Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 12: En los Brazos del Refugio
El cielo sobre la provincia se había encapotado desde el mediodía, tiñéndose de un gris plomizo y violáceo que presagiaba una tormenta de verano. El aire, denso y cargado de electricidad estática, soplaba en ráfagas cálidas que agitaban las copas de los robles centenarios y hacían bailar las briznas de hierba salvaje en los jardines de la Mansión Blackwood. A pesar del peligro inminente de lluvia, Caitlyn había decidido bajar a los terrenos traseros con la pequeña lady Diana; el encierro de las habitaciones comenzaba a inquietar a la niña, y el torbellino que habitaba en el alma de su niñera sabía perfectamente que la naturaleza, incluso la más indómita, era el mejor remedio para el espíritu.
Caitlyn vestía esa tarde un traje de percal en un tono lila suave que contrastaba de manera preciosa con el matiz tostado y pecoso de su piel. Al no llevar los corsés rígidos que las damas de la ciudad usaban para constreñir sus cuerpos, su silueta curvy y sensual se manifestaba en toda su esplendorosa madurez. El busto pleno se mecía con suavidad con cada uno de sus movimientos, su cintura firme se marcaba con nitidez sobre los pliegues de la falda y sus caderas amplias y rotundas se balanceaban con una seguridad imponente mientras caminaba sobre el césped. Llevaba el cabello oscuro suelto, permitiendo que la brisa pre-tormenta expandiera sus rizos abundantes en una melena salvaje que desbordaba una vitalidad casi magnética.
Cargaba a Diana a horcajadas sobre una de sus caderas seguras. La bebé, contagiada por la energía del aire, pataleaba con sus pequeñas botas de tela y soltaba risitas cristalinas cada vez que el viento le soplaba el fino flequillo castaño sobre los ojos. Caitlyn corría a pasos cortos, girando sobre sí misma en medio del antiguo sendero de carretas, haciendo volar su falda lila alrededor de sus piernas fuertes.
—¡Mira las nubes, Diana! El cielo va a cantar dentro de poco —le decía Caitlyn con su voz redonda y melodiosa, riendo de corazón, ajena al mundo y a las sombras que gobernaban el castillo.
Desde el ventanal arqueado del gran estudio del ala oeste, Alexander observaba la escena. Tenía un vaso de plata entre los dedos, pero no había probado una sola gota. Sus ojos azul grisáceo, fijos y nítidos, seguían cada curva, cada paso y cada destello de la risa de Caitlyn con una fijeza que rozaba la obsesión. El latido salvaje que había despertado en su pecho aquella mañana en el comedor no se había apagado; al contrario, se había transformado en una necesidad sorda y constante de estar cerca de la luz que esa mujer emanaba. Verla interactuar con su hija, ver cómo el cuerpo generoso de Caitlyn acunaba la fragilidad de la niña con tanta naturalidad, provocaba en él una mezcla de dolorosa redención y un deseo oscuro, netamente masculino, que ya no podía contener.
De repente, las primeras gotas de la tormenta comenzaron a caer. Eran gotas gruesas, pesadas y tibias que impactaron contra la tierra seca, levantando de inmediato ese aroma inconfundible, nítido y embriagador a lluvia fresca, tierra mojada y a las miles de rosas salvajes que crecían sin control en los muros de piedra de la mansión.
—¡Uh oh, mi amor! ¡A correr! —exclamó Caitlyn al sentir la primera gota en la punta de su nariz respingona.
Dio una vuelta rápida sobre sus talones para dirigirse hacia la escalinata de la entrada lateral del servicio. Sin embargo, el césped, reseco por semanas de sol, se había vuelto instantáneamente resbaladizo con la primera capa de agua de la tormenta. Al intentar dar el primer paso firme, la suela gastada de su bota de cuero fino perdió por completo tracción contra el barro incipiente.
El cuerpo de Caitlyn se balanceó peligrosamente hacia atrás. Su instinto de protección fue absoluto: en lugar de usar sus brazos para amortiguar su propia caída, envolvió con ambas manos el pequeño cuerpo de Diana, apegándola contra su busto pleno y encogiéndose para recibir todo el impacto del suelo en su espalda y caderas.
—¡Caitlyn! —el grito no fue un rugido de fastidio, sino una exclamación cargada de un pánico puro y visceral.
Alexander no supo cómo se movió. Antes de que la mente pudiera procesar la orden, su cuerpo reaccionó con la velocidad de un felino que defiende su territorio. Dejó caer el vaso de plata sobre la alfombra y saltó a través del ventanal abierto, ignorando la altura del alféizar. Sus botas pesadas golpearon la gravilla y corrió a través del jardín bajo la lluvia que comenzaba a arreciar, cortando el aire como un rayo oscuro.
Justo en el milisegundo en que el cuerpo curvy de Caitlyn estaba a punto de colisionar contra el suelo mojado, unos brazos inmensos, toscos pero dotados de una fuerza descomunal, la cercaron por la cintura.
Alexander la atrapó en el aire, frenando el impacto con la firmeza de su propia anatomía. Debido al impulso de la carrera y al peso rotundo y sensual de las formas de ella, ambos se deslizaron un par de metros sobre el césped antes de quedar de rodillas, unidos en un abrazo colosal y desesperado bajo la lluvia torrencial.
El impacto físico fue de una nitidez que les quitó el aliento. El cuerpo generoso, blando y voluptuoso de Caitlyn quedó completamente aplastado contra el pecho firme, ancho y musculoso de Alexander. Bajo la tela del vestido lila empapado por el agua de la tormenta, la redondez de sus caderas anchas y seguras se amoldó a los muslos fuertes del aristócrata, y la plenitud de su busto se presionó directamente contra el lino de la camisa oscura de él, que ahora se adhería a su piel como una segunda capa. Alexander la sostenía con una posesividad salvaje, con sus manos grandes y de dedos largos hundidas en el terciopelo de la cintura de ella, como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela.
Diana, que había quedado perfectamente protegida en medio de ambos pechos, soltó un pequeño quejido de sorpresa pero no lloró; el calor combinado de su padre y su niñera la envolvía en una fortaleza inexpugnable.
Durante varios segundos, el único sonido en el jardín fue el rugido de la lluvia cayendo sobre las hojas de los árboles y el golpeteo frenético de sus corazones. El pecho de Alexander subía y bajaba con una respiración rota, latiendo con una violencia tan brutal que Caitlyn podía sentir cada impacto contra sus propios senos.
Caitlyn levantó el rostro despacio. Sus rizos oscuros, completamente empapados, se adherían a su cuello tostado y a sus mejillas pecosas, brillando bajo la luz grisácea de la tormenta. Sus ojos oscuros, grandes y llenos de una valentía ardiente, se clavaron con una fijeza magnética en los de él.
Alexander la miraba desde arriba. El agua de la lluvia corría por su frente, deslizándose entre los mechones rebeldes de su cabello castaño y perdiéndose en la espesura de su barba crecida. Sus ojos azul grisáceo estaban despojados de toda la frialdad de la Bestia; ahora eran dos pozos de fuego azul, cargados de una confusión abrumadora, de una debilidad que lo humanizaba por completo y de un deseo carnal y nítido que hacía temblar sus manos grandes sobre las caderas de ella.
El aroma del momento era una sobredosis para los sentidos de ambos: el perfume frutal y dulce de la piel de Caitlyn, a manzanas maduras y vainilla, se mezclaba de forma embriagadora con el olor a lluvia fresca, ozono y el aroma intenso de las rosas empapadas que los rodeaban.
Alexander descendió el rostro de manera inconsciente, arrastrado por la fuerza magnética que emanaba de los labios carnosos y rosados de Caitlyn, que permanecían entreabiertos, exhalando un aliento cálido que golpeaba la barbilla de él.
La cercanía de sus labios se volvió agónica, milimétrica. Podían sentir el calor mutuo de sus respiraciones mezclándose en el aire frío de la tormenta. Las marcas del luto y la culpa parecieron borrarse de la mente de Alexander ante la inminencia de esa boca que desbordaba vida. Los ojos claros del príncipe se cerraron a medias, inclinando la cabeza para sellar el espacio que los separaba en un beso que habría cambiado el destino de Blackwood para siempre.