraba "peligrosamente ingenua", sintió que una oleada de calor oscuro y posesivo le subía por el pecho.
Un ataque de celos, violento e irracional, lo golpeó con la fuerza de un impacto físico.
Adrian intentó justificarse de inmediato. “Es por seguridad”, se dijo mentalmente, sintiendo que la copa de whisky que ahora sostenía amenazaba con romperse bajo la presión de sus dedos. “Julian es un diplomático astuto, un hombre de mundo que sabe exactamente qué decir para engatusar a chicas jóvenes y sin experiencia. Mei está bajo mi techo y mi responsabilidad es evitar que un oportunista la utilice para acercarse a mi familia o arruinar su reputación”. Pero en el fondo de su mente, una voz fría y honesta le decía que sus celos no tenían nada que ver con la seguridad de su familia, sino con el insoportable hecho de que era Julian quien sostenía su brazo, quien recibía la calidez de su mirada y quien estaba logrando que esa sonrisa de loto floreciera para él.
—¿Se encuentra bien, señor Vance? —preguntó un socio comercial a su lado, al notar el repentino silencio y la rigidez de su anfitrión.
—Perfectamente —respondió Adrian con un tono gélido, sin desviar los ojos grises de la pareja que se alejaba hacia la terraza—. Disculpe un momento. Hay algunos asuntos que debo atender personalmente.
En la terraza techada del hotel, donde grandes estufas de exterior mantenían una temperatura agradable frente a la vista nocturna del río Támesis, Julian se comportaba como el epítome del caballero perfecto. Había conseguido para Mei una taza de té de jazmín caliente —notando con astucia que ella no bebía alcohol— y se había encargado de retirarle la silla con una elegancia impecable antes de sentarse a su lado.
—Sé lo abrumadores que pueden ser estos eventos para alguien que acaba de llegar a la ciudad —comentó Julian, mirándola con una expresión de sincera preocupación—. Londres puede ser una ciudad fría y ruda, Mei. Pero te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para que tu estancia aquí sea lo más cálida y placentera posible. Si necesitas cualquier cosa, desde un guía turístico hasta un consejo académico, solo tienes que decírmelo.
—Es usted muy considerado, señor Julian —agradeció Mei, tomando un sorbo de té. Sus ojos oscuros captaron la forma en que Julian colocaba sutilmente su mano sobre la mesa, lo suficientemente cerca de la suya como para transmitir cercanía, pero sin cruzar el límite de la cortesía—. Realmente aprecio su hospitalidad.
—Por favor, llámame Julian —pidió él con una sonrisa suave, inclinándose ligeramente hacia ella—. "Señor" me hace sentir como uno de los aburridos colegas de mi padre en el ministerio. Y dime, ¿cómo te ha tratado la mansión Vance? Sé que Adrian puede ser un anfitrión un tanto… difícil. Es un hombre de negocios brillante, sin duda, pero su carácter suele ser demasiado rígido para tratar con personas tan delicadas como tú.
Mei detectó de inmediato el sutil hilo de manipulación en las palabras de Julian. Estaba tratando de marcar una distancia entre ella y Adrian, posicionándose a sí mismo como el protector amable frente al ogro desconfiado. Era una táctica inteligente y muy pulida, propia de un diplomático de carrera.
—El señor Vance ha sido muy claro con las normas de su casa —respondió Mei con una ingenuidad perfecta, manteniendo su tono neutral—. Valoro mucho su necesidad de orden. Creo que es una cualidad admirable en un hombre que tiene tantas responsabilidades.
Julian ocultó un destello de sorpresa detrás de su sonrisa. No esperaba que Mei defendiera, aunque fuera de manera tan sutil, el carácter de Adrian.
—Por supuesto, la responsabilidad es clave —coincidió Julian con presteza—. Pero la vida no solo se trata de reglas y seguridad, Mei. También se trata de belleza, de arte y de permitirse disfrutar de los momentos hermosos. Mañana por la tarde me encantaría invitarte a una exposición privada en la Galería Nacional. Conseguí pases exclusivos y pensé que sería una excelente introducción a la escena cultural de la ciudad para ti. ¿Qué dices? ¿Me harías el honor de acompañarme?
Antes de que Mei pudiera responder, una sombra imponente se proyectó sobre la mesa, cortando la luz dorada de la lámpara que los iluminaba.
—Me temo que la señorita Zhang tiene otros compromisos mañana por la tarde, Julian.
La voz de Adrian resonó en la terraza como un trueno silencioso. Su tono era de una frialdad cortante, cargado de una autoridad que no admitía réplica.
Mei levantó la vista con calma, mientras que Julian se tensó sutilmente, aunque recuperó de inmediato su máscara de cortesía diplomática. Adrian se encontraba de pie junto a ellos, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de esmoquin y los ojos grises fijos en Julian con una hostilidad que habría hecho temblar a cualquiera de sus empleados.
—Adrian —saludó Julian, levantándose de la silla con elegancia y ofreciéndole una mano que el dueño de la casa ignoró deliberadamente—. Qué agradable sorpresa. Estaba dándole la bienvenida a tu encantadora invitada.
—Ya veo —replicó Adrian, dando un paso adelante que obligó a Julian a retroceder ligeramente por una cuestión de espacio—. Agradezco tu cortesía, pero la seguridad y el itinerario de la señorita Zhang durante sus primeras semanas en Londres están bajo mi estricta supervisión. Y mañana tiene programada una sesión de orientación universitaria obligatoria a la que mi hermana la acompañará.
Julian arqueó una ceja, mirando a Mei de reojo antes de volver a mirar a Adrian con una sonrisa condescendiente.
—Vaya, Adrian. No sabía que te habías convertido en el tutor académico de las amigas de tu hermana. Pensé que tu firma de seguridad te mantenía lo suficientemente ocupado como para no tener que controlar el tiempo libre de tus invitados.
La tensión entre ambos hombres en ese momento era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Los celos de Adrian, ocultos bajo la fachada de la "protección familiar", eran evidentes para cualquiera que supiera leer entre líneas. Mei, que observaba la escena desde su silla, sintió una mezcla de diversión y una extraña calidez en su pecho. Era la primera vez que veía al arrogante e imperturbable Adrian Vance perder los papeles de esa manera por alguien que, según él, era solo una "distracción".
—Mi tiempo libre y mis responsabilidades son asunto mío, Julian —respondió Adrian, con una voz peligrosamente baja—. Pero lo que ocurre bajo mi techo y con las personas que se hospedan en él, sí es de mi incumbencia. La señorita Zhang está cansada por el viaje y el evento de hoy ha sido lo suficientemente largo para ella. Es hora de volver a casa.
Julian, dándose cuenta de que presionar más solo causaría una escena innecesaria en medio de la gala benéfica, decidió ceder con elegancia. Se volvió hacia Mei, ignorando a Adrian por completo, y se inclinó nuevamente ante ella.
—En ese caso, Mei, no te retengo más. Espero que descanses. Pero no pienses que me daré por vencido tan fácilmente con esa invitación a la galería. Te buscaré en otro momento en que tu "estricto itinerario" lo permita.
—Muchas gracias por la velada, Julian. Fue un placer conversar con usted —respondió Mei con una sonrisa dulce y educada, ofreciéndole una salida digna.
Julian le dirigió una última mirada cargada de promesa y se alejó por la terraza, perdiéndose entre la multitud del salón de baile.
En cuanto se quedaron solos, la terraza pareció sumirse en un silencio aún más denso. Adrian se quedó de pie, con la mandíbula apretada, mirando la silla vacía que Julian acababa de dejar. Estaba furioso, no solo con Julian por su atrevimiento, sino con sigo mismo por haber actuado de una manera tan impulsiva y posesiva. Sabía que su intervención había sido desmedida, pero la sola idea de ver a Mei salir con ese hombre le causaba una repulsión física que no podía controlar.
