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Casada Con Mi Verdugo

Casada Con Mi Verdugo

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Hija rica en bancarrota / Venderse para pagar una deuda / Atracción entre enemigos
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: MisterG028

Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.

Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: La Sombra del Pasado

La tarde había dado paso a una noche cerrada sobre Londres. Las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas lejanas, indiferentes al drama que se desarrollaba en las alturas de las oficinas Spencer.

Un golpe discreto sonó en la puerta de la oficina principal. Sebastian, aún de pie frente al ventanal con un vaso de whisky en la mano, giró sobre sus talones.

—Adelante.

Entró Richard Lang, uno de los auditores senior más confiables de la empresa. Llevaba un portátil bajo el brazo y una expresión de satisfacción contenida. Cerró la puerta tras de sí.

—Señor Spencer, lo tengo —anunció sin preámbulos.

Sebastian dejó el vaso sobre el escritorio con un golpe seco.

—Habla.

Lang abrió el portátil y giró la pantalla hacia él. En ella se veían diagramas complejos, flujos de transferencias, direcciones IP enmascaradas y cuentas offshore que se cruzaban como una telaraña.

—Fue un trabajo limpio, pero no lo suficiente. Empezamos por el punto de origen: una transferencia inicial desde una cuenta corporativa secundaria que solo tiene acceso un puñado de personas autorizadas. Luego rastreé los proxies. Usaron servidores en las Islas Caimán y Suiza, pero cometieron un error clásico: reutilizaron una dirección IP temporal que coincidía con un nodo en una red privada registrada a nombre de Lecrec Enterprises. Cruzamos movimientos bancarios, patrones de comportamiento y… bingo. Martín Lecrec. El hijo mayor de Alfred.

Sebastian se quedó mirando la pantalla unos segundos. Luego, una risa baja y peligrosa brotó de su pecho.

—Martín Lecrec… —repitió, saboreando el nombre como si fuera veneno—. El parásito inútil. Siempre supe que Alfred tenía un hijo débil, pero nunca imaginé que sería tan estúpido. Robarme a mí. A mí.

Lang asintió, visiblemente aliviado de que la furia no cayera sobre él.

—Confirmado al noventa y ocho por ciento, señor. Podemos tener pruebas irrefutables en unas horas más si lo desea.

Sebastian le dio una palmada firme en el hombro.

—Buen trabajo, Richard. Te quiero en la nómina de bonos este mes. Ahora vete a casa. El resto es mío.

Cuando el auditor cerró la puerta, Sebastian sacó su teléfono móvil y marcó el número de John Anderson.

—John. Tráeme a seis hombres. Los mejores. Nos vamos ahora mismo a la mansión Lecrec.

Al otro lado de la línea, John no pareció sorprendido.

—¿Ya tienes nombre?

—Martín Lecrec. El idiota pensó que podía jugar conmigo.

—Entendido. Nos vemos en el garaje en diez minutos. ¿Armas?

Sebastian abrió el cajón superior de su escritorio. Sus dedos rozaron el metal frío de una pistola semiautomática negra. La tomó con familiaridad y la colocó en la cintura de su pantalón, ocultándola bajo la chaqueta.

—Solo por si acaso —respondió con voz oscura.

Colgó la llamada y se miró brevemente en el reflejo del ventanal. Vestido completamente de negro —traje, camisa, corbata— parecía una sombra viviente. Su cabello oscuro, ligeramente ondulado, y la barba bien recortada acentuaban sus facciones duras. A sus veintiocho años, Sebastian Spencer ya había vivido más oscuridad que la mayoría de los hombres en toda una vida.

Nadie conocía realmente su pasado. Ni siquiera John sabía todos los detalles.

Recordó, mientras bajaba en el ascensor privado hacia el garaje subterráneo, los fragmentos que lo habían convertido en lo que era.

Huérfano desde muy pequeño. Su madre había muerto al dar a luz a su hermana pequeña, Elizabeth. Sin padre que los reclamara, crecieron en las calles de los barrios más pobres de Londres. Hambre, frío, miedo. Hasta que, a los doce años, su abuelo paterno, Benjamin Spencer, lo encontró. El viejo magnate, ya retirado, se enteró de su existencia y lo arrancó de las calles. Su propio hijo Eduardo el padre biológico de Sebastian nunca lo había reconocido. Pero Benjamin sí. Lo entrenó, lo educó y, diez años atrás, le entregó las riendas del imperio Spencer.

Sin embargo, el verdadero quiebre había ocurrido antes.

En aquellas calles donde pasaron sus primeros años, conoció a John Anderson, otro niño de la calle que se convirtió en su compañero y su mano derecha por eso cuando Benjamin lo encontró tambien lo llevó a él consigo. Recordó, a su dulce y pequeña hermana Beth. Era su luz. Sonreía incluso cuando no había comida. Hasta que un día, mientras jugaban en un callejón, unos hombres se la llevaron. Sebastian solo tenía nueve años. La buscó durante semanas, meses. Robó, peleó, rogó. Al final, solo encontró impotencia y frustración en cada intento por encontrarla, pero cuando fue rescatado por su abuelo, lo único que le pidio fue buscar a beth, Benjamin uso sus contacto para ayudarlo y al final el resultado fue desgarrador, pues su hermana había muerto años atrás solo habian una tumba con el nombre de Elizabeth Herge (Apellido de la madre de Sebastian). Ese día, el corazón de Sebastian Spencer se volvió de piedra. La bondad murió con Beth. Solo quedó la oscuridad.

El miedo era una palabra que había enterrado junto a ella.

Las puertas del ascensor se abrieron. John ya estaba allí, junto con seis hombres de seguridad vestidos de negro, todos armados y profesionales.

—Listos —dijo John, mirándolo con esa lealtad inquebrantable—. ¿Vas a entrar tú mismo?

Sebastian se ajustó la chaqueta, sintiendo el peso reconfortante de la pistola contra su cuerpo.

—Quiero ver la cara de Martín cuando se dé cuenta de que su juego terminó. Y quiero que Alfred entienda que nadie roba a Sebastian Spencer y vive en paz.

Subieron a dos vehículos negros blindados. El convoy salió del garaje con un rugido suave, cortando la noche londinense rumbo a la mansión Lecrec.

Mientras el paisaje urbano daba paso a las zonas residenciales de lujo, Sebastian miró por la ventanilla, con la mandíbula tensa.

—Esta noche —murmuró para sí mismo—, alguien va a pagar con sangre.

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Suleima Dominguez Guzman
gracias por cada capítulo queremos maratón pliss
Diva Ramirez
Esta es una copia exacta de una novela turca
Suleima Dominguez Guzman
gracias autora por cada capítulo excelente novela me encanta gracias por actualizar esta súper
Suleima Dominguez Guzman
gracias autora por actualizar cada capítulo es excelente
Suleima Dominguez Guzman
gracias autora excelente novela
Suleima Dominguez Guzman
buen inicio
Suleima Dominguez Guzman
te felicito autora excelente novela gracias por escribir
Darquiz Bonilla
y esa familia no tiene casa para venirse a meter a esta...
Deisy Campos
para que engañan con esas novelas por partes comenzamos bien y nos corta no vale
Yineth Carvajal: para cuándo la segunda parte de la novela Marcada por un Error
total 2 replies
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