Mei se levantó de su silla con total parsimonia. Alisó la seda azul de su vestido y lo miró con esos ojos oscuros y tranquilos que siempre parecían leer sus pensamientos más ocultos.
—No sabía que tenía una sesión de orientación obligatoria mañana por la tarde, señor Vance —dijo Mei, con un tono en el que bailaba una sutil chispa de diversión.
Adrian se giró hacia ella. Su mirada se ensombreció, molesto por verse expuesto, y dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos.
—No la tienes —admitió Adrian con aspereza, bajando la voz para que solo ella pudiera escucharlo—. Pero no voy a permitir que te dejes engatusar por hombres como Julian. Es un diplomático que sabe exactamente qué decir para alimentar el ego de chicas inocentes como tú. No tienes la menor idea de cómo funciona este mundo, Mei. Eres demasiado ingenua para ver sus verdaderas intenciones.
Mei dio un paso hacia adelante, acortando aún más la distancia física entre ellos. La diferencia de altura la obligaba a mirar hacia arriba, pero la fuerza de su presencia no se vio disminuida en absoluto.
—¿Y cuáles cree usted que son sus verdaderas intenciones, señor Vance? —preguntó ella en un susurro suave—. ¿O es que acaso le molesta que otras personas me traten con amabilidad?
Adrian se quedó sin aliento por un segundo. La cercanía de Mei, el sutil aroma a jazmín que desprendía su piel y la fijeza de su mirada profunda le causaron un cortocircuito mental. Por un instante salvaje, quiso tomarla por los hombros, sacudir esa calma imperturbable de su rostro y confesarle que lo que le molestaba, lo que lo estaba volviendo loco, era que cualquier otro hombre la mirara de la forma en que él deseaba hacerlo pero se prohibía a sí mismo por orgullo, por edad y por desconfianza.
Para enmascarar ese impulso que consideraba una debilidad inaceptable, Adrian se enderezó y recuperó su tono más arrogante y frío.
—Me molesta que traigas complicaciones a mi vida y a mi casa, señorita Zhang —declaró Adrian, con una voz gélida que intentaba desesperadamente sonar convincente—. Julian no es trigo limpio. Y tú eres solo una invitada de mi hermana. Mi única preocupación es que tu comportamiento no cause un escándalo que afecte el nombre de mi familia. Si quieres jugar a los romances de cuento de hadas, hazlo en China, no bajo mi supervisión.
Mei sostuvo su mirada fría durante unos eternos segundos. En lugar de mostrarse herida o enfadada por sus duras palabras, su sonrisa educada regresó a su rostro, una muestra perfecta de su paciencia inteligente. Sabía que la hostilidad de Adrian era solo la armadura con la que intentaba proteger su corazón desconfiado de lo mucho que ella lo alteraba.
—Entiendo —respondió Mei con una suavidad que desarmó por completo la brusquedad de Adrian—. Agradezco mucho que se preocupe tanto por mi seguridad y por el honor de su familia, señor Vance. Le aseguro que no causaré ningún escándalo. Ahora, si me disculpa, buscaré a Sofia para que podamos retirarnos. Tal y como usted dijo, ha sido una noche larga.
Hizo una sutil inclinación de cabeza y pasó por su lado con una elegancia ingrávida. Al pasar, el roce imperceptible de la seda de su vestido azul contra la tela de su esmoquin dejó a Adrian paralizado en medio de la terraza.
El viento frío de la noche londinense sopló de nuevo, pero Adrian no sintió el frío. Su mente seguía ardiendo en una mezcla de rabia, celos y una innegable, arrolladora y peligrosa atracción hacia la joven que acababa de dejarlo solo bajo la niebla